Falacia #2: La universidad en EE.UU. es un espacio seguro, libre de sexismo

Una de las primeras clases de literatura avanzada que di nada más comenzar mi trabajo en Lehigh University fue un curso sobre literatura de mujeres hispanoamericanas. Mi intención no era proponer que la literatura escrita por mujeres tiene un aura diferente, una temática exclusiva, o una esencia femenina. Siempre me han molestado muchísimo esas definiciones esencialistas, sexistas o pseudo-místicas sobre la literatura escrita por mujeres. Quise diseñar un curso así porque, partiendo de mi propia experiencia de estudiante, sabía que se podía llegar a tener un doctorado en literaturas hispánicas sin conocer a más de un pequeño puñado de escritoras, aquellas que de refilón habían entrado en el canon patriarcal de nuestras literaturas. Diseñar ese curso suponía para mí un aprendizaje y también me brindaba la oportunidad de ofrecer a mis estudiantes una visión panorámica de teoría feminista, historia del desarrollo de los derechos de la mujer en España y Latinoamérica (concentrándome en tres o cuatro países), y una selección de escritoras que a mí me entusiasmaban (Carmen de Burgos, Alfonsina Storni, Rosario Castellanos…hasta contemporáneas que fui sumando a la lista como Laura Restrepo o Marta Sanz).

La experiencia de dar este curso cada cierto tiempo durante todos mis años en Lehigh superó mis expectativas. No solo por lo que fui aprendiendo al preparar mis clases y compartir los textos con mis estudiantes, algunas de las cuales fueron excepcionales, sino también por lo que ellas traían al aula. En estas clases es donde empecé a escuchar sobre las agresiones sexuales en el campus, tema que yo ignoraba por completo hasta que mis alumnas me informaron. Y hablo en femenino porque la gran mayoría de mis alumnas eran mujeres, sobre todo en esta asignatura. Las clases en Lehigh, al ser una universidad privada, eran muy pequeñas. Normalmente a ésta se apuntaban unas 16 chicas, con la excepción de un chico o dos, y no todos los semestres. En mi entrada anterior sobre Lehigh fui muy dura con los altos cargos de la universidad y muchos de sus alumnos. Aquí tengo que decir que, como siempre, había excepciones muy honrosas, entre las cuales se encontraban un buen número de estudiantes de humanidades.

Un poco de estadística para que no pienses que exagero: El 23.1% de las estudiantes dereasons not to denounce grado de Estados Unidos son víctimas de violación o violencia sexual. Otros señalan que una de cada cinco alumnas ha sufrido una agresión sexual durante sus cuatro años en el campus. El mismo estudio dice que más del 90% de las agredidas no denuncian. Y no es de extrañar. Para empezar, si la violación se produce en el campus y la denuncia se hace dentro de la institución, será investigada por la propia universidad, con lo que la víctima ya sabe que su agresor, como mucho, será expulsado. Además, la mayoría de las violaciones se producen en situaciones sociales: en fiestas de fraternidades o en residencias de estudiantes (en muy menor medida) durante las cuales las jóvenes consumen normalmente bastante alcohol. El violador suele ser un compañero o un conocido al que, en un pequeño campus como Lehigh, la agredida seguirá viendo. No es anormal que la violación se produzca delante de un grupo de hombres y que más de uno participe en ésta. Así que la vergüenza ante lo sucedido, el temor a ser objeto de escarnio, el sentimiento de culpa por no haber sabido controlar la situación, bloquea a muchas de estas víctimas que entienden que, con su “mal” comportamiento, contribuyeron a la agresión. Esto no debería sorprendernos: hay precedentes, como también los hay en España, en los que al denunciar, la culpa pasa del verdugo a la víctima, a la que se le achaca la largura de la minifalda o su nivel de alcohol o que no gritara lo suficiente al decir que no o que no cerrara las piernas con bastante fuerza. En esas fiestas también es común intoxicar a las jóvenes con “ruffies”, una droga —rohypnol— conocida como “date rape drug”. Se disuelve fácilmente en alcohol, por lo que es muy fácil administrarla en ese tipo de fiestas. El efecto de la droga es un debilitamiento rápido del cuerpo y normalmente la pérdida de consciencia. Durante ese lapso de tiempo en que la joven está semiinconsciente o totalmente rendida, uno o más hombres la pueden violar. Una vez que pase el efecto de la droga, quedará el malestar, pero ella no será consciente de lo que ha pasado ni tendrá memoria de lo ocurrido. Denunciar una violación siempre es difícil, pero si se produce en cualquier de estas condiciones lo normal es que no se haga. Y los depredadores lo saben.

antirapeprotestLos textos que mis estudiantes leían para la clase daban pie a hablar de las expectativas sociales impuestas en la mujer, los parámetros en los que se debe comportar decentemente para evitar ciertos peligros, la dificultad de tener una sexualidad no reprimida y al mismo tiempo “respetable”, los retos de mantener una relación sana con nuestro propio cuerpo. Y también, por supuesto, se hablaba del acoso y de la violencia sexual. E inevitablemente alguna joven hacía referencia a esas fiestas en las que estas chicas de 18 años, recién llegadas al campus, se sentían como pedazos de carne expuestas en un mercado o abiertamente acosadas; hablaban de compañeras de residencia o de sororidad que decían sin ninguna vergüenza que estaban en Lehigh para encontrar un buen marido y que si por el camino tenían que aguantar alguna que otra trastada de esos chicos traviesos, lo harían encantadas; o comentaban esas fiestas de Halloween en las fraternidades donde las jóvenes se mostraban con los disfraces más soeces posibles para poder entrar, o las fiestas temáticas como la de “CEOs and their Hoes” (“Directores de empresa con sus putas”, en los que evidentemente los CEOs eran los chicos y sus putas las chicas). También, en algún momento del semestre, se mencionaba a esa amiga anónima que ha sido víctima de una violación que no querido denunciar. Y también alguna vez tuve que escuchar a una alumna decir a otra que si querían evitar algo así no se mezclaran con esa gente en las fiestas. Otras, que lo que tenían que hacer era no beber o no vestirse provocativamente al andar por el campus de noche porque ya sabían lo que les podía pasar. También ahí hay una oportunidad: enseñar a esas jóvenes a situar el crimen y a sus responsables.

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No suelo hacerlo, pero en esta clase permitía a las alumnas escribir comentarios de texto en los que relacionaran las lecturas con sus experiencias vitales. A lo largo de los años, tres alumnas confesaron haber sido víctimas de una agresión durante su primer año en Lehigh, una de ellas sospechaba (ni siquiera estaba segura) de una violación múltiple. Ninguna de las tres buscó ayuda médica ni denunció en el momento y su confesión se produjo en el último año de carrera. Ninguna de las tres quiso reabrir el caso años después. Ahora los profesores están obligados a denunciar ante un comité especial de “Student Affairs” que el estudiante ha sufrido una agresión y que no la ha denunciado. Esto es consecuencia directa de toda una serie de investigaciones federales surgidas a partir de denuncias usando el llamado “Title IX” según el cual, se denuncia a la institución por permitir el abuso en el campus. Pero en esa época no era así, ni la liebre del escándalo había saltado a nivel nacional (la prensa se hizo eco de todo esto en torno a 2013), ni el profesor/a tenía obligación de denunciar. Pero aunque yo hubiera estado obligada, no lo habría hecho porque la institución que te obliga a denunciar, después no es capaz de proteger a la víctima. Por el contrario, la acosará para asegurarse de que el caso se investigue a través de los mecanismos internos de la universidad, que se resuelva a puerta cerrada, que no trascienda. Y esto es posible en los campus de EE.UU.: lo que ocurre en la universidad, se queda en la universidad, como en Las Vegas. Así como los crímenes de odio que explicaba en mi entrada anterior fueron silenciados por la institución hasta que se puso una denuncia federal, siguiendo el modelo del Title IX, lo mismo pasa con crímenes sexuales. Y esa joven entonces será revictimizada y posiblemente su agresor se irá de rositas. Puede encontrar apoyo en varias asociaciones que han surgido a raíz de adquirir conciencia de lo endémico del problema, como EROC (End Rape On Campus). EROC ayuda a las víctimas a poner la denuncia federal contra la institución por  no haberla protegido frente el abuso sexual y también ha creado toda una estrategia de apoyo a las víctimas. Cada vez son más las universidades, algunas tan prestigiosas como Standford, que están siendo investigadas. Pero hasta que no se acabe con el sistema de privilegio que impera en la mayoría de las instituciones privadas, sobre todo a través de las fraternidades (como expliqué en esta entrada), todos los esfuerzos del gobierno federal y de asociaciones como EROC serán estériles. Violar a una mujer en universidades como Lehigh ha sido gratis por muchos años. Esa cultura de impunidad y sexismo (y racismo) no se cambia de la noche a la mañana, y menos como medida reactiva a una investigación federal. Pero si los altos cargos administrativos y patronos (Board of Trustees) de la universidad, salen de ese mismo sistema, si la misma élite económica y política del país se ha fraguado dentro de ese tipo de sociedades privilegiadas y endogámicas ¿cómo hacer posible un cambio real?

TrumpHoes

¿De dónde se cree la gente que sale un tipo como Donald Trump? ¿Acaso suena tan ajeno al mundo que estoy describiendo en estas páginas?

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