La verdad imaginada

Ainhoa está arrodillada, la ilumina una luz tenue, su cuerpo se retuerce, su espina dorsal se arquea, su voz se convierte en palabras inconexas. Ainhoa quiere articular una explicación, una justificación que haga más llevadera la tarea que sabe que tiene pendiente, pronunciar esa palabra que su tía quiso escuchar en vida y que nunca llegó: perdón. Está arrodillada ante su tía, ya muerta, que sujeta la urna de sus propias cenizas en la mano, pero el cuerpo de Ainhoa no tiene una actitud suplicante. Es puro dolor. Seguir leyendo

Por caridad

Hace unos días asistí en Madrid a la presentación de Silencio administrativo. La pobreza en el laberinto burocrático, de Sara Mesa (Anagrama). El libro es el relato del pulso con una Administración que pone todas las trabas posibles para que las personas en extrema necesidad no accedan a los recursos que supuestamente les corresponden; también es una reflexión sobre el impacto brutal de la pobreza en los individuos que la sufren y sobre las actitudes imperantes frente a ellos en nuestra sociedad. Seguir leyendo

¿Qué diría doña Emilia?

He leído recientemente los cuentos de Emilia Pardo Bazán recogidos en El encaje roto: Antología de cuentos de violencia contra las mujeres (editorial Contraseña). Leer a Pardo Bazán en el actual contexto de reimpulso feminista, agudizado por el peligro que corren nuestros derechos debido al auge de la ultraderecha, ha reafirmado mi admiración por su profunda comprensión de la situación de la mujer. Leer más

Un edificio poco edificante

En Presos contra Franco (Galaxia Gutenberg, 2019) Mario Martínez Zauner despliega una investigación en profundidad de la senda del militante antifranquista, desde la clandestinidad a la cárcel, pasando por el obligado periodo de detención y torturas en la Dirección General de Seguridad. Hablo en masculino porque, a pesar de que hay alguna mención a las mujeres antifranquistas, no aborda su análisis. He recordado otros testimonios como los de Juana Doña y Lidia Falcón, quienes también pasaron por la DGS y fueron allí salvajemente torturadas. Después de leer el libro me han entrado ganas de acercarme a las inmediaciones del edificio en el que se albergó este organismo del franquismo, dependiente del Ministerio de Gobernación y situado en la mismísima Puerta del Sol, kilómetro cero de España. Es uno de los edificios más conocidos del país, no tanto por esta historia o porque fuera Casa de Correos o ahora la sede de la Presidencia de la Comunidad de Madrid, sino por su campanario donde está (y ha estado siempre, también mientras era la DGS y se torturaba a los presos y presas en su sótano) el reloj que da las campanadas cada 31 de diciembre. Ese reloj. Ese edificio. Esa historia. Seguir leyendo

Ángeles de la revolución

Hubo un tiempo, allá por las primeras décadas del siglo XX, en el que se pensó que el arte podía transformar no sólo la percepción del mundo, sino la realidad en sí misma, y que los artistas, desde los acróbatas de circo a los novelistas, debían poner su talento al servicio de esa transformación. Seguir leyendo

Todas las cosas rotas

Leyendo la novela Fractura, de Andrés Neuman, encuentro una metáfora maravillosa. “Todas las cosas rotas (…) tienen algo en común. Una grieta las une a su pasado”, dice el narrador, y procede a explicar la técnica japonesa del kintsugi: “Cuando una cerámica se rompe, los artesanos del kintsugi insertan polvo de oro en cada grieta, subrayando la parte por donde se quebró. Las fracturas y su reparación quedan expuestas en vez de ocultas, y pasan a ocupar un lugar central en la historia del objeto. Poner de manifiesto esa memoria lo ennoblece. Aquello que ha sufrido daños y sobrevivido puede considerarse entonces más valioso, más bello”.

El kintsugi como metáfora que nos permite hablar del trauma (la quiebra de un objeto, pero también podría aplicarse a un sujeto, a una sociedad), de las posibilidades de su reparación, y, en definitiva, de la cicatriz como cura y memoria indeleble de la misma fractura que la provoca. Seguir leyendo

Derecho al dolor

Después de perder a su hija Sophie en 1920, Sigmund Freud matizó su teoría sobre el trabajo de duelo. Hasta el momento había sido inflexible en la diferenciación entre duelo y melancolía: el primero, forma “sana” de afrontar una pérdida; la segunda, declive patológico, resistencia a asumir esa pérdida y sustituir el objeto deseado por uno nuevo. En una carta a su amigo y colega Ludwig Binswanger, quien acababa también de perder a un hijo, Freud escribe: “Se sabe que el duelo agudo (…) hallará un final, pero que uno permanecerá inconsolable, sin hallar jamás un sustituto. Todo lo que tome ese lugar, aun ocupándolo enteramente, seguirá siendo siempre algo distinto. Es así, es la única forma de continuar con el amor que no se quiere abandonar”.

A veces, por amor, ni queremos ni podemos superar el dolor por la pérdida de un ser querido. A veces necesitamos encontrar un refugio donde cobijar ese dolor y protegerlo, darle el espacio que necesita. Seguir leyendo