Sobre la declaración de ETA

Este artículo se publicó en El Correo el 20/4/2018.

La Declaración de ETA sobre el daño causado es un paso hacia la deslegitimación de la violencia. En esta declaración ETA reconoce que ha provocado dolor, daños irreparables y por primera vez piden perdón. Señalan también, en la nota aclaratoria que acompaña a la declaración, que creen necesario mostrar empatía respecto al sufrimiento originado. Daño, perdón, empatía. Palabras hasta ahora bastante ajenas al lenguaje de ETA y, tal vez por eso mismo, es necesario analizar con detenimiento el texto. Después de hacerlo, mi impresión es que este texto se construye dentro de marco argumentativo que hace que sus dos grandes declaraciones (el reconocimiento del daño y la petición de perdón) pierdan parte de su fuerza y de su valor. Por desgracia.

ETA comienza su argumentación con una visión histórica del padecimiento, del “sufrimiento desmedido” al que ha sido sometido el pueblo vasco. ETA reconoce su responsabilidad directa en ese dolor, aunque al mismo tiempo señala que no debió producirse jamás ni prolongarse por tanto tiempo no porque ellos estuvieran equivocados en ejercer la violencia como forma de alcanzar sus objetivos políticos, sino porque “este conflicto político e histórico” debería haber contado con una “solución democrática justa”. Seguidamente, en el mismo párrafo, se produce un desplazamiento de significado y el sufrimiento del que hablan ya no es el sufrimiento causado por ETA, sino que existía antes de ETA y existe ahora, cuando ETA ya no mata. Y así, la responsable de ese sufrimiento ya no es ETA. ¿Quién es entonces? Es el bombardeo de Gernika, ahí comienza todo. Las generaciones posteriores al bombardeo “heredamos aquella violencia y aquel lamento”. En un sólo párrafo pasamos del reconocimiento de la responsabilidad directa del dolor a la victimización del pueblo vasco, que ha sido siempre la justificación de ETA para la violencia. Y aquí, por desgracia, sigue usando la misma retórica de victimización para diluir lo que en principio había parecido un reconocimiento sincero de su responsabilidad.

Seguimos con el siguiente párrafo, donde ETA señala que es consciente del dolor que ha causado, lo irreparable de sus acciones e insiste en que se quiere respetar a las víctimas de las acciones de ETA “en la medida que han resultados damnificados por el conflicto”. Nos encontramos aquí, de nuevo, con la misma dinámica de desplazamiento: del reconocimiento del dolor causado por ETA a decir que las víctimas lo son del “conflicto”, no de la banda armada.

En el cuarto párrafo, ETA se refiere directamente a las víctimas que “no tenían participación directa en el conflicto”. ¿Quiénes son estas víctimas, me pregunto? Seguramente se referirán a los “daños colaterales”, es decir, aquellas personas que simplemente pasaban por ahí, o a los niños y niñas que murieron en atentados a casas cuartel, o… Esto, por supuesto, deja fuera a todos los miembros de las fuerzas de seguridad del estado y autonómicas, y me imagino que también a los políticos constitucionalistas que asesinaron. También dejará fuera a los “chivatos” o sospechosos de serlo, los empresarios que se negaron a pagar el impuesto. ¿A quién considera ETA víctimas con responsabilidad en el conflicto? Además, también me pregunto: siendo ésta una declaración de ETA al “pueblo vasco”, los “damnificados por el conflicto” a los que se pide perdón ¿serán sólo los que pertenecen a este pueblo?

Al final de la declaración, ETA pide que no se humille a aquellos que han sido injustamente tratados por las fuerzas del Estado y las autonomistas, que todos/as reconozcamos el daño causado y que “deberíamos reconocer, con respeto, el sufrimiento padecido por los demás”. Tienen razón, todo esto es necesario, también aclarar todos los crímenes de Estado que quedan por resolver.

ETA cierra el texto pidiendo una solución democrática al conflicto, “para apagar definitivamente las llamas de Gernika”. Gernika tomada por los pelos, como paradigma del sufrimiento del pueblo vasco y como justificación de la violencia. Una pena de conclusión para una declaración que parecía tener un gran potencial. Aun así, quiero pensar que “la honestidad y el pleno respeto” al que se refieren en la nota aclaratoria que acompaña a la declaración son sinceros, que ETA está llevando a cabo un proceso de reflexión y autocrítica que puede acabar en una verdadera deslegitimación de la violencia.

“Revoluciones”: una lectura para la indignación y la acción

Joaquín Estefanía, Revoluciones: Cincuenta años de rebeldía (1968-2018). Galaxia Gutenberg, 2018. (Reseña publicada en La Marea)

Hace un par de semanas estuve en la presentación del libro de Joaquín Estefanía, Revoluciones: Cincuenta años de rebeldía (1968-2018). El autor estuvo acompañado por el cantautor Ismael Serrano y la periodista Soledad Gallego Díaz. Además de hablar de las características principales y de la importancia del libro, los dos hicieron una lectura del mismo desde un punto de vista generacional y se posicionaron dentro de sus correspondientes movimientos de rebeldía, Serrano en el 15M y Gallego Díaz en la corriente liberadora del 68. El primero no podía evitar dejar traslucir cierta nostalgia al mismo tiempo que decepción con el desarrollo político del 15M, la segunda confesó estar orgullosa de los logros de su generación. Llegó incluso a decir que su generación tenía poco de lo que avergonzarse. Desde la mía (nacida en 1974) diría que la periodista fue demasiado generosa con los suyos: de la misma generación son los que hicieron avances revolucionarios en la cultura, la política y la educación pero también los que acabaron aupando todo el sistema sociopolítico y económico que el mismo 15 M puso en el centro de su indignación. En buena medida, la presentación fue una encarnación de algunas de las luchas y de las contradicciones que desgrana este interesante ensayo de Joaquín Estefanía.

Revoluciones recorre los impulsos revolucionarios desde el 68 que han tenido como características generales la formación de un fuerza revolucionaria cuyo factor de aglutinación ha sido la juventud (que nace entonces como nueva “clase” política), la rebelión contra la autoridad, la indignación ante la desigualdad y la falta de oportunidades de un amplio sector de la población y la oposición a los sistemas de poder, ya sea el elusivo mercado, los organismos de control financiero multinacional, o la casta política que trabaja a su servicio. Estos impulsos revolucionarios son, según Estefanía, las movilizaciones del 68 (Paris, Praga y México) el movimiento altermundista de finales de los 90 (Génova, Seattle) y los indignados del 2011 (Madrid, Occupy Wall Street, la Primavera Árabe). Y frente a estos movimientos, sus correspondientes oleadas reaccionarias y conservadoras: la primera el thatcherismo y el reaganismo; la segunda los neocons y sus “thinktanks”; la tercera el trumpismo.

Estefanía presenta el análisis de cada movimiento revolucionario y su reacción conservadora de forma detallada y lúcida, aportando estudios de economistas, analistas políticos y haciendo él mismo una valoración de cada avance y cada retroceso en la consecución de derechos políticos y sociales. El ensayo constituye así una defensa de la socialdemocracia y del Estado de Bienestar. Hay un interés (creo que consciente) por mostrar por un lado el terreno que se va conquistando cuando hay una emergencia de movimientos sociales que buscan, a grandes rasgos, el bien común y por otro aquellas reacciones conservadoras que no sólo han intentado poner freno a esos avances, sino que han asentado toda una serie de estructuras de desigualdad que favorecen la acumulación de capital y de poder en manos de unos pocos privilegiados (ese 1% al que denunciaba el Occupy Wall Street). En este sentido es un libro que provoca indignación y que enfurece, sobre todo los capítulos en los que Estefanía explica, con gran claridad y aportación de datos, la capacidad de las olas conservadoras de destruir, desde los años setenta del siglo veinte hasta el presente, el Estado de Bienestar, y de hacerlo a través de métodos como la depauperación consciente de las clases trabajadoras, la corrupción y el uso de privilegios políticos para favorecer a los poderes financieros, la desregularización irresponsable de los mercados. Estefanía además muestra cómo esa constante batalla de las sucesivas olas conservadoras contra los derechos que tanto costó conseguir —a la educación, a la vivienda, a una jornada laboral y un sueldo dignos, a una sanidad pública, entre otros— se ve acompañada de la defensa a ultranza del capitalismo feroz y desregulador que destruyó al (neo)keynesianismo y que fue, a la postre, el que llevó a la crisis mundial del 2008. Y nos demuestra Estefanía que esos gobiernos que tanto lucharon para aniquilar la protección que el Estado ofrecía a los ciudadanos y que dieron libertad absoluta a los mercados, son los que acabarían rescatando con dinero público a los grandes bancos y empresas privados. El cinismo y la hipocresía de sus teóricos, la corrupción de las élites políticas (el caso del gobierno de George W. Bush II está magníficamente explicado), la falta de consideración por el bien común, el individualismo y el desprecio a un proyecto social, el conservadurismo moral y retrógrado, son algunas de las características de esos movimientos de reacción.

Como conclusión nos situamos ante un panorama que (y esto es mi opinión, no necesariamente la del autor) resulta desolador, sobre todo si lo ponemos en relación al momento actual en España: ministros y ministras haciendo apología de la muerte (recordemos los cánticos de Semana Santa), corrupción política, falta de independencia del poder judicial, control de la legislación medioambiental por parte de las mayores empresas contaminantes, legislación laboral que favorece la explotación, falta de solidaridad con los más desfavorecidos (inmigrantes, refugiados). Si en 2011 teníamos motivos para salir a las calles, hoy no parece que tengamos ninguno menos. De hecho, el 8M aunó en algunas de sus reivindicaciones la crítica del heteropatriarcado y del capitalismo y sugirió que tal vez el feminismo sea el impulso de una nueva revolución. Joaquín Estefanía apuntó durante la presentación de su libro que si conseguía llegar a una segunda edición, dedicaría un último capítulo a las protestas del 8M y a esta nueva oleada de reivindicaciones feministas. A pesar de tantas batallas perdidas, Estefanía defiende el valor del contrato social democrático, los derechos que proporcionan las libertades y el Estado de Bienestar. No es necesario compartir el punto de vista político del autor para apreciar el análisis que ofrece en este ensayo. Y ese es uno de los valores fundamentales de libro: que se esté de acuerdo o no con el marco político del autor, éste ordena, presenta y explica maravillosamente bien la inmensa cantidad de motivos que tenemos para seguir pensando que un cambio radical de las estructuras políticas, sociales y económicas es necesario si queremos alcanzar el viejo mantra que desde el 68 se empezó de nuevo a reivindicar : libertad, igualdad, fraternidad.

Qué lejos estamos todavía.

La felicidad pública y la libertad de expresión

Este artículo salió publicado en El Correo el 9 de abril. Lo transcribo aquí en su totalidad.

Leyendo el interesante libro de Joaquín Estefanía Revoluciones: Cincuenta años de rebeldía (1968-2018) me encuentro con una reflexión de Hannah Arendt extraída de su ensayo Los orígenes del totalitarismo que tenía olvidada. Cuenta Arendt que la generación que participó en los eventos del 68 “descubrió lo que en el siglo XVIII se llamó ‘la felicidad pública’, que significa que cuando el hombre (Arendt hoy seguramente hubiera dicho ‘las personas’ o ‘los seres humanos’) participa en la vida pública accede por sí mismo a una dimensión de la experiencia humana que de lo contrario le está vedada, y que de alguna manera constituye la felicidad plena”. Hace no mucho —el 8M para ser exactos— sentí esa felicidad pública al salir a las calles con miles de mujeres que reclamaban derechos en los que creo y que defiendo firmemente. Y me preguntaba por qué no buscamos más ese tipo de participación en la vida pública, de acción comunitaria y compartida, por ejemplo en contra de los crecientes ataques contra la libertad de expresión o contra los excesos judiciales de los que tenemos noticia cada día.

No soy la única que me lo pregunto. Hace unos día leía un tuit de una periodista que echaba en cara a la sociedad la falta de movilización en defensa de la libertad de expresión. Otra persona, que lleva décadas defendiendo los derechos civiles y humanos, le respondía que no es momento de hacer reproches sino de reflexionar sobre por qué no nos estamos movilizando. Los motivos tal vez respondan a varias razones. Creo que muchos de esos atropellos están bien vistos porque sus víctimas no inspiran solidaridad, porque para preservar el status quo algunos piensan que todas las armas son buenas, porque entienden que si la judicatura defiende sus mismos valores u objetivos políticos y castiga a todo aquél que se rebele contra ellos, entonces está siendo justa, incluso si eso significa manipular la ley. Cuando Baltasar Garzón, con su proceso 18/98 declaró que “todo es ETA” y procesó a cientos de personas por delitos de colaboración o pertenencia, algunas de las cuales han pasado hasta una década en la cárcel, muy pocas voces se alzaron fuera de Euskadi cuestionando la gravedad de estas acciones. Se entendía que eran medidas duras pero necesarias para acabar con ETA. Al pasar por alto o justificar que en ese proceso se estaba encarcelando a gente por motivos políticos, se creaban las condiciones de posibilidad para lo que está pasando hoy. Por una parte, cualquier crítica o cuestionamiento de los procedimientos de Garzón resultaba sospechosa de filoetarra y por otra se aceptaba que dando superpoderes a la Audiencia Nacional se resolvería no sólo el problema del terrorismo, también se daría un golpe mortal al aparato político independentista. En general, se vio con buenos ojos que por la vía judicial se resolvieran asuntos políticos: los encausados no despertaban ninguna solidaridad, todos eran ETA al fin y al cabo. Hoy, con la detención y encarcelamiento de políticos catalanes pasa algo incluso más grave porque no hay un contexto de terrorismo: se aprueba el método judicial punitivo para resolver un problema político que, además, se concibe como “problema catalán”, en vez de un problema nacional que pone al descubierto las limitaciones de la concepción actual del estado español.

Además, en este país hay medios de comunicación y personas encarceladas o procesadas cuya libertad de expresión ha sido claramente vulnerada y cuyos casos no han despertado grandes olas de indignación. Recientemente la revista Mongolia ha sido penalizada con un multa absurda supuestamente para compensar el “honor” mancillado de Ortega Cano, pero en realidad es un castigo por su irreverencia y constante crítica política. El encarcelamiento de raperos, tuiteros, las querellas constantes contra periódicos y periodistas, hacen mella en nuestra capacidad de entender el espacio público como lugar para la protesta. Considero espacio público la calle, pero también los espacios donde tomamos y compartimos la palabra. Tal vez otro motivo para la falta de movilización sea el propio éxito de las medidas punitivas contra la disidencia. ¿Estamos amedrentados? Pero salimos a la calle por otros motivos ¿O será que no nos queda claro que esta ola represiva nos afecta a todos, no sólo a los procesados? También me afecta a mí, a usted que me está leyendo. Porque usted puede estar en contra del independentismo catalán, le puede parecer obscena la Revista Mongolia, puede creer que las letras del rapero Valtonyc son ofensivas y de mal gusto. Pero si piensa que todas estas personas se merecen ir a la cárcel o ser perseguidas judicialmente, si cree que hay que eliminarlas del espacio público porque lo que dicen o hacen le resulta peligroso u ofensivo, si se alegra ante su sufrimiento cuando son detenidos o castigados, entonces no me diga que cree en la democracia y en la libertad de expresión. Dirá que no son lo mismo un político secesionista que un rapero y es cierto, no lo son, pero el encarcelamiento de ambos surge de la misma lógica punitiva y del uso del poder judicial con objetivos políticos y represivos. Si cualquier día sale a la calle para defender su pensión o que su hija tenga un empleo digno, si siente esa “felicidad pública” y se le ocurre decir lo que no debe, es posible que usted acabe procesada, como cualquiera de ellos.

Muerte de un mantero

Escribí este artículo a raíz de la muerte de Mame Mbaye Ndiay y la intervención desmesuradamente violenta de la policía durante la noche del jueves 15 de febrero en el barrio de Lavapiés. Transcribo el artículo al completo, publicado el 17 de marzo en El Correo.

Muerte de un mantero

El jueves, 15 de marzo ha muerto en la Calle del Oso (Barrio de Lavapiés, Madrid), Mame Mbaye Ndiaye, un hombre senegalés de 34 años. Era mantero y vendía perfumes, ese día en la Plaza Mayor. Pasó lo que pasa muchas veces: aparece la policía, el mantero tira de la manta y echa a correr con la mercancía y la policía en sus talones. En este caso, la carrera de un kilómetro acabó cuando Mame Mbaye Ndieye cayó desplomado y murió de un infarto. Pocos horas después, ardía Lavapiés: contenedores y mobiliario urbano como barricadas, protestas espontáneas y una respuesta policial de una violencia desmesurada, como atestiguan los numerosos vídeos en las redes sociales.

No me sorprende esta violencia contra africanos manteros de Lavapiés porque he sido testigo de ella. La noche del martes 3 de febrero de 2015, poco minutos después de las once de la noche entraba en la plaza Tirso de Molina desde la Calle Magdalena cuando vi aparecer atravesando la plaza como una exhalación un grupo de africanos con sus fardos a cuestas. A esas horas lo normal es que pasen por el barrio tranquilos, en pequeños grupos de cinco o seis, charlando animadamente hasta sus hogares, la mayoría en la parte baja del barrio. Pero los hombres de este grupo, tal vez diez o doce, corrían y gritaban, miraban hacia atrás despavoridos, evidentemente huyendo de la policía. Pocos segundos después vi a otro joven africano adentrarse en la plaza seguido muy de cerca por dos policías nacionales. En cuestión de segundos uno de los agentes consiguió alcanzarle, empujándole con fuerza al hacerlo. El joven africano medio cayó al suelo y, mientras intentaba mantener el equilibrio, el agente le golpeó con su porra repetidamente. El joven se incorporó intentando librarse de los golpes y gritando. Para ese momento, yo me había acercado y pude ver claramente cómo el policía lo empujaba contra la pared ayudado por golpes de porra. Cuando tuvo la espalda del joven contra la pared le puso la porra en la garganta para reducirlo. El joven se movía espasmódicamente y consiguió librarse parcialmente, dar varios pasos, todavía gritando despavorido, mientras ahora los dos agentes le pegaban con sus porras. Lo pusieron encima de uno de los maceteros de cemento que hay en la parte superior de la plaza y ahí, mientras el joven gritaba, siguieron pegándole, forzándole uno de los brazos para ponerle las esposas. En ese momento vi que un chico se acercaba a los agentes, pidiéndoles que por favor dejaran de maltratarlo, que intentaran calmarlo porque claramente estaba en estado de pánico. Yo salí de mi estupor y también me acerqué a ellos. Al ver al joven africano de cerca me di cuenta de que tenía la boca llena de sangre, que sus espasmos eran más de pánico que de rebeldía, que tenía la mirada y la cara desencajadas por el miedo. Otras dos chicas se sumaron al corrillo y después lo hicieron tres o cuatro personas más. En total éramos unas 10 personas observando la escena y pidiendo a los dos policías que por favor dejaran de maltratarlo, que no estaban ante un criminal sino un pobre chico que vendía bolsos. Parecía que los ánimos se iban a calmar un poco, incluso pensé en un momento que igual conseguíamos que por lo menos dejaran de pegar al joven africano. Pero en ese momento oí las sirenas y vi que se habían estacionado cerca dos furgones de policía y un coche. Bajaron lo que me pareció un contingente demasiado grande de agentes, se desplegaron en formación como si fueran a atacarnos y, de muy malas maneras uno nos dijo gritando, y cito: “iros a vuestra puta casa”. Yo, que estaba justo al lado de los dos agentes y el joven africano, recibí un empujón para que me retirara y así pudieran pasar los agentes con el joven detenido, a quien finalmente se llevaron esposado. La brutalidad de la detención, la violencia excesiva e injustificada contra un joven indefenso, la total falta de empatía de los agentes hacia el sufrimiento de este ser humano, el desprecio con el que trataron al grupo de ciudadanos que con palabras intentaban defenderlo, me llenaron de rabia y tristeza.

Al día siguiente fui a una de las asociaciones de Lavapiés que defienden los derechos de inmigrantes. Les conté lo que había visto y me dijeron que esa actuación era normal. Les pregunté qué podíamos hacer. Me dijeron que les diera la descripción del chico, a ver si le conseguían encontrar. Sin encontrarlo tampoco podrían cursar una denuncia. Les envié por escrito mi testimonio, en el cual me he basado para escribir este texto, y quedamos en que si conseguían encontrar al chico me llamarían para testificar. Nunca lo hicieron.

Si yo fuera Mame Mbaye Ndiaye también hubiera corrido despavorida, hubiera puesto mi cuerpo al límite para escapar de una detención brutal que posiblemente acabaría con la expulsión del país, pasando por un CIE. Si yo fuera los compañeros de Mame Mbaye Ndiaye también estaría ahogada por la rabia y la tristeza, como a mi modo y desde mi posición de privilegio lo estoy: por su muerte, por aquél chico del que nunca supe su nombre, por todas las personas migrantes que llegan a nuestro país —si no mueren antes en el tránsito— buscando una vida mejor y acabamos destrozándosela.

Las tierras arrasadas de Emiliano Monge

Escribí este comentario para La Marea sobre “Las tierras arrasadas”, una novela del mexicano Emiliano Monge que me ha impresionado y conmovido. La recomiendo.

¿Qué ocurre cuando la violencia es la única forma de relación con la realidad que uno conoce, cuando la vida es una continua lección de crueldad y maltrato, cuando no se entiende otra moral que la del daño? ¿Qué ocurre cuando vivir significa matar, cuando la disyuntiva no se plantea entre vida o muerte, sino entre la muerte propia y la ajena? En situaciones de extrema violencia, ¿quién se salva de convertirse en verdugo salvo los que no sobreviven?

Me surgen estas preguntas al leer Las tierras arrasadas (Literatura Random House), del autor mexicano Emiliano Monge, una novela desgarradora sobre los secuestros de migrantes centroamericanos que emprenden El viaje al Norte: el cruce a través de México para llegar a los Estados Unidos. Seguir leyendo

 

Vuelta a los orígenes

Reproduzco aquí este artículo que se publicó el 8 de marzo en El Correo.

A mí me parece muy bien que Cristina Cifuentes o Inés Arrimadas no secunden la huelga del 8M. Hacerlo sería una hipocresía, como lo es que sus partidos participen en la celebración del orgullo gay. Pero que sean consecuentes y digan, a las claras, que no son feministas. El feminismo de derechas no existe. El feminismo, como ideología de igualdad social, es incompatible con la defensa de las estructuras socioeconómicas y políticas del patriarcado y del neoliberalismo. Es como decir que Pilar Primo de Rivera, por tener un perfil público y político durante el Franquismo y ser mujer, era feminista, cuando lo que hizo fue institucionalizar la sumisión de la mujer. El hecho de que una mujer esté en política, tenga carácter o tome decisiones importantes no significa que sea feminista. El hecho de que una mujer opine sobre temas de mujeres no significa que sea feminista. El feminismo es una ideología de igualdad radical —esto es, igualdad desde la raíz— y la derecha neoliberal del PP o Ciudadanos lo que defiende es, precisamente, la desigualdad, el privilegio de los poderosos y la continuación de la explotación de los más vulnerables. Tampoco nos tendría que sorprender que estas mujeres estén en contra de la huelga feminista porque pertenecen a partidos que no son particularmente favorables a la lucha por los derechos de los trabajadores. El 8M es, que no se nos olvide, unaarton4372-79c6a celebración que tiene su origen en las protestas de las mujeres trabajadoras que, desde mediados del XIX y con su incorporación al trabajo en fábricas, protagonizaron huelgas multitudinarias en Europa y Estados Unidos. Y que tampoco se nos olvide que la primera propuesta de celebración de un día internacional de la mujer la hizo Clara Zetkin durante la II Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas en 1910. Y que fue un 8 de marzo de 1917 cuando las mujeres rusas se sublevaron ante la escasez de alimentos y dieron paso a las revueltas que en octubre acabarían con el régimen zarista.

Así que lo que celebramos hoy —o por lo menos lo que yo celebro— es a la mujer trabajadora y lo hacemos —o por lo menos yo lo hago— desde el convencimiento de que el feminismo es una ideología y una práctica política que busca no sólo alcanzar los derechos que nos faltan para estar en igualdad de condiciones con los hombres (aquí habría que hablar de brecha salarial, techo salarial, falta de representación en instituciones, conciliación laboral, por supuesto violencia machista, etc), sino que busca transformar la sociedad desde sus estructuras más profundas. Reducir el feminismo a la lucha por beneficios individuales siempre ha llevado a su paralización como proyecto, hasta que las mujeres se dan cuenta de que todavía —sí, todavía— hay mucho por lo que luchar. Es el caso, por ejemplo, del sufragismo. Cuando las feministas de principios del siglo XX se centraron en la lucha por el sufragio, lo hicieron desde una concepción de la universalidad limitada al privilegio de la clase burguesa y blanca. Emma Goldman, la 200px-Portrait_Emma_Goldmananarquista feminista de origen lituano que residió la mayor parte de su vida en EE.UU., criticaba el sufragismo porque veía claramente sus limitaciones: el sufragio no incluía ni a las mujeres negras ni a las prostitutas, era un movimiento de mujeres en su mayoría burguesas que no tenían que preocuparse de otras injusticias inmediatas, como sufrir jornadas de 12 horas en regímenes de explotación inhumanos, sin derechos reproductivos y sometidas a instituciones opresivas: el Estado, la religión, la familia, el matrimonio. Para Goldman el sufragio mal llamado universal no era la prioridad, sino cambiar las estructuras sociales que causaban la pobreza radical, que condenaban a la mujer a la explotación sexual y laboral, que la hacían ignorante e incapaz de defender sus intereses y derechos. Y estaba convencida de que el derecho a votar no iba a suponer el triunfo del feminismo, sino la perpetuación de una sociedad radicalmente injusta. Y no estaba tan desencaminada. Lo mismo ha pasado con otras olas de feminismo posteriores, que se enfocaban exclusivamente en la consecución de derechos inmediatos o se contentaban con alcanzarlos, como en España el derecho al aborto o el divorcio. Una vez que se consiguen esos derechos —que, por supuesto, son triunfos indiscutibles— nos relajamos, pensando que el feminismo ya ha cumplido su función y que por tanto se convierte en una ideología obsoleta o innecesaria. Hasta que salta la liebre de nuevo. Ahora ha vuelto a saltar, en buena medida gracias al #MeToo y la visibilidad que ha dado al abuso y al acoso de la mujer, pero también por otros temas en los que el feminismo tiene mucho que aportar, como el de la gestación subrogada y la necesidad de cambiar la legislación sobre violencia machista.

Por eso hoy, Día Internacional de la Mujer, he querido volver a los orígenes difusos pero indiscutibles de esta celebración y recordar el espíritu que impulsó a mujeres como Zetkin o Goldman a luchar, desde una idea de sororidad universal, por un cambio radical y profundo de las estructuras sociales, mujeres que no se conformaron con la consecución de derechos individuales e inmediatos, sino que se atrevieron a imaginar un mundo de igualdad y justicia social.

 

Representar la ausencia

Este artículo fue publicado el 24 de febrero en El Correo, en papel. Lo reproduzco íntegro aquí, añadiendo, con permiso de Eduardo Nave, sus fotografías.

Como parte del ciclo “Luces en la memoria: Arte y conversaciones frente a la barbarie de ETA”, el Koldo Mitxelena Kulturunea de Donostia aloja estos días, comisariada por Fernando Golvano, una exposición de Eduardo Nave titulada “A la hora, en el lugar. 2008-2013”. Se trata de un conjunto de fotografías tomadas a la misma hora y en el mismo lugar en el que ETA había asesinado. La mayoría de las fotografías están sobriamente montadas sobre un soporte muy sencillo, con una luz cenital que las alumbra y que deja leer los textos periodísticos que las acompañan (titulares, transcripciones de noticias en la radio) y los datos concretos del asesinato: nombre de las víctimas, del lugar, fecha y hora. La sobriedad de la exposición acompaña sabiamente a la tragedia que se recuerda.

Tuve la oportunidad de ver la muestra el mismo día que participaba en un coloquio titulado “Relatos y reconocimientos en torno a las víctimas del terrorismo”. Para este coloquio había preparado un breve texto sobre la necesidad de realizar un duelo colectivo. Proponía que frente a los discursos de “superar” el pasado, nos atrevamos a reimaginar nuestra sociedad en base a la vulnerabilidad y la pérdida, en base a todo eso que hemos perdido como consecuencia de la violencia, empezando por reconocer nuestras pérdidas humanas. Este mes de febrero se han cumplido varios aniversarios importantes: Joseba Pagazaurtundua, Francisco Tomás y Valiente, Fernando Buesa, nombres que no se olvidan por la conmoción social que provocaron sus asesinatos. Pero hay otras víctimas que han pasado mucho más desapercibidas. En este trabajo que nos queda por hacer, lo que más nos cuesta es reconocer a las víctimas uniformadas, aquellas que nunca quisimos ver ni aceptar como parte de nuestra sociedad, en algunos casos ni siquiera como parte de nuestra humanidad. La mayoría son víctimas anónimas a las que no hemos puesto ni nombre ni rostro. Además de esas pérdidas irremediables, también perdimos a todos aquellos que tuvieron que dejar Euskadi por las amenazas que veían cumplidas en otros. Perdimos el espacio de lo público porque los más violentos se adueñaron de la calle (algunos recordarán aquellas concentraciones de Gesto por la paz en la que unos pocos se enfrentaban a insultos y amenazas de los “contramanifestantes”). También muchos perdimos la libertad y la capacidad de disentir (en el feminismo, en el ecologismo, en la insumisión): todas esas formas de rebeldía cooptadas por el aparato político de ETA, y en el caso de la juventud, por Jarrai. Sucumbimos a la inercia del que grita más alto y más fuerte. Y, aunque nos cueste aceptarlo, también perdimos la capacidad de empatía con aquellos que sufrieron otro tipo de violencia, como el terrorismo de Estado o el abuso policial. Esa pérdida también hay que incorporarla, aunque en el contexto de esta reflexión no dedique el espacio que merece.

Como consecuencia nos queda una incapacidad para reconocer que de esas vidas destruidas no son sólo responsables aquellos que apretaron el gatillo, aceptar que esas pérdidas son nuestras, colectivas. El trabajo de duelo significa asumir la pérdida y que la vida ya no es la misma; significa reimaginar nuestra narrativa vital en base a la incorporación de la pena y de la ausencia. A través del duelo se puede establecer un “nosotros”: cuando consideramos como parte de nuestra comunidad, de nuestra vida, a aquellos que han sido arrancados de ella por la violencia. Porque la pena nos vincula al otro, y nos vincula todavía más a aquello que hemos perdido, que está ausente porque ha desaparecido pero al mismo tiempo presente.

Ausencia y presencia, pérdida y duelo. Esto es, precisamente lo que subyace en la exposición “A la hora, en el lugar”. Las fotografías hacen visible la violencia a través de la reproducción del espacio donde se ejecutó. Es la evidencia de aquello que ha desaparecido —la vida humana arrebatada— y la constatación de que los lugares tienen memoria si les otorgamos la narrativa que los explican, que los dota de significado. Calles vacías, bancos desiertos, portales, entradas de garajes, encrucijadas, paisajes —como el bosque en el que encontraron a Miguel Ángel Blanco— en los que la maleza y la naturaleza, en los que la vida, al fin y al cabo, ha seguido su ritmo. Pero la fotografía, contextualizada por el ejercicio de memoria, nos devuelve otra realidad: la ausencia de los que murieron en esos enclaves es tan real como lo fue su muerte. Es una invitación a sentir la pérdida y a aceptar que estamos rodeados por los fantasmas de la violencia.

En el medio de la sala, un expositor en blanco salvo por esta leyenda: “10 de noviembre. El único día en el que ETA no ha cometido, en ningún año, ningún atentado con víctimas mortales”. Un solo día del calendario entre 1968 y 2011 en el que no hay una víctima que lamentar. Lo miro perpleja, lo fotografío. ¿Puede ser esto cierto?

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Fotografía tomada en la exposición, reproducida aquí con permiso del autor. Puedes consultar la página que Eduardo Nave dedica a esta obra aquí.