La España que deseo

Hace aproximadamente un mes escribí este artículo para el número 53 en papel de La Marea, en el que se nos preguntaba sobre España, “¿A dónde vamos a llegar?”. La deriva de este mes ha sido hacia la catástrofe. La España que deseo está cada vez más lejos de la España posible.

Comparto hoy este artículo con tristeza.

¿Te interesa el diálogo? ¿Tienes vocación de Praxágora?

Comparto hoy la propuesta de las “Aristofánicas”, un grupo de mujeres del que formo parte. Si te interesa saber más sobre nosotras, picha aquí.

Queremos reflexionar sobre el poder y el mal gobierno, sobre el diálogo y sobre la empatía entre iguales a través de la lectura del texto teatral ‘Las asambleístas’. Ésta es la primera actividad que proponemos:

“Las asambleístas” o “La asamblea de mujeres” de Aristófanes es una comedia que se representó en torno al 392 a.C. en Atenas. Para entonces, Atenas ya había perdido mucho lustre y esa imagen que tenemos de filósofos declamando en el ágora y participando en la vida política de la ciudad se había estropeado bastante. Se dice que para aquella época, los políticos —¡horror!— cobraban por participar en la Asamblea Popular, donde se tomaban las decisiones que afectaban a la ciudad. Y que los políticos —¡terror!— eran personas corruptas al servicio de intereses privados.

Así que Aristófanes se inventó esta parodia de la clase política y puso como protagonistas a las mujeres. Praxágora y sus colegas deciden colarse en los órganos de poder de Atenas y proponer, disfrazadas de hombres, un cambio radical en la política, basado en la igualdad y el ejercicio de la democracia. Pero no nos engañemos. Aristófanes no fue, ni mucho menos, un protofeminista. Por el contrario, usó toda una serie de estereotipos y tópicos machistas como herramientas para parodiar la situación lamentable en la que se encontraba Atenas. No proponía una igualdad entre hombres y mujeres, tampoco una igualdad de clases, puesto que defendía la esclavitud.

Y sin embargo, nos interesa el espíritu aristofánico. Por eso queremos reescribir una “Asamblea de las mujeres” que reviente el discurso del poder desde nuestra concepción contemporánea de la democracia. Y así acabar con la política de confrontación que lleva al odio y a la división social y que desprecia el diálogo como fundamento de la buena política.

Por eso hacemos un llamamiento a las Praxágoras de este país:

  1. Convocad asambleas de personas que apoyen esta visión de la política en vuestras ciudades y pueblos en vuestras ciudades y pueblos
  2. Leed juntas y en voz alta el texto de Aristófanes (pdf descargable aquí)
  3. Comentadlo y apuntad ideas para transformarlo y que represente el espíritu de las nuevas aristofánicas
  4. Enviad vuestros comentarios a info@aristofanicas.com
  5. Nuestro grupo de escritoras recogerá vuestras ideas y las usará como inspiración para su ejercicio de reescritura

¡¡Disfrutad las asambleas, haceros fotos, grabad vídeos, compartidlo en las redes!! En Twitter @aristofanicas, #aristofàniques, #Nosotrasparlem

Medellín: El día después

Colegio Stella Vélez Londoño, Comuna 13, Medellín. El día despues

Hoy es 12 de septiembre. Son las 7 de la mañana. Estoy en Medellín. Llevo despierta desde las 3, más o menos. La tercera noche que no consigo dormir. El insomnio de las dos primeras se lo debo al cambio de hora, a la extrañeza de la cama y la habitación de hotel, a los nervios acumulados del inicio de la promoción. El de la tercera creo se lo debo a los jóvenes de la Institución de Enseñanza Stella Vélez Londoño, Comuna 13. Pasé con ellos unas pocas horas de la mañana de ayer y, desde que atravesé la puerta de salida, no me los quito de la cabeza.

El colegio es un edificio de ladrillo, como muchos de las comunas, y está situado en lo alto de una loma. Nada más bajar del coche veo un cartel: “Bienvenida Edurne Portela” y debajo del cartel, caritas adolescentes que sonríen. Me recibe el coordinador del colegio, Mauro Sosa, también con una sonrisa, con palabras de agradecimiento. Iniciamos la visita junto con Ruth y Pedro, otros dos profesores del colegio.

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Las vistas son espectaculares: las casitas de ladrillo construidas en terraza se van fundiendo en el verde salvaje de la montaña. Apenas se oye un ruido, salvo el motor de un coche lejano, un chirrido de un pájaro que no conozco, un gallo y sí, el barullo de voces infantiles que sale de algún aula. Recorro el edificio con Ruth, Mauro y Pedro mientras observamos y comentamos los dibujos que los estudiantes, entre 14 y 18 años, han hecho en respuesta a mi libro El eco de los disparos. Algunos son muy literales: dibujan el anagrama de ETA, o pistolas disparando. Otros tienen una profundidad interpretativa que me sorprende y me conmueve al mismo tiempo: una pistola disparando a una mano rota al intentar detener el disparo, un rostro de mujer con la palabra ETA tapándole los labios, un grito desgarrado y una cita mía sobre el silencio.

Entro con Ruth en una clase de niños de unos diez u once años (no estoy segura). Me presenta y de repente se levantan todos de sus asientos y me rodean. Ruth, que ha hecho una magnífica labor de preparación con los mayores, también ha hablado a los más jóvenes de mí. El griterío es tremendo y y no sé qué hacer. No se me dan bien los niños. Ruth me dice que les hable. Me quedo un momento en blanco hasta que les comienzo a preguntar por la clase que acabo de interrumpir. Todos hablan a la vez. Me llama la atención una muchachita de grandes gafas, que dice el título de mi libro con una seguridad pasmosa. Me mira y me sonríe. Me encanta.

Los profesores me explican que llevan 11 años trabajando en este centro y que, en los años más violentos, intentaron desarrollar actividades extraescolares para que los niños no tuvieran demasiado tiempo libre en las calles, en sus casas. “Cuando llegaba las seis de la tarde”, me dice Ruth, “teníamos que animarlos a salir”. Y a ir corriendo a sus casas. A pesar de que ya se han superado los peores años de la violencia, todavía muchos de los estudiantes tienen miembros de sus familias metidos en bandas que se disputan el territorio. Me cuentan cómo los chavales han leído El eco y se lo han apropiado para trabajar sus propias vivencias. Yo insisto, me cuesta creerlo, “¿pero de verdad que se lo han leído?” Ruth sonríe y me dice que me tienen preparadas muchas sorpresas. Yo contemplo los dibujos y pienso ¿qué más me pueden regalar?

Entramos en un salón a rebosar de adolescentes sentados en el suelo. Siento un poco de pánico y me sonrojo cuando empiezan a aplaudir como si fuera una estrella de rock. Me siento impostora. ¿Qué les puedo contar yo que les sirva de algo? Pero hablo, les doy las gracias por adoptarme, les cuento lo impresionada que estoy con sus interpretaciones artísticas, con su talento. Un muchacho (no diré nombres) comienza a tocar el violín. Callamos todos. Toca muy bien, pero está nervioso y a veces comete algún fallo, tuerce el gesto, sus compañeros se ríen un poquito, con cariño. El violín suena delicioso en esa sala atiborrada de hormonas adolescentes y uniformes. Acaba la pieza. Aplaudimos con alegría. Otro muchacho toma la palabra. Me dice que va a leer un texto sobre su familia, asesinada hace años. No dice cuántos. No dice cómo. No dice quiénes. Este chico, pienso, es un gran escritor: todo el dolor está contenido en su breve texto. Está ahí y me llega, nos llega. Igual porque no me explica nada (qué sabras tú, extranjera), me lo está diciendo todo. No quiero dar un espectáculo, así que me contengo. No sé si abrazarlo cuando acaba. No me acuerdo si acabo abrazándolo o si le aplaudo y doy las gracias. Mauro toma la palabra. Sabe cómo gestionar la intensidad del momento. Anuncia que un profesor va a hacer una muestra de baile. Me imagino que el hombre que se mueve delante de mí como un auténtico profesional es eso, un profesor de baile. Cuando acaba y aplaudo atónita ante tanto talento me dicen que es el profe de matemáticas.

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Sale un grupo de muchachas absolutamente bellas, con trajes tradicionales. Se mueven con una gracia tremenda, haciendo volar sus faldas. Una de la más chiquititas me mira de vez en cuando, me sonríe tímida. De vez en cuando aplaudimos todos hasta que, de repente, una de ellas se desploma. Por unos segundos no sé si es parte del baile, los demás profesores tampoco. Pero enseguida nos levantamos, la recogemos, le damos un poquito de agua. Los nervios, pobre, el calor, las vueltas del baile. Más tarde, cuando salga del colegio, me daré cuenta de que no he preguntado por ella. Mierda.

Llega el turno de preguntas que han preparado los estudiantes. La mayoría de ellas tienen que ver con el silencio y la complicidad. Es curioso. Salvo los dibujos explícitos, con pistolas o el anagrama de ETA, también abundan los que tienen que ver con el silencio. Han crecido en él, supongo, y ahora se rebelan y lo señalan.

Una muchacha me pregunta si siempre que guardamos silencio somos culpables. Yo intuyo que me lo pregunta desde la herida personal. Tendrá unos 16 años. En mi respuesta insisto que a la víctima no se le puede pedir nada, ni que calle ni que hable, que cuando yo escribo sobre el silencio cómplice jamás me refiero a los familiares de víctimas, traumatizados por la violencia. Les digo lo que ya saben: que algunos encuentran las herramientas para denunciar, para hablar, pero que otros no lo consiguen. Que la complicidad de la que yo hablo es la de aquél que observa una injusticia que no le toca directamente y decide darle la espalda. Como si alguien que vive en Poblado, le digo, sabe lo que pasa en la Comuna 13 y prefiere ignorarlo. Mi respuesta parece tranquilizarla. Y pienso: cuánta culpa heredada cargarán algunas de estas muchachas, cómo se entenderán a sí mismas en relación a los pecados de sus mayores. Me gustaría saberlo pero, ¿cómo se pregunta eso? Otra muchacha, no sin cierto descaro, me pregunta que por qué esperé tanto a escribir ese libro si es que pensaba que era tan importante hablar de la violencia. Sus compañeros emiten un “ooooohhhh” “aaaaahhhh” colectivo que refuerza el reto de la pregunta. Me gusta su actitud y yo, bastante torpemente, intento explicar mi proceso. No sé si me hago entender. Ella, educadamente, me dice que sí. Un muchacho me dice que qué hay que hacer para ser escritor. A él seguro que le decepciona mi respuesta: escribir. Otro me hace la gran pregunta filosófica: si la violencia se lleva en el ADN o si depende de la sociedad, que si estoy de acuerdo con eso que dicen de Colombia, que la violencia aquí es inevitable. Hablamos, sin nombrarlos, de Rousseau y de Hobbes, pero me apetece recordarles que lo mismo que hay hombres que decapitan, torturan, masacran, violan, también los hay (o las hay, debería decir, porque como ha escrito Ander Izagirre aquí, la mayoría son mujeres) que trabajan desde el amor y la solidaridad, intentado reparar toda esa crueldad. Que somos capaces de lo mejor y de lo peor. Les miro y veo en ellos lo mejor.

Estoy sudando a mares. Cansada, pero no quiero que la conversación acabe. Me da la sensación, en cada respuesta, que les tendría que decir algo más inteligente, más útil, menos tópico. Pero la profesora Ruth se levanta y me dice que quedan más sorpresas. La siguiente es un texto de una muchacha a la que le tiembla la voz al leer. Me dice que ha escrito el texto como respuesta al mío, un texto que plantea la imposibilidad de entender por qué sus tíos, a los que adora, se han convertido en sicarios. Un texto que muestra el dolor y la rabia de saber que estarán muertos antes de que ella acabe de crecer o en la cárcel, de sentirse parte de una familia en la que algunos de sus miembros deciden vivir matando. Le cuesta acabar de leer. Acaba, me mira, se acerca, sonríe tímidamente, la abrazo. Como su compañero que inició la celebración, ella muestra un gran talento para la escritura. Sigue escribiendo, le digo. Ojalá me haga caso.

retratoPara rematar, me entregan un retrato maravilloso hecho por una estudiante. Está basado en una foto mía en la que yo me veo horrorosa, pero esta chica ha sacado una belleza que en la foto no está. Lo miro, la miro a ella, no sé cómo darle las gracias. Me entregan un ramo de flores con un bello texto de agradecimiento, una taza del colegio con una frase que sólo ahora descubro: “Solamente un ser sensible borra pasados desagradables y escribe futuros nuevos y hermosos”. ¿Seré yo ese ser sensible? Me dan un ramo de flores. Yo ya no sé qué hacer: tiemblo, balbuceo. Les doy las gracias como puedo. Lo único que tengo para ofrecerles es un ejemplar de Mejor la ausencia dedicado para el colegio. Pienso “qué mezquina, debería haber traído más, por lo menos uno para cada profesor”. Les pregunto si sólo me quieren adoptar por un día. Responden al unísono “nooooo, para siempreeeee”. Luego las fotos, las risas, los autógrafos en libretas y en los libros de los maestros.

Charlamos un ratito tranquilos en la pequeña sala de profesores, mientras me agasajan con almuerzo de frutas, jugo y un creppe que me sabe delicioso. Hablamos de continuar la adopción, de posibles conversaciones por Skype, actividades a larga distancia. Ruth, aquí está por escrito, no se olviden de que es para siempre.

La estudiante Alaska Young, que tiene ya este pseudónimo tan sonoro y que sueña con ser escritora, me entrevista para la revista digital del colegio que están montando los estudiantes. Después de preguntarme sobre el libro, me pide que le cuente algo sobre mí que no se encuentre en las redes o en mi biografía oficial. Le cuento un secreto que no voy a desvelar aquí porque ella tiene la exclusiva. Me da pena no poder hablar más con ella, pero la pobre María Alejandra, que es la joven universitaria que me ha acompañado en la visita, va a perder sus clases de alemán. Hemos estado en el colegio una hora más de lo previsto. Me regala, María Alejandra, una preciosa conversación sobre su tierra y sobre El Carmen, sobre toda la belleza y el sufrimiento que alberga esa región.

Antes de conocer a estos muchachos y profesores intuía que yo iba a aprender más de ellos que ellos de mí. Ahora tengo la absoluta certeza de que ha sido así.

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Hoy empieza la juerga

Hoy sale mi novela Mejor la ausencia y empieza fuerte la promoción. Durante los próximos dos o tres meses posiblemente encuentre menos tiempo para escribir artículos de opinión y reseñas, pero compartiré con vosotros las entrevistas que crea que os pueden interesar.

También os iré contando alguna anécdota sobre la promoción. El sábado me voy a Medellín, Colombia. Hace un par de días me enteré de que el colegio Stella Vélez Londoño, de la Comuna 13 de Medellín, ha adoptado “El eco de los disparos” y a mí como autora. Esto significa que unos 120 estudiantes entre 14 y 18 años han leído fragmentos de mi obra y los han trabajado, contrastándolos con la realidad de su comunidad, que ha sido golpeada por una violencia que nosotros somos incapaces de imaginar.

Pasaré dos horas con ellos, durante las cuales los estudiantes me contarán experiencias de su vida en relación con el texto y me harán preguntas. También compartirán conmigo escritos y otras formas de arte con las que responden a sus propias vivencias de violencia.

Tengo la sensación de que voy a aprender mucho más yo de ellos que ellos de mí. Ya os contaré.

Hoy os dejo con esta entrevista para El Español. Me la hizo Peio Riaño.

 

Civilización o barbarie

Escribí este artículo, que salió ayer publicado en El Correo, animada por las llamadas al odio (y a la Reconquista, y a la salvación de occidente) a raíz de los atentados de Barcelona. Hay gente que me dice que lo defienden es que sus hijas no acaben con burka. Me parece muy bien, pero hay que plantearse qué oponemos como modelo de civilización … creo yo.

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[Imagen tomada del blog de Iñigo Sáenz de Ugarte]

Abrace a un turista, deje morir a un inmigrante

Publiqué este artículo en El Correo/Diario Vasco el domingo 13 de agosto. Lo reproduzco aquí íntegro, añadiendo enlaces a las referencias.

Abrace a un turista, deje morir a un inmigrante

Mientras hombres, mujeres y niños mueren ahogados o abandonados a su suerte en el Mediterráneo, a algunos de nuestros políticos y medios de comunicación se les llena la boca con la palabra “turismofobia”. En poco más de una semana los periódicos, las televisiones y las redes sociales se han plagado de debates sobre el turismo y esta nueva forma de “comportamientos radicales” que algunos (léase políticos de Ciudadanos y el PP y medios afines o ni siquiera tanto) han llegado a llamar “kale borroka”.

Y sí, es importante hablar del problema del turismo porque algunas ciudades se nos están yendo al carajo; porque, como han explicado muy bien varios periodistas estos últimos días, el cacareo en contra de la “turismofobia” en realidad pretende esconder aquello que es mejor no ver: que por cada 143 euros que se gasta un turista, el gasto (sobre todo medioambiental) que supone su estancia en España es mucho mayor (fuente: “No todo vale por 143 euros” de José Luis Gallego en eldiario.es), que deberíamos estar hablando de las injusticias que se esconden detrás no de la “turismofobia” sino de lo que claramente se está convirtiendo en el “síndrome de Venecia” (fuente: “La turistificación” de Antonio Maestre en La Marea), que deberíamos hablar de “viviendafobia” o de las personas que, como los policías y médicos de Ibiza, han sido expulsadas de sus viviendas por el desorbitante incremento de precios (fuente: “Los ciudadanos españoles como figurantes de un parque temático turístico” de Iñigo Sáenz de Ugarte en eldiario.es). Esta información es esencial para poner el debate en su sitio y señalar que los que centran la discusión en las actuaciones de unos cuantos aventados están desviando la atención de los verdaderos problemas.

Además, habría que preguntarse en este contexto en el que se criminaliza al punto de llamar “kale borroka” a las protestas anti-turísticas, qué tiene que decir el Ministro de Interior Juan Ignacio Zoido sobre las actuaciones violentas de la policía en la madrugada del 8 de agosto, cuando un agente se rompió la tibia y el peroné mientras pateaba a un inmigrante. O de las condiciones inhumanas en las que viven los detenidos en los CIE (Centros de Internamiento de Extranjeros) custodiados por la Policía Nacional. O cuántos de los más de 500 casos de incidentes racistas ocurridos en 2016 se han perseguido y juzgado como crímenes (fuente: “500 incidentes racistas” de Nicolás Castellano en cadenaser.com). Y pensarán que qué tienen que ver los inmigrantes con los turistas. En teoría, para el Ministro Zoido no son tan diferentes. Recordemos sus declaraciones de principios del verano sobre los refugiados: “no es nuestra responsabilidad que decidan huir de su país“. Claro, es que uno decide huir y elegir destino como cuando se va de vacaciones. Los refugiados deciden huir y acaban como acaban. Pues que se hubieran quedado en sus casas, ¿no? No es responsabilidad del Ministro Zoido que se metan en esas pateras de mierda y decidan morirse en el mar. Tampoco lo es de la Unión Europea, claro.

Pero sí lo es. Amnistía Internacional lo denunció hace poco: “La UE está permitiendo que los guardacostas libios devuelvan a personas refugiadas y migrantes a un país donde la detención ilegítima, la tortura y las violaciones son la norma. La Unión está aumentando la capacidad de los guardacostas libios al mismo tiempo que cierra los ojos ante los graves riesgos inherentes de esta cooperación. (Fuente: Amnistía Internacional). Asimismo, la ONG Proactiva Open Arms denuncia, casi a diario, que sus barcos sufren amenazas de los guardacostas libios, financiados por Italia y la UE. Y que ambos están haciendo campaña para limitar el trabajo de ONGs como Open Arms, difundiendo información difamatoria sobre ellos. La misma campaña que ha defendido el Ministro Zoido con vehemencia. Esta ONG también ha denunciado que el barco C-Star, fletado por organizaciones de extrema derecha (“Defend Europe”), les está amenazando para que dejen de rescatar personas a la deriva. Y no sólo eso: interceptan a los migrantes y les devuelven a manos de los libios, a sabiendas que en sus centros de detención se están cometiendo terribles violaciones de derechos humanos. En sólo el mes de julio uno de los barcos de Open Arms en el Mediterráneo ha rescatado a casi 400 personas que, de otra manera, hubieran muerto.

Algunos políticos nos dicen que abracemos el turismo, que no demos rienda a actitudes xenófobas, que seamos hospitalarios. ¿Dónde hay más xenofobia, en pinchar las ruedas de un autobús turístico o en cerrar los ojos ante las muertes de miles de extranjeros en nuestras costas? Porque esos que nos invitan a abrazar al turista son los mismos que justifican acciones como los asesinatos de 15 inmigrantes en el Tarajal (recuerdo: causa archivada), los que llevan, desde que comenzó la crisis de los refugiados, cerrando las puertas de este país a miles de personas que, simple y llanamente, están muriendo.