El acoso y una de ninjas

Este artículo ha sido publicado en El Correo el 22 de enero de 2017. No añade nada nuevo a la polémica —de la que ya se ha escrito mucho— sobre #Metoo y las francesas más que una anécdota personal e ilustrativa. Pero esta anécdota muestra —o así lo creo yo— que denunciar el acoso no es sinónimo de victimismo. Y que se puede ser víctima de un acoso y al mismo tiempo enfrentarse a él con todas las armas que una tiene a mano. Incluso los puños. Muestra que defender tu propio cuerpo de lo que consideras una agresión es un derecho fundamental y nada tiene que ver con el puritanismo.

Cuanto tenía 17 años me peleé con un armario de más de dos metros en un bar. En aquella época no había botellón y la marcha consistía en ir de bar en bar, bebiendo y bailando, fumando un poco de todo, observando de lejos a tus fichajes favoritos. Siempre había algún baboso que… seguir leyendo

La coartada de los hipócritas

Dejemos el escándalo para los moralistas trasnochados. Ha llegado el tiempo de la exigencia y de la acción.

Hace poco El Correo me invitó a hacer una reflexión sobre las reacciones de estos últimos meses a la avalancha de denuncias por acoso sexual, los alegatos de los abogados defensores de ‘La Manada’ y la denuncia de una adolescente de 15 años de haber sido violada por tres jugadores de fútbol. Me preguntaban si, ante el fuerte rechazo que hemos visto —sobre todo en las redes sociales—, podría ser esto el inicio de un gran cambio. Respondí con cierto escepticismo. Elaboro ahora esa respuesta algo apresurada y la actualizo al hilo de lo ocurrido en Los Globos de Oro con la protesta de las actrices y algunos actores, que vistieron de negro contra el acoso.

Mis dudas sobre la posibilidad de una transformación real radican en la posibilidad de que todo este furor se desinfle ante la magnitud del cambio necesario y que el movimiento de repulsa no se transforme en acción política. La reacción en las redes sociales ha sido la creación de movimientos de solidaridad y denuncia, como el #YoTeCreo, #MeToo, #NiUnaMás, etc. Estos espacios virtuales se han convertido en una comunidad afectiva donde encontrar testimonios que corroboran la ubicuidad del abuso, un archivo creciente de denuncias y una red de solidaridad que puede facilitar movilizaciones y acciones futuras. A estos esfuerzos para visibilizar la violencia machista y el abuso sexual se han sumado mujeres y hombres, demostrando que, desde un feminismo plural y distintos grados de militancia, una parte de la sociedad ha dado un gran paso: reconocer que este problema no pertenece el ámbito de lo privado (no son, como diría alguno, acciones de sádicos aislados), sino que es un problema que se genera y se reproduce dentro de un sistema patriarcal que, por serlo, es fallido. Falla nuestra educación. Fallan nuestras instituciones públicas. Falla la misma ley que rige tanto nuestras vidas privadas como las políticas ciudadanas.

En contraste con estas iniciativas que exponen sin tapujos la necesidad de un cambio radical en la educación y las instituciones para conseguir una verdadera igualdad entre hombres y mujeres, en los últimos meses algunos medios de comunicación han expuesto la parte más escabrosa de estos sucesos, explotando comercialmente el escándalo. Según el periódico ABC, la audiencia de los programas televisivos matinales en los que se ha seguido con detalle y buena dosis de tertulianos el juicio a “La Manada” ha aumentado significativamente. El escándalo provoca ruido, aspaviento, indignación. Invita a contemplar, desde la comodidad del sofá, el horror o la injusticia como si todo eso no fuera responsabilidad propia, como si las acciones de “La Manada”, las denuncias de las actrices de Hollywood contra Harvey Weinstein, o el relato de abuso de Leticia Dolera, fueran sucesos ajenos a lo que pasa cada día en nuestros barrios, nuestros trabajos, nuestras escuelas, detrás de los muros de nuestros hogares. El escándalo es la coartada de los hipócritas. Porque, ¿cuántas veces, entre risas, se dice que una mujer ha llegado a un puesto de poder porque se ha arrodillado muchas veces, y no precisamente para rezar?, ¿cuántas eso de que “si no quieren que las violen, que no se vistan como putas”?, ¿cuántas el chiste zafio de “cuando dicen no, realmente están diciendo que sí”? Nos echamos las manos a la cabeza ante hechos que repetidos ad nauseam se han convertido en parte de nuestro “acervo popular”. Escandalizarse ya no cuela. Lo que mantiene a una mayoría pegada a las televisiones mientras destripan la vida de una víctima es puro morbo. Tal vez algunos se indignarán sinceramente, pero la indignación —lo hemos comprobado ya demasiadas veces— tiene poca mecha. Es el estallido necesario, pero los que se mantienen en la lucha son los que transforman su indignación en acción.

Así que, si queremos intervenir en la transformación de la vida política e institucional, si queremos imaginar un futuro de igualdad real, no nos podemos dejar engatusar por el espejismo del escándalo. Los medios de comunicación deben asumir que ellos también son parte del problema, que siguen “educando” a la ciudadanía en la aceptación del patriarcado como único sistema ideológico, político y social posible y que presentan esos sucesos como eventos extraordinarios cuando, por desgracia, no lo son. Y con todo esto perpetúan el abuso y la violencia contra la mujer. Dejemos el escándalo para los moralistas trasnochados. Ha llegado el tiempo de la exigencia y de la acción: revisión total de nuestro sistema educativo empezando por la educación sexual; compromiso por parte del Estado de destinar más presupuesto para luchar contra la violencia machista; revisión de las leyes de maltrato, y un largo etcétera. Necesitaríamos un Pacto de Estado para una reforma constitucional en la que se establecieran claramente derechos fundamentales de la mujer (a una vida sin violencia machista, a derechos sexuales y reproductivos, a la conciliación, a la participación en paridad en instituciones, etc.). En definitiva, un cambio político e institucional desde una óptica feminista, que es la única posible si realmente creemos en la igualdad entre hombres y mujeres.

Este artículo se publicó el 9 de enero en El Correo (On+ y en papel) y en El Diario Vaco.

 

 

 

La banda sonora es Eskorbuto o no es

Anoche en el telediario de la TVE pusieron esta mini entrevista. Me encantan las imágenes y la música elegida. El único problema es que confunden a Eskorbuto con Kortatu. Así que si Mejor la ausencia tiene una banda sonora, que sepáis que es Eskorbuto.

http://www.rtve.es/alacarta/videos/telediario/edurne-portela-da-salto-novela/4326569

Igual algunos recuerdan este artículo que escribí sobre Eskorbuto hace un tiempito. Defender su singularidad es un acto político.

NB: TVE subió también la entrevista más completa. Si te interesa, está aquí

Vivir entre trincheras

Publiqué este artículo hace unos días en El Correo, edición en papel. Es una reflexión (de 5.000 caracteres y por tanto limitada) sobre lo que considero un devenir regresivo de nuestra democracia.

Desde que entramos en la vorágine de despropósitos que ha caracterizado la vida política de los últimos meses, vivo en estado de estupor, perpleja, día tras día, ante el deterioro veloz de nociones fundamentales del quehacer político democrático, como el diálogo, el respeto a la ciudadanía, la visión de futuro, la posibilidad de transformación a través de los mecanismos de la democracia y la participación ciudadana, la posibilidad también de valorar la justicia y la igualdad por encima de la legalidad vigente. Todas estas cosas que hacen de la política un servicio a la ciudadanía han desaparecido por completo del panorama. El inmovilismo y la actitud revanchista y punitiva del gobierno español ha encontrado en el mesianismo del Govern una pareja de baile perfecta. La política muere cuando se movilizan los afectos colectivos, cuando se apela a la identidad y el sentimiento para que los pueblos apoyen medidas que, sin la pasión y la razón contaminada por afectos excesivos, serían mucho más difíciles de justificar. El vocabulario político de los dos gobiernos y de los que apoyan sus medidas se ha llenado de palabras que yo creía obsoletas (traición, sedición, patria) y que los medios de comunicación reproducen sin pararse a pensar cómo está cambiando el lenguaje político y cómo afecta esto a nuestra comprensión de la democracia. Cualquier intento de reflexión profunda choca contra el muro de la valoración política inmediata. Posicionarte, cada día, a favor o en contra de la siguiente medida que se tome por parte de unos u otros impide una visión de conjunto a no ser que esa visión sea absolutamente inamovible: soberanía española o independencia catalana, por encima de todas las cosas.

Estamos inmersos en un ruido excesivo, profusión de opiniones, información, valoraciones políticas, en las que los matices se van perdiendo y las trincheras crecen en profundidad y en alambre de espino. Muchos medios de comunicación participan, reproducen e incluso provocan que la polarización política y social siga aumentando. El periodismo es un arma de intervención pública y política, para bien y para mal. A estas alturas, es imposible negar que los grandes grupos de comunicación responden a intereses políticos y que intentan implantar una interpretación del conflicto político unilateral y unívoca que responde a esos intereses. Algunos periódicos, como han reflejado sus editoriales, han estado al servicio de los intereses del pacto PP-Ciudadanos-PSOE para aplicar el 155, incluyendo, en sus primeros momentos, la intervención de los medios de comunicación catalanes. El intento de intervención de TV3 desde un gobierno que ha manipulado todo lo que ha podido los medios públicos y que incluso ha interferido en decisiones cruciales de medios privados (léase, El País) es, cuanto menos, un despropósito hipócrita. Y a pesar de que algunos defienden que nuestra democracia funciona de maravilla y muestran incluso indicadores de que así es, algunos hechos demuestran precisamente lo contrario. El director del Jueves está imputado por “insinuar” injurias a la policía nacional. Me pregunto qué medidas se tomarán contra los policías que, de uniforme y de servicio, hacen bromas homofóbicas sobre el futuro de Junqueras en prisión. Muchos seguro que rieron las gracias de los dos agentes de policía, o les pareció estupendo ese cartel que su sindicato subió a las redes sociales, en las que aparecían tachados en rojo los detenidos del Govern como si fueran los terroristas más buscados, con alguno más pendiente por tachar. Para ellos parece que Twitter es libre, mientras que otros van a la cárcel por un chiste hecho hace años. Y a todo esto, los jóvenes de Alsasua llevan en prisión preventiva trescientos cincuenta y tantos días y la Fiscalía pide una condena de cincuenta años por cabeza. Está por ver cómo acaba la imputación de los nazis de Valencia, responsables de destrozos similares a los de cualquier día de kale borroka y de propinar palizas a varias personas en base a su ideología política.

Hace, pongamos, diez años, cuando la Audiencia Nacional tenía otros asuntos de los que ocuparse (léase ETA) o la idea del referéndum catalán no estaba sobre la mesa, las cargas policiales del 1-O, el intento de intervención de medios de comunicación autonómicos, el encarcelamiento de políticos, tuiteros, humoristas o raperos, nos habrían parecido una aberración y un atentado contra nuestra libertad de expresión y nuestra democracia.

En el último artículo que escribí para este periódico, a raíz del “tirar a matar” de los Mossos que “abatieron” a los yihadistas del atentado de Barcelona, preguntaba hasta qué punto estamos dispuestos a apoyar, sin cuestionar, la actuación de las fuerzas del orden para defendernos de la amenaza terrorista. Ahora pregunto: hasta qué punto vamos a permitir que el Estado y la judicatura que tiene a su servicio mermen nuestras libertades (de todos, no sólo los catalanes) en nombre de la soberanía y de la unidad nacional. Si se paran a reflexionar un poquito, verán que las dos preguntas están bastante relacionadas.