Entre el mundo y yo

Comparto hoy con vosotros esta reflexión en torno al libro de Ta Nehisi Coates, El mundo y yo, que he publicado en La Marea. Es una lúcida reflexión sobre el racismo en Estados Unidos, muy a propósito a tres días de la inauguración del Presidente Trump.

“Y veía que lo que me separaba del mundo no era nada intrínseco a nosotros, sino la herida que nos había infligido la gente decidida a nombrarnos, decidida a creer que el nombre que nos habían puesto importaba más que cualquier cosa que pudiéramos hacer” (pág 155).

Una herida: así resume el estadounidense Ta-Nehisi Coates aquello que le separa del mundo. No es una herida fortuita, accidental, casual, sino una herida arañada, escarbada, horadada durante casi 300 años de esclavitud primero, y desposesión, pobreza, miedo, criminalización y desarraigo después.

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El sueño americano muere en Chicago

Publicado en El Correo el 5 de enero de 2016.

Cuando Barak Obama ganó las elecciones en 2008 yo vivía en Estados Unidos. Seguí por televisión su discurso en el Grant Park de Chicago y me emocioné al ver a tanta gente de color celebrando su victoria, escuchando sus palabras: «Éste es nuestro momento para poner a nuestra gente de vuelta al trabajo, abrir las puertas de la oportunidad a nuestros hijos, restaurar la prosperidad y promover la paz; para reclamar el sueño americano…».

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Fotografía de Ian Allen para The Atlantic

Por fin había llegado la hora de la justicia, él sí iba a ser capaz de sanar las antiguas heridas de los más desposeídos. Pero en ese mismo Chicago de la esperanza en el que todo parecía posible, muere cada día, violentamente, el sueño americano. Según el Departamento de Policía de la ciudad de Chicago el 2016 se cerró con 762 homicidios, a los que se suman 4,331 víctimas heridas por impacto de bala. La violencia se concentra en el sur y oeste de la ciudad, el «Black Belt» (cinturón negro), barrios de mayoría afroamericana y latina.

Inmediatamente recurrimos al estereotipo —violencia de «gangs», bandas que se disputan los territorios para vender drogas o realizar otras actividades delictivas— sin considerar las causas de esa violencia. O recordamos películas como «Boyz ‘n the Hood» («Los chicos del barrio»), «Do the Right Thing» («Haz lo que debas») o «Friday». En parte el estereotipo es cierto —muchos de estos asesinatos son ajustes de cuentas entre bandas—, pero el número de muertes violentas fortuitas o no relacionadas con el crimen organizado es muy elevado. En el Chicago Sun Times (http://homicides.suntimes.com) se recogen las historias de muchas de estas víctimas: un chaval que muere acribillado en un fuego cruzado, una joven madre que iba empujando el carrito de su bebé alcanzada por una bala perdida, un hombre asesinado en una disputa de tráfico…. Las víctimas son siempre negras o latinas, encontrar a una blanca es tan raro que incluso los periodistas comentan la excepcionalidad.

El ayuntamiento de Chicago ha respondido a esta violencia por la vía policial, añadiendo a sus filas mil agentes. ¿Pero es esta la solución? Los habitantes de estos barrios depauperados están acosados tanto por la violencia de las bandas como de la policía. Hace unos meses se desveló un vídeo en el que un agente blanco asesinaba a sangre fría al adolescente Laquan McDonald: dieciséis tiros a bocajarro, rematándolo mientras el muchacho yacía en el suelo. Aumentar la presencia policial en estos barrios es poner una tirita tóxica en una herida que lleva abierta desde la llegada de la comunidad negra a la ciudad.

wkgixpyakrdxChicago es una ciudad segregada. Según investigadores de la Universidad de Illinois, es el área metropolitana más segregada de los Estados Unidos. Esto, como la violencia, no es algo que haya pasado de repente, sino que se ha heredado de la época del segregacionismo; en 1927 se crearon leyes explícitas en Chicago sobre dónde debían vivir los negros. Estas leyes, creadas para prevenir la integración racial, fueron declaradas anticonstitucionales en 1948 pero se transformaron sutilmente en políticas de urbanización, financiación de viviendas y exigencias de construcción ¿Cómo se explica si no que el 80% de los afroamericanos de Chicago vivan hoy en lo que en toda regla se pueden considerar guetos? Hay varias medidas que lo consiguen: a través del «exclusionary zoning» («designación exclusiva de zonas») y el «affordable housing» (lo que nosotros conocemos por viviendas de protección oficial). Por una parte, las casas más caras, unifamiliares, sólo se pueden construir en el norte de la ciudad donde el coste del suelo es altísimo, los lotes tienen una medida mínima gigantesca, y los impuestos de propiedad son exorbitantes. Por otra, los edificios de protección oficial o de apartamentos más asequibles sólo se pueden construir en el sur y el oeste de la ciudad. Además, los altos intereses y las condiciones de concesión de préstamos e hipotecas impiden que la población negra pueda comprar viviendas fuera de sus distritos y la obliga a vivir de alquiler. Esto tiene consecuencias en la división de la ciudad por razas, pero también en otras cuestiones tan fundamentales como la educación. Una familia pobre envía a sus hijos a la escuela pública en el distrito que le corresponde. Esos niños están condenados a una educación pésima en un ambiente de violencia.

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«NO DISPARES. Quiero crecer»

Muchos no acaban el graduado escolar. Si una familia del Black Belt quiere salir del barrio, conseguir una casita en las afueras donde los niños puedan jugar sin peligro, enviarlos a un distrito escolar donde reciban la educación que les permita ir a la universidad, es decir, si quieren ese sueño americano que prometió Obama en 2008, no lo van a alcanzar. Rezarán para que sus hijos no acaben muertos o en la cárcel.

Si con Barack Obama, que defendía el sueño americano para todos, la violencia ha llegado a estos extremos, ¿qué pasará cuando Trump gobierne? ¿Cómo afectará a lugares como Chicago vivir bajo un presidente que defiende el derecho a portar armas, que responde a la violencia con más violencia, que criminaliza a las comunidades negras y latinas? No me atrevo a imaginar una respuesta.

Las caras de Alepo

Publicado en El Correo el 23 de diciembre de 2016

Es desgarrador. Te miran desde el otro lado de la pantalla con tristeza, desesperanza, algunos con indignación e incluso reproche. Son los hombres, mujeres, niños y niñas sitiados en la zona este de Alepo. Se graban con sus móviles, con sus ordenadores, y cuelgan sus mensajes en el ciberespacio con la intención de interpelarnos, de hacer llegar su dolor a estas latitudes cómodas y lejanas. En muchos de los vídeos sólo vemos sus caras, en otros, como los de Wissam Zarqa, un profesor de inglés residente en la zona sitiada, vemos la destrucción total causada por los bombardeos indiscriminados del gobierno sirio y el ejército ruso. En uno de los vídeos que colgó a principios de diciembre, rodeado de ruinas nos dice «la victoria de Rusia parece que se hará sobre nuestros cuerpos», dando a entender que la toma de esa parte de la ciudad llevaría consigo la aniquilación de sus habitantes. Y no le falta razón. Sólo desde mediados de noviembre han muerto en esta ciudad más de 600 víctimas civiles (entre ellas se estima que unos 100 niños). Recientemente la ONU ha denunciado que el gobierno sirio ha practicado ejecuciones sumarias de civiles, entras las que se encuentran mujeres y niños. Y lo que nos queda por saber.

Miro los vídeos repetidamente. Mientras escribo esto pienso que la guerra puede dejar de ser noticia de la noche a la mañana, que nos podemos olvidar de Siria en cuanto comience otra tragedia, que este horror ya lo hemos visto antes. Pero también pienso que esos testimonios siguen y seguirán ahí, en el ciberespacio, recordándonos aquello que insistimos en no ver, haciendo presente, cada vez que demos al play, que ésta ha sido su vida en Alepo: el horror de la violencia, el miedo a la muerte inminente, la desesperación de los que se sienten abandonados por una comunidad internacional indolente. Acompaño a Wissam Zarqa por las calles desiertas llenas de escombros y edificios derruidos mientras escucho su voz describiendo eso que antes era una calle llena de vida y en la que ahora sólo hay ruina. Como banda sonora, en su vídeo escucho la intermitencia de las bombas en la lejanía, o a veces tan cercanas que no se oye su voz. Nos dice «uno no puede evitar asustarse, ¿verdad?». Y sí, yo me asusto mientras lo acompaño. En otro fragmento nos explica, frente a una casa ardiendo, que es imposible buscar cobijo durante un bombardeo porque no hay lugar donde esconderse. La destrucción es total. Abdulkafi al-Hamdu, también profesor de inglés, nos pide, en un vídeo en el que sólo le vemos la cara, que hagamos algo por Alepo, por su hija. Mira a la cámara mostrando su desesperación, su vulnerabilidad, su miedo. También lo hace Lina Shamy, una joven activista que, mirándonos a través de unas enormes gafas que en otro contexto nos harían sonreír ante esta muchacha empollona, hoy nos habla de genocidio en la ciudad y de la ubicuidad de la muerte. Bilal Abdul Kareem, un periodista independiente, se graba a punto de cepillarse los dientes mientras oímos la detonación de las bombas y vemos cómo la onda expansiva hace temblar las paredes de su casa. Para él, es «un día más en Alepo». La niña de siete años Bana Alabed, con un pijama rosa y entre dos peluches nos dice en su inglés rudimentario «buenos días desde Alepo, todavía estoy viva»; asomada en la oscuridad de una ventana y tapándose los oídos nos increpa «hola, gente, ¿podéis oír esto»? En la lejanía resuena una bomba. Y abrazándose a sus hermanitos nos promete «viviremos por siempre jamás». Hay cientos de vídeos de civiles que han estado documentando esta guerra, pidiéndonos ayuda, compartiendo con nosotros la cotidianeidad de su horror. Y no dejo de preguntarme cuántos de ellos hoy estarán muertos.

Susan Sontag en su ensayo Ante el dolor de los demás explica que cuando comenzó a realizarse fotografía de guerras o conflictos, se pensaba que la imagen que mostraba una realidad dolorosa traía esa realidad más cerca, y así el espectador podía sentirla más. Pero en un mundo como el actual está claro que, ni una fotografía tan dolorosa como la de un niño masacrado por una bomba ni los vídeos de los que estoy hablando, dan pie a una reacción empática. Vivimos en una cultura en la que el shock se ha vuelto un estímulo para el consumo y una fuente de valor. Pero el shock no causa empatía, entendida como la explicara la filósofa Martha Nussbaum, como una reconstrucción imaginativa de la experiencia del otro. La empatía requiere reflexión y un ejercicio por el cual nos ponemos en el lugar de aquél que sufre, haciéndonos responsables de su sufrimiento. Y está claro que en este conflicto, como en muchos otros (algunos bien cercanos), no hemos pasado del shock. Las caras de Alepo nos hablan con indignación, tristeza o desesperación, nos muestran unos ojos en los que sólo hay dolor, nos contextualizan la destrucción, nos hacen ver, con más profundidad, la dimensión del espanto.

Y sin embargo, ¿cuál ha sido nuestra respuesta? En el mejor de los casos se nos encoge un momento el corazón. En el peor, nos encogemos de hombros y en pocos minutos hemos olvidado esa cara que, para entonces, es posible que haya sido masacrada por una bomba.

 

Los años del miedo, de José Manuel Fajardo

Hoy 16 de diciembre, en el periódico La Marea, sale esta lectura mía del libro de José Manuel Fajardo.

«Los años del miedo: crónica de la violencia (1990-2015) sirve para muchas cosas: archivo en el que se registran no pocas barbaridades, herramienta de reflexión y conocimiento, instrumento contra el olvido de lo que somos y hemos sido. También sirve para adentrarnos en la sensibilidad de un escritor que ha vivido muy de cerca la violencia y ha defendido siempre la paz, sobre todo cuando más peligrosa e incómoda ha sido esa defensa…» Sigue leyendo aquí:

http://www.lamarea.com/2016/12/16/los-anos-del-miedo-cronica-la-violencia-1990-2015/

 

 

Idiotas consumidores

Comparto este artículo de opinión que he publicado en El Correo (5 de diciembre de 2016)

Nos llevamos las manos a la cabeza porque Donal Trump ha ganado las elecciones. Y toda persona que cree en la igualdad, el respeto a los derechos humanos y los derechos civiles debería hacerlo. La cuestión se vuelve más inquietante cuando descubrimos que sus votantes no son solo esos «rednecks» (los blancos pobres e ignorantes) y la «altenative right» (un eufemismo para el neofascismo blanco), sino también parte de la clase media-alta blanca que se ha educado en buenas universidades y tiene una seguridad laboral que ya quisiéramos en España. Las elecciones en Estados Unidos han puesto al descubierto una realidad que estaba ahí mucho antes de Trump y que tiene sus raíces en la fundación misma de esa nación. La esclavitud y su continuidad en las leyes segregacionistas, la colonización del oeste y el genocidio de los pueblos indígenas, la feroz industrialización del país y la erradicación del movimiento obrero a través de la represión brutal, el expansionismo imperialista hacia el sur, la marginación de las mujeres y las minorías sexuales, todo ello tenía como trasfondo ideológico la supremacía blanca y masculina. Sobre estas tragedias se asienta el sistema capitalista del país. Y el mayor representante de ese capitalismo feroz es el presidente electo Donald Trump.

Nos asusta qué pasará en Estados Unidos cuando cualquiera de esos problemas irresueltos (racismo, sexismo, clasismo, homofobia, xenofobia) se vuelva a manifestar en eventos concretos (brutalidad policial, expulsión de inmigrantes, reformas legales contra derechos de la mujer, etc). Nos preguntamos horrorizados qué medidas tomará este loco peligroso para reprimir cualquier resistencia a su proyecto de una «América grande». Y sin embargo, no cuestionamos en absoluto lo que ha permitido que un personaje como Trump se convierta en presidente de Estados Unidos: el sistema capitalista del que magnates como él se alimentan. No sólo no lo cuestionamos sino que aceptamos sin resistencia las prácticas capitalistas que invaden la sociedad americana y que en buena medida han contribuido a su desmovilización y al continuo crecimiento de la separación entre los más privilegiados y los menos. El capitalismo feroz invita a consumir como forma de «estar» en el mundo: si no consumes, no existes; si consumes y alcanzas a tener lo que deseas, eres feliz y adquieres un estatus. Lo demás, no importa. black_friday-100014146Durante todo el año las tiendas en Estados Unidos están orientadas a campañas publicitarias en torno a celebraciones concretas que se han convertido en el motor del consumismo, incluso en los supermercados: rosas y chocolates para San Valentín, conejitos y huevos también de chocolate para Pascua, banderitas americanas y galletas blancas rojas y azules para el 4 de julio, calabazas recortadas y adornos terroríficos para Halloween; justo después de esta fiesta comienza la locura, que va desde los pavos de Thanksgiving y el famoso Black Friday hasta Navidad. En Estados Unidos la Navidad comienza ese mismo viernes negro, que debería llamarse así en honor a las víctimas aplastadas en las avalanchas por entrar en algunos grandes almacenes. Según la revista The Balance, el 30% de las ventas anuales se producen entre el Black Friday y Navidad. La misma revista señala que la media de gasto por persona es de unos 300 dólares y que el año pasado salieron a comprar unos cien millones de personas, casi más de los que salieron a votar el pasado 8 de noviembre.

Hasta hace poco en España nadie sabía qué era el Black Friday, tampoco los niños se disfrazaban en Halloween. Todo esto pertenecía al mundo de las películas. Y sin embargo, en los últimos ¿cuatro años? se han impuesto las dos celebraciones. No soy amiga de las teorías conspiratorias, pero creo que Halloween no es una moda inocente.fondo-de-halloween-de-estilo-grunge_1048-3035  Según la revista Time, en 2015 los estadounidenses se gastaron $6.9 billones en caramelos, decoraciones, disfraces y tarjetas de felicitación. Por su parte, el Black Friday ha sido impulsado por las grandes cadenas comerciales, en su mayoría multinacionales y con sedes también en Estados Unidos. Para el pequeño negocio, sobre todo de ropa, poner rebajas tan pronto durante la campaña de otoño-invierno es suicida. De hecho, antes había leyes que prohibían las rebajas antes de Navidad. ¿Qué ha pasado con esas prohibiciones? ¿Dónde está la protección a las pymes? Estamos permitiendo un capitalismo agresivo que alimenta sólo a los más grandes y que, como en Estados Unidos, marca nuestros ritmos de consumo. Adoptamos costumbres sin ninguna riqueza cultural, nos cargamos la singularidad de nuestro comercio, nos dejamos influir por una homogeneización en el gusto y las costumbres que nos adormece y que lo único que hace es incitarnos al consumo. En definitiva, nos estamos volviendo idiotas consumidores que por pensar que tenemos, existimos, y que todo lo demás es secundario. Y ese deseo de conseguir lo que uno quiere cuando lo quiere, sin importar a quién perjudica o qué ramificaciones colectivas tiene, también puede ser un motivo para votar a alguien como Trump.

La América de Lucia Berlin

1461686913_788507_1461687494_sumario_normal_recorte1Tenía varias lecturas pendientes, pero llegó Lucia Berlin con su Manual para mujeres de la limpieza y desbancó a todas. Me dije: bueno, leo un cuento y luego me pongo con lo otro. Pero fue leer el primero de la colección, «Lavandería Ángel» y no parar hasta el final, 42 cuentos y 429 páginas después.

 Los cuentos de Berlin nos hablan de las relaciones entre madres e hijas, entre hermanas, del abuso sexual en las familias, del alcoholismo y la drogodependencia, de la desposesión y la pobreza; también nos habla de amor, de segundas oportunidades, de reencuentros y formas de supervivencia. Berlin narra con un tono parco, contenido, pero sin ser frío ni distante. Desde esa economía narrativa es capaz de crear imágenes deslumbrantes y sobrecogedoras al mismo tiempo que describe con precisión situaciones y estados afectivos extremos. Sin caer en el victimismo o el sentimentalismo. Sin aspavientos, sin mesarse los cabellos. A pesar de esa contención, o igual gracias a ella, consigue que el lector sienta (o por lo menos yo lo he sentido) todo el peso del dolor, del fracaso, de la culpa. También, a pesar de contar historias tremendas propias (los abusos familiares, el desgarro amoroso, el alcoholismo) y ajenas (la pobreza, la drogadicción, ¡el asesinato de un hijo!), en la mayoría de los relatos Berlin presenta una compasión hacia sí misma y hacia los demás verdaderamente conmovedora. Hasta en las historias más tremendas hay un atisbo de humor, de querencia por un mundo en el que muchos sólo verían sordidez y desesperación. En fin, leer a Berlin es una experiencia cuanto menos enriquecedora, uno de esos disfrutes que duelen por lo que remueven en nosotros, por lo que nos perturban. Y por eso merece mucho la pena leerla.

Berlin nos habla de todas estas cuestiones universales, pero lo hace desvelando aspectos concretos de la realidad estadounidense que me han despertado sensaciones y recuerdos de mi vida en ese país, aunque ella escribe y publica buena parte de esta colección antes de que yo viviera allí y muchas de sus historias ocurrieran en lugares en los que yo no he vivido (Oakland o El Paso, por ejemplo; en otros, sin embargo, sí, como Nueva York). Leyéndola pensé en lo poco que han cambiado, desde que ella escribió estos cuentos, las manifestaciones de pobreza y discriminación. La lavandería y el autobús, la licorería y el hospital, son espacios que, en ese país, revelan dolorosas diferencias sociales. Berlin las desvela de forma magistral. La colección, de hecho, abre con ese magnífico cuento en el que la narradora conoce en una lavandería a Tony, un jefe apache alcohólico, en el que se mezclan de forma dolorosa el orgullo identitatio y la vejación provocada por la dependencia. Ahí también observa a otros indios o a jóvenes chicanas recién casadas, y lee los carteles que colocan los evangelistas en el tablón de anuncios, con sus mensajes de salvación eterna. Una lavandería en Estados Unidos puede ser un buen lugar para encontrar adeptos necesitados de promesas de futuro. También su cuento «Carpe Diem» transcurre en otra lavandería. La narradora confiesa que las lavanderías le dan «pánico», suponen «una espera demasiado larga… la vida te pasa por delante de los ojos mientras estás ahí, hundiéndote sin remedio». Su hundimiento tiene que ver con el alcoholismo, la soledad, el fracaso de una vida que prometía ser otra cosa. Es un hundimiento individual (los cuentos son, en su mayoría, autobiográficos), pero también la narradora es muchas veces testigo del hundimiento de los demás, como ese jefe indio que una vez que lo conocemos ya quedará para siempre en nuestra memoria con su larga melena canosa y sus manos temblorosas, o esa pobre muchacha mexicana que, maltratada por todos y en un estado desesperado, sin querer mata a su bebé. Los personajes de sus lavanderías, de sus licorerías, de la sala de urgencias donde trabaja, son gente a la que no les llega el sueldo para comprar detergente, que beben vino dulce porque calma antes los efectos devastadores del mono de alcohol, que viven en cutrichiles rodeados de adictos al crack porque no encuentran amparo en ningún otro sitio.

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Para un lector español es posible que una lavandería o el autobús no sean espacios con los mismos referentes que para un estadounidense o alguien que, como yo, haya vivido allí tantos años. ¿Quién va en Estados Unidos una lavandería? Excepto si es una lavandería en un campus universitario, ahí va quien no tiene dinero para comprar una lavadora/secadora y mantener el gasto de electricidad; o quien tiene un piso tan pequeño que ni siquiera le cabe; o quien vive de alquiler en un apartamento donde ese servicio no se ofrece y ni siquiera hay (como en muchos complejos de apartamentos mínimamente aceptables) un espacio colectivo con lavadoras y secadoras donde los inquilinos puedan hacer sus coladas. Quien va a una lavandería no tiene estos lujos y tampoco tendrá dinero como para comprarse un coche para desplazarse, así que usará el autobús. Los autobuses, excepto en ciudades con buen transporte público como Nueva York, son en EE.UU. un servicio para pobres. En el cuento que da título a la colección, «Manual para mujeres de la limpieza», la narradora se hace amiga de otras dos sirvientas, ellas negras, que hacen su misma ruta: «Al principio estábamos indignadas… el autobús se adelantó dos minutos y lo perdimos. Maldita sea. El conductor sabe que las sirvientas siempre están ahí, que el 42 a Piedmont pasa solo una vez cada hora». Los autobuses allá recorren rutas reducidas, son irregulares y van siempre cargados de gente que no tiene más remedio que estar ahí. Mis tres últimos años de vida en Bethlehem alquilé un apartamento en el centro del pueblo (con un espacio para lavadoras y secadoras industriales preciosas que tenían hasta banda sonora para los diferentes lavados, nada que ver con la Lavandería Ángel de Berlin) y muy cerca tenía una de las pocas paradas de autobús del pueblo. Los días de labor se agolpaban en la calle un par de decenas de personas desde las 6 de la mañana. Yo pasaba a menudo delante de ellos, de todas estas personas latinas o afroamericanas, claramente de extracción social baja, que esperaban en silencio a que llegara el autobús para ir a sus trabajos. Seguramente, a la vuelta de turnos de doce horas de trabajo, irían a la lavandería del barrio a hacer sus coladas.

La colección también incluye muchos cuentos que tienen que ver con su familia (con su madre, su hermana, sus abuelos) y con su vida íntima (sus diferentes novios y maridos, sus hijos). Algunos son desgarradores, como «Inmanejable», que en pocas páginas nos hace sentir toda la devastación de su alcoholismo, la humillación de buscar en los bolsillos los cuatro dólares necesarios para comprar una pequeña botella de vodka, de sentir el desprecio del hijo que se da cuenta de que su madre, a las 7 de la mañana, ya está borracha. Según avanza la colección nos damos cuenta de que la narradora ha superado ese horror, pero esa superación no se presenta con triunfalismo. Simplemente sabemos que ese personaje que vive terribles momentos de oscuridad también puede ser luminoso, que esa mujer que se autodestruye también puede cuidarse, quererse y hacer lo mismo con los demás. Los cuentos donde narra su relación con «Sally», su hermana enferma de cáncer, a la que cuida los últimos meses de vida, nos hablan de reconciliación, de la superación de daños profundos, de la aceptación y elaboración de recuerdos traumáticos, y también de la capacidad del amor para sanar heridas. Todos estos cuentos son tristes y duros, pero al mismo tiempo rezuman dulzura, sentido del humor, una sensibilidad profunda y una generosidad conmovedora ante los errores propios y ajenos. Verdadera delicia.

Así que si quieres disfrutar de una lectura buena de verdad, que te llegue al tuétano, a las tripas y al intelecto, y de paso, acercarte a la realidad pasada y presente de Estados Unidos, lee Manual para mujeres de la limpieza de Lucia Berlin.

Trump y el emperador desnudo

Después de vivir casi veinte años en EE.UU., la gente me pregunta qué pienso de las elecciones de EE.UU., del «efecto Trump», si lo entiendo, si me lo esperaba. Y la verdad es que pienso lo que piensa la mayoría de mis colegas en las universidades estadounidenses, los analistas de este y aquél lado del Atlántico, los periodistas: que esto ha sido un auténtico desastre, que Trump es un payaso peligroso, que es inconcebible que exista una sola persona inteligente que le haya votado (por no decir una sola mujer, un solo afroamericano, un solo hispano… etc). Qué voy a decir que no se haya dicho ya en todos los medios progresistas, tanto de EE.UU. y de Europa. Y en los no tan progresistas.

Y, sin embargo… Hace tiempo escribía en este blog que algunas de las actitudes de ciertos estudiantes privilegiados de mi universidad en Pensilvania coincidían exactamente con las actitudes y el discurso de Donal Trump y señalaba que no teníamos que estar tan extrañados ni escandalizados de que tuviera una base de apoyo importante. Y ahora esto se ha hecho más que evidente. Los estudiantes de Lehigh University pertenecen a la clase media/alta del país. La matrícula anual cuesta más de $50,000 dólares, vienen de colegios privados que están entre los mejores del país, nada más graduarse suelen conseguir trabajos en los que cobran el triple de lo que podía cobrar yo como su profesora, con titularidad y más de diez años en el puesto. O sea, que no tienen nada que ver con los «white trash» o los «hillbilly» desdentados, retrógrados, borregos, gordos y lumpen que algunos han afirmado, hasta ahora, que constituía su base electoral. Por supuesto que éstos le han apoyado, pero no son sus más de 50 millones de votantes. Según las encuestas en los colegios electorales, publicadas ya en varios medios, uno de cada tres americanos que ganan menos de $50,000 al año, votó a Clinton. La mayoría de aquellos con ingresos superiores, votó a Trump. Si contemplamos el voto universitario blanco, 45% de los votantes blancos con educación superior votaron a Clinton, de los cuales el 39% eran hombres y el 51% mujeres. Pero el 54% de los hombres blancos con educación universitaria votaron a Trump, así como el 45% de las mujeres blancas con educación universitaria. En cuestión de raza y etnicidad, solo el 8% de los afroamericanos votaron a Trump, aunque sí se llevó un 29% del voto latino. Así que la cosa ha resultado ser mucho más complicada de lo que parecía.

unclesamwantyouHay algo de lo que no he oído hablar mucho en las noticias y que a mí me parece esencial para entender el apoyo de la clase media-alta blanca, cuyos representantes conocí durante mi trabajo en la universidad. Las elecciones en EE.UU. han puesto al descubierto una realidad que estaba ahí mucho antes de Trump, que tiene sus raíces en la fundación misma de esta nación: la supremacía masculina y blanca, que es uno de los pilares en los que se asienta la sociedad estadounidense. La esclavitud y su continuidad en las leyes segregacionistas, la colonización del oeste y el genocidio de los pueblos indígenas, la feroz industrialización del país y la erradicación del movimiento obrero a través de la represión brutal, el expansionismo imperialista hacia el sur, la marginación de las mujeres y las minorías sexuales, todo ello tenía como trasfondo ideológico la supremacía blanca y masculina.

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Todas estas tragedias de la historia de EE.UU. son injusticias que no se han acabado de resolver. Porque el problema de la esclavitud y el segregacionismo resurge intermitentemente a través de la historia (recuerda Ferguson), las poblaciones nativas están devastadas por la pobreza y el alcohol y sus «reservas» convertidas en parque temáticos deprimentes, la clase trabajadora sobre todo en algunas regiones del país (recuerda Detroit) ni siquiera llega a lumpen, la inmigración latinoamericana (sobre todo centroamericana y mexicana) hace presente una deuda histórica que muchos estadounidenses no están dispuestos a pagar, las mujeres siguen luchando contra el sexismo (si no leíste la entrada sobre las violaciones de mujeres en los campus universitarios, por favor hazlo). ¿Y cómo se ha intentado resolver esta historia de violencia? Se ha avanzado mucho en la ley, sobre todo a partir del movimiento de los derechos civiles de los años 60, pero no tanto en la educación. En el ámbito de la educación y sobre todo desde los años 80 se ha potenciado lo «políticamente correcto», que lo único que ha hecho es obligar a esa gran cantidad de blancos supremacistas (educados y no educados) a no expresar lo que realmente piensan. Se ha reprimido el odio de cierta parte de la población hacia el negro, el hispano, la mujer que defiende sus derechos civiles y biológicos, el homosexual. Se ha acentuado su culpa histórica a través de la represión de unos sentimientos que no por no articulados no estaban presentes. Y aquí llega Trump.

Trump ha decido violar el discurso de lo correcto, decir lo que muchos tenían en la cabeza y no expresaban, o lo hacían donde se sentían a salvo: en casa, con los amigotes, en sus fraternidades. ¿Por qué mucha gente votó a Trump? «He tells it like it is», decían algunos de sus votantes. «He speaks the truth», decían otros. Dice «la verdad». Y seguramente muchos de sus votantes no se creerán que realmente va a construir el muro con México y cobrárselo a ellos o que va a prohibir la entrada a todos los musulmanes en el país, posiblemente lo que tienen en mente es el hecho de que, por lo menos Trump dice lo que piensa, no lo que el discurso «políticamente correcto» le exige. Y dice, exactamente, lo que quieren oír: Make America Great Again. Decir lo que se piensa por desgracia se considera un valor irreprochable, incluso cuando lo que dice es no ya una mentira o un insulto, sino una aberración. Bendita libertad de expresión.

Así que lo que yo creo es que Trump ha mostrado desnudo al emperador o, mejor dicho, a ct-donald-trump-white-voters-20160321más de 50 millones de votantes. Entre esos votantes hay mayoritariamente mujeres y hombres  blancos (salvo ese extraño 8% afroamericano que posiblemente lo sea más de censo que de conciencia), algunos de las clases menos privilegiadas, otros de la clase media-alta. Sospecho que del 29% hispano habrá muchos hispanos blancos, entre ellos cubanoamericanos de Florida y votantes de segunda y tercera generación que querrán ser parte de esa nueva América que él promete. El voto femenino a Trump nos aterra, pero no debería. ¿Te acuerdas de Sara Palin? ¿Y cuántas mujeres defienden que su papel está en el hogar y pariendo hijos? Aunque muchos de sus votantes no se consideren xenófobos, racistas, machistas, homófobos, clasistas, islamófobos, etc, posiblemente hayan internalizado que, para cumplir el sueño americano (el sueño que promete Trump con su «Make America Great Again»), hay que aliarse con los ganadores: blancos, ricos, y con los cojones de decir lo que nadie se atreve a decir, aunque eso destruya la raíz misma de esa democracia que tanto defienden y la integridad de millones de habitantes (con o sin papeles) de su mismo país.

trumpdonald.org

El Pico

a3c8b-el20pico2028198329Hoy rebusco en el baúl de los recuerdos y recupero, para este comentario, una película muy interesante de Eloy de la Iglesia: El pico, de 1983. Si no la has visto, te recomiendo que lo hagas antes de leer este comentario porque hay varios spoilers. Si la has visto, posiblemente recordarás las escenas de las que hablo aquí.

El pico es una de las películas míticas del denominado “cine quinqui” y narra la relación de dos muchachos heroinómanos en el contexto del Bilbao de los años ochenta con la particularidad de que el protagonista, Paco, es hijo de un comandante de la Guardia Civil y su amigo, Urko, es hijo de un diputado de la izquierda abertzale. Por una parte, el consumo de heroína empuja a los dos jóvenes a la criminalidad, el asesinato, e incluso la muerte de Urko, y por otra une a sus padres en una extraña colaboración para recuperar a sus hijos. El pico informa sobre el conflicto vasco y su relación con el mundo marginal de las drogas. Es una película que hace hincapié en la permeabilidad de la violencia tanto de la guardia civil como de ETA en el mundo político y cotidiano de los años de la «Transición» en Euskadi, concretamente en una zona –Bilbao y la Margen Izquierda– donde el creciente paro debido a la desindustrialización y el aumento del consumo de heroína crearon un mundo marginal, caldo de cultivo de la juventud más radical. Mi comentario de la semana pasada sobre el desarraigo de varias generaciones en la Margen Izquierda se puede ilustrar bastante bien con esta película. El pico podría entenderse simplemente como película de culto de los años 80, pero su valor transciende el impacto mediático o el efecto de shock que pudo tener en su momento. En esta reflexión me voy a centrar en sus implicaciones políticas en relación a la historia del conflicto vasco y al actual «proceso de paz». El pico ofrece una particular solución al problema de la violencia: la evasión, el olvido, el decretar que las cosas acaban cuando uno decide que acaban, sin que importen los hechos criminales del pasado, las consecuencias que éstos tienen en el presente, o cómo reconstruir lo personal y colectivo después de la violencia. Os hablo entonces de El pico como una representación cultural de estas actitudes, como un filme que muestra cómo la alienación e indiferencia ante el otro provoca un escapismo que resulta primero en violencia y después en prácticas perniciosas de olvido.

El escapismo viene provocado por la alienación que los personajes sufren en su entorno. Los personajes de El pico están desarraigados, abrumados por un entorno depresivo y gris. Las primeras imágenes del film nos sitúan claramente en el ambiente sociopolítico de Bilbao y la margen izquierda de principios de los años 80. El primer plano panorámico es de un Bilbao gris, sucio, industrial. Los paseos de los muchachos cerca de la sucia ría del Nervión, la desolación de los descampados, los viajes al devastado Baracaldo, y todo esto envuelto en el constante txirimiri, esa lluvia que encierra al área con una densidad húmeda, gris, melancólica, deprimente. Es el Bilbao que yo recuerdo de niña, de una dureza ahora inexistente.

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Además de este entorno tremendamente sombrío y opresivo, la familia aparece como institución represiva que también tiene un efecto alienador. Existe una absoluta falta de comunicación entre padres e hijos. Evaristo desea que su hijo siga sus pasos y los de todos los hombres de la familia: servir a la patria formando parte de la Guardia Civil. Esto va en el-pico-6contra de los deseos tanto de Paco como de su madre, pero ninguno de los dos tienen el poder de contradecir a Evaristo. La comunicación de Urko con su padre también es problemática, como se refleja cuando niega que sea amigo de Paco por ser éste hijo de un guardia civil. Este silencio que impregna las relaciones familiares y aliena a los personajes está relacionado con la herencia de un pasado de intolerancia y represión que podría haber sido representado solamente por el personaje de Torrecuadrada (el guardia civil), pero también lo muestra el padre abertzale. Además, la presencia de la madre en sus vidas es mínima. La madre de Paco agoniza sufriendo de cáncer durante toda la película, sumida en el dolor o en el sueño de la morfina. La madre de Urko está separada del diputado y vive en Biarritz. Los dos muchachos, por ser hijos de quien son –el mismo Urko señala que “cada uno tenemos el padre que nos ha tocado” –, buscan alternativas al mundo político y encuentran su unión en la heroína y los ambientes marginales en torno a ella.

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Evaristo, padre de Paco

La alienación política y social es más profunda en el entorno del protagonista, Paco, en su familia de origen castellano y de tradición militar que es incapaz de integrarse en el contexto vasco. Por su parte, Evaristo no entiende el mundo en el que vive, ni como comandante de la Guardia Civil en el contexto de la nueva democracia y mucho menos entiende la problemática vasca. La alienación de Evaristo no es solo evidente en sus diálogos con los otros personajes, también se enfatiza a través de un uso muy inteligente de la música en escenas claves. En varios momentos trascendentales de la película suena una melodía muy conocida en Euskadi: el “Que se vayan”, canción popular que invita a las fuerzas del estado español a salir de la región. En la película nunca se oye la letra, solo la melodía, pero los vascos nos la sabemos de maravilla: “Que se vayan, se vayan, se vayan, que se vayan de una puta vez. Que se vayan, se vayan, se vayan, que se vayan para no volver”. La primera vez que escuchamos esta melodía es en la escena en que un comando de ETA intenta asesinar a Evaristo. El hijo, a pesar de ir colocado de caballo, es capaz de salvar la vida a su padre. Según el coche del comando sale huyendo y Evaristo dispara su pistola, en una escena supuestamente dramática, escuchamos la música de charanga de fondo, lo cual resulta totalmente incongruente y desconcertante si no conocemos su contexto. Algo similar ocurre después de que Evaristo tiene una conversación con Martin Aramendia, cuando aúnan fuerzas para intentar encontrar a sus hijos, sospechosos de haber asesinado a El Cojo y su mujer, traficantes y confidentes de la guardia civil. El comandante le dice al diputado: “Ya sé que ustedes nos odian, pero esperaba que pudiera distinguir entre mis sentimientos y mi uniforme”. A lo que Martin le contesta: “¿Y qué coño me pide que haga una distinción que usted mismo es incapaz de hacer? Si quiere encontrar a su hijo, búsquelo, pero búsquelo usted y deje el tricornio en el cuartelillo”. Evaristo le hace caso y sale a la calle de paisano en su coche. Como trasfondo vuelve a sonar “Que se vayan, se vayan, se vayan…”. Así se marca la alienación del que no pertenece, ni con uniforme ni sin él.

La droga aparece como único recurso de los personajes adolescentes atrapados en este mundo sin salidas y opresivo. Paco articula claramente la función de la heroína en su vida casi al principio del filme, en una de sus primeras conversaciones con Mikel, un artista homosexual que le intenta ayudar (sin éxito) a desintoxicarse: “El caballo te da la paz. Esa paz de la que tanto hablan la encuentras de repente así, esnifando un poco de polvo”. Paco no tiene ningún interés en el conflicto político, como no lo tenía buena parte de su generación, que busca en la droga una paz artificial que, asimismo, les lleva a otro tipo de violencia: la autodestrucción o la violencia contra los demás, como el asesinato de El Cojo y su mujer. Deelpico3spués de matar a los traficantes y robarles 100 gramos de heroína, Paco y Urko se refugian en el piso de Betty, una prostituta argentina, donde no hacen otra cosa que picarse. En una escena dramática, Paco se levanta y abre la ventana e inhala la lluvia con fuerza, dando la espalda a Urko mientras éste se pica, en lo que constituye una de las escenas más famosas de la película por el erotismo con el que se representa el pico (no añado el fotograma porque me da una grima tremenda). Los dos respiran al mismo tiempo, sin ser Paco consciente de que su amigo se está muriendo. Urko encuentra la salida al callejón del crimen y la adicción, su escape absoluto, a través de la sobredosis. Como en cualquier sociedad traumatizada, el olvido del presente, esta vez provocado por el caballo, es lo que permite la supervivencia, aunque sea de zombi en el caso de la drogadicción, o el escape definitivo a través de la sobredosis.

hqdefaultY el olvido de todo lo ocurrido será lo que propugnen también los padres de los dos muchachos. Cuando están Martin y Evaristo solos delante del cuerpo inerte de Urko en la sala de la autopsia, se despiden: “Adiós”, dice Evaristo. “Agur”, dice Martin. Después de haber vivido juntos la angustia de no encontrar a sus hijos, el trauma de saberles no solo heroinómanos, sino también asesinos, estos dos personajes vuelven a reubicarse en su respectivos lados del conflicto. El “adiós” y el “agur” señalan que la experiencia conjunta no les ha unido en absoluto, sino que al final vuelven a sus odios como si nada hubiera pasado. No han aprendido nada de la experiencia, ni siquiera a fomentar el entendimiento del otro cuando hay un sufrimiento común. Mejor el olvido, actuar como si nada hubiera pasado. Esta idea se acaba por rematar en el final de la película.

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La escena final nos lleva a un escenario natural precioso, que contrasta con las imágenes de Bilbao y la Margen Izquierda que hemos visto durante toda la película. El escenario es Punta Galea, en Getxo. Tras una tensa conversación entre padre e hijo, llega el momento de la reconciliación. Evaristo le pide a Paco que le dé la droga robada, se acerca al acantilado, y mete la bolsa de heroína en el tricornio mientras dice “y esta porquería puede destrozar una vida”. Paco le contesta “¿te refieres al polvo o al tricornio?” El padre contesta tranquilo: “Muy gracioso. Aquí están todas las pruebas que se pueden usar contra ti: el arma homicida y el producto del robo.” Añade la pistola al tricornio y, en un gran gesto, lo lanza volando al mar. De fondo vuelve a sonar “que se vayan….” Y el padre pasa el brazo por encima del hombro del hijo mientras la mar se lleva el tricornio cargado de crimen. FIN.

Con esta escena se parece dar por supuesto que las cosas acaban ahí, que una vez que deciden deshacerse del origen de sus violencias –la heroína y la pistola para Paco, el uniforme y también la pistola para Evaristo–es como si el pasado se hubiese borrado. Ni siquiera parecen tener en cuenta que hay testigos de sus crímenes y de su complicidad; basta con la voluntad de cerrar el capítulo. Tampoco parece que les importe mucho reflexionar sobre las víctimas y si les deben alguna reparación. Al final, nadie asume su responsabilidad, ni en el contexto familiar ni en el social. Esto me lleva entonces a la reflexión del presente. Se habla de “normalización” y de paz, se habla de reconciliación y convivencia. Y parece que nos quedamos contentos con sentirnos «normalizados», como si por decirlo se convirtiera en verdad, como si por el mero hecho de renunciar al pasado, éste desapareciera. Y me pregunto si al final acabaremos como los personajes de El pico, sin reconocer nuestra complicidad, lanzando al mar nuestras culpas y responsabilidades.

Una «light» para el 12 de octubre

fighting-terrorism-since-1492Hoy es día de controversia. Para algunos es la oportunidad de exhibir su orgullo de raza y de hazañas patrias, para otros es día de vergüenza y responsabilidad histórica; hoy algunos reivindican la españolidad mientras otros la desafían con gestos grandilocuentes (como abrir un ayuntamiento…para que luego digan que los funcionarios están deseando no trabajar). Estoy en Barcelona y no me apetece escribir ni pensar sobre nacionalismos ni violencias. Hoy no. Hay días que esto de ser vasco (y catalán, supongo; y tal vez español o extremeño, no lo sé) se hace muy cansino.

Así que hoy cuento una de americanos. Hace tiempo prometí escribir sobre aspectos positivos de mi vida en los USA. Con el fantasma (o mejor dicho la bestia parda) de Trump acechando la presidencia y la confianza (que no ilusión) de que Clinton (el mal menor) ganará las elecciones, se me hace un poco difícil pensar en positivo, pero aquí va el ejercicio.

Lo mejor de vivir en los Estados Unidos no es tanto vivir, sino trabajar, que allá significa más o menos lo mismo. Hace un tiempo escribía aquí que una persona como yo, que no tenía nada más que mi cabeza y mis ganas de estudiar cuando llegué a ese país, tuve oportunidades con las que ni siquiera habría soñado en España, en parte gracias al mercado laboral universitario y en parte gracias al tipo de puestos a los que puede acceder una profesora joven y con ganas de hacer cosas, como era yo en aquél momento. Ya expliqué aquí el proceso de «tenure» (o de conseguir plaza), un proceso basado en ese concepto de meritocracia tan arraigado en la ética de trabajo estadounidense que, por una parte, permite que uno se crea el «you can do it», el «just do it» y todas sus expresiones relacionadas y que por otra, como también expliqué, esconde no pocas mentiras. Perdón. He dicho que hoy no iba a ser negativa.

Al grano: cuando, como en mi caso, una profesora consigue la permanencia con 34 o 35 años, se ve ante la oportunidad de acceder a puestos administrativos interesantes. No digo ser jefa de departamento (horror) ni decana (satanás me libre), sino otro tipo de puestos que no tienen que ver tanto con la gobernanza, la burocracia o la política universitaria, sino con programas en los que se valora la creatividad y las ganas de hacer cosas nuevas. Esto responde también a la lógica empresarial de la universidad, que explico de forma muy simplista pero no creo que errónea: ofrecer programas originales y con contenidos de calidad hace a las universidades más competitivas y puede atraer a los mejores profesores y estudiantes y, por tanto, hacer que la universidad suba en los rankings. La competitividad de la alta administración de Lehigh permitió la creación de algunos programas en las humanidades que, de otra manera, serían imposibles en una universidad por lo demás orientada a la ingeniería y las ciencias. Y de eso me beneficié yo, que en el mismo año en el que me presentaba a la plaza me ofrecieron dirigir el Humanities Center de Lehigh.

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El HC según Sue Shell

El HC era una casita en el campus que se había abierto como una especie de instituto de investigación para las humanidades hacía pocos años. El objetivo era dinamizar la vida intelectual de la universidad, que, por estar muy centrada en los programas de ingeniería y ciencias aplicadas, era bastante pobre. Con la creación de este centro se intentaba dotar de un espacio físico y un apoyo logístico a las humanidades, concebidas de forma amplia como todas las disciplinas que estudiaban el quehacer humano, incluyendo así también a las ciencias sociales y las artes. El mandato que recibí fue muy simple: construir una comunidad intelectual sólida a través de actividades en las que participaran profesores y alumnos, a veces juntos, a veces por separado. Por lo demás, tenía libertad a la hora de elegir el qué, el cómo y el con quién.

Con un equipo de profesores de todas las disciplinas representadas, formamos comités de becas de investigación, programamos series con conferenciantes nacionales e internacionales que pasaban entre dos días y una semana trabajando con nosotros, creamos grupos de lecturas, talleres de escritura creativa y académica, conferencias, y tampoco faltaban las celebraciones en las que se mezclaba lo intelectual con lo lúdico. Cada año elegíamos un concepto que explorábamos desde diferentes disciplinas: filosofía, literatura, sociología, historia, artes plásticas, artes perfomativas… e invitábamos a diez o doce especialistas que visitaban nuestro pequeño centro. Antes de recibir a nuestros conferenciantes debatíamos sobre sus obras y nos preparábamos para la visita con ilusión y fruición.

Creo que nunca, ni siquiera durante el doctorado, aprendí tanto como en aquellos años. No digo que todo fuera fácil. Cada dos por tres tenía que justificar ante burócratas que no entendían nada de lo que hacíamos la existencia del centro y el presupuesto que me daban. Y, siendo su representante en un clima hostil en que las humanidades y las artes eran para algunos algo molesto en el mejor de los casos, eliminable en el peor, tuve que quitarme los guantes en más de una ocasión. Pero recuerdo esos seis años con mucha alegría y agradecimiento. Y creo que los colegas con los que trabajé entonces también.

Y no sé, igual en la universidad española se pueden encontrar ejemplos de centros e iniciativas parecidas, pero me da la sensación de que la universidad estadounidense, a pesar de sus graves problemas, es única en ofrecer espacios como el Humanities Center en los que el profesorado puede seguir formándose, aprendiendo y explorando nuevos horizontes intelectuales. Si alguien sabe de alguna iniciativa así en la universidad española, por favor que deje su comentario aquí.