Eskorbuto: Al margen de la margen (izquierda)

Este artículo ha salido publicado en el número 48 de Territorios de El Correo, el 11 de marzo de 2017.

De un tiempo a esta parte se viene debatiendo sobre la Cultura de la Transición, estudiándose manifestaciones culturales que hasta hace poco no habían tenido cabida en el discurso hegemónico que se ha centrado sobre todo en la llamada “movida madrileña”. Pensando en mis recuerdos de esos años (nací en Santurce en 1974) y en qué tipo de manifestación cultural marginal se producía por estas tierras, me viene el recuerdo del grupo punk Eskorbuto (igual algún lector o lectora ya estará tarareando “mucha policía, poca diversión” o “no nos quedan más cojones, Eskorbuto a las elecciones“).

La memoria afectiva de la gente de mi generación o que pasó su niñez y adolescencia en la Margen Izquierda del Nervión durante los años 80 tiene poco que ver con los avatares de la movida madrileña, con la ligereza y frivolidad de los leotardos rosas, los pelos cardados y las primeras películas de Almodóvar. De nuestros pueblos devastados por el paro y la altos hornoscontaminación salían fenómenos mucho más ácidos, como Eskorbuto, que se creó en 1980. Eskorbuto estaba formado por tres chavales de Santurce (Josu, Juanma y Paco), hijos de obreros inmigrantes. Con canciones como “Mucha policía, poca diversión” o “Cerebros destruidos“, Eskorbuto puso letra y música al desarraigo, a la rabia, a la impotencia ante un mundo que no les daba ninguna visión esperanzadora ni de sí mismos ni de su futuro. Eskorbuto es la banda sonora de la dureza y la desolación de nuestros pueblos, de la progresiva desindustrialización, de la violencia estructural de la pobreza y la desposesión. Cualquier persona que conozca esta historia y busque en su recuerdo, reconocerá en la canción “Ratas en Bizkaia” nuestro paisaje. La canción parte del famoso “Desde Santurce a Bilbao” para después describir esa nube sucia de Altos Hornos que nos cubrió durante décadas, los excrementos que flotaban en la ría, el olor insoportable que surgía del agua, la lucha por la subsistencia de gran parte de la población de su orilla izquierda (la derecha —la margen derecha, digo— tiene otra historia). Juanma (vocalista principal y bajo) dice en un documental inédito de la ETB que se puede encontrar en youtube: “descendemos de emigrantes, pero tampoco se trata de eso, se trata de dónde nos hemos criado, que es la margen izquierda. Si nos hubiéramos criado en la margen derecha no tendríamos a Eskorbuto, tendríamos un grupo en plan Mecano”. Sus canciones criticaban el sistema radicalmente, es decir, atacaban a la raíz del problema: la desigualdad social, la falta de oportunidades de la juventud, la corrupción política.

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Ahora es frecuente meter en el saco del “rock radical vasco” a Eskorbuto, pero ellos nunca quisieron tener nada que ver con esa etiqueta que era, además de comercial, política. “El rock radikal está de moda”, dice Josu en una entrevista a El País en 1986 (titulada significativamente “El ‘rock’ es más duro en el Norte”). Y añade: “Muchos grupos se han apuntado a esto, y escucharles da vergüenza ajena. Todos están con Herri Batasuna. A nosotros nos va mal por ser como somos”. En más de una ocasión dijeron que el rock no tiene patria, ni siquiera la vasca. Su irreverencia ante el nacionalismo les llevó al punto de afirmar que en Euskadi había fachas, pero nacionalistas. No por nada escribieron una canción como “A la mierda el País Vasco“. Eskorbuto no se casaba con nadie, aunque para muchos, todo hay que decirlo, Eskorbuto no era un buen partido.

eskorbuto1Josu y Juanma murieron en 1992 por enfermedades provocadas por el consumo de heroína. En una entrevista que se puede encontrar también en youtube, Josu habla de su adicción, que empezó con 19 o 20 años. Cuenta que al principio le parecía que era la forma de protestar contra la sociedad, pero que después se dio cuenta del error. Demasiado tarde. Su testimonio es el de toda una generación que sucumbió a la heroína bien como escape al desarraigo o como forma de rebeldía contestataria.

¿Por qué me parece que la historia de Eskorbuto es digna de recordar? ¿Tiene alguna trascendencia en nuestro presente? Eskorbuto representa un tipo de rebeldía que dice mucho de lo que se vivió aquí y en otros lugares deprimidos de la geografía vasca. Eskorbuto fueron marginales entonces y lo siguen siendo ahora, y desde su marginalidad nos enseñan varios de los lados oscuros de nuestra historia. Los profundos problemas sociales y económicos de la margen izquierda crearon para la juventud pocas alternativas. Dos de ellas tuvieron particular fuerza: verter la rabia en un proyecto político que la canalizara, o explorar el nihilismo y la autodestrucción. El fenómeno “martxa eta borroka” donde se inscribió la etiqueta del “rock radical vasco” con grupos como Kortatu o La Polla Récords fue sin duda parte de lo primero: una estrategia de la izquierda abertzale para aglutinar a la juventud rebelde, la misma estrategia que fagocitó al movimiento de insumisión, al feminismo, al ecologismo y otros movimientos contestatarios. Eskorbuto tomó la segunda vía: fueron nuestros nihilistas locales, los que se posicionaron frente a todo y contra todo, los que supieron comunicar, con la más absoluta ferocidad, todo lo que aquí había de sucio: desde los excrementos flotantes de la ría hasta la explotación de los más vulnerables, pasando por esa manipulación política de la juventud que ellos supieron ver tan claramente. Una actitud nada despreciable.

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Clemente Bernad: mirar desde otro lado

Esta entrevista con el fotoperiodista Clemente Bernad es continuación de aquella que aparece en El eco de los disparos. Ha sido publicada en el número 46 de La marea (impreso) y ahora está accesible en su web.

“ETA y la izquierda abertzale han desarrollado una especie de opacidad. Y no hay nada más antiperiodístico que eso, que fotografías hechas en la Audiencia Nacional”, reflexiona en esta entrevista el fotoperiodista Clemente Bernad, autor de la serie ‘Basque Chronicles’. Sigue leyendo

Entrevista en Letras Libres

Comparto hoy esta entrevista con Daniel Gascón en la revista Letras Libres. Forma parte de un número especial, del mes de febrero, titulado “Memoria del Terror”. Lo recomiendo.

“El terrorismo de ETA ha marcado la realidad y ha contaminado el lenguaje. También ha tenido un reflejo en la literatura y en el cine. Aramburu y Portela reflexionan sobre las ficciones acerca de ETA.” Sigue leyendo

Por las buenas o por las malas: la cultura de la violación

Artículo publicado en El Correo el 7 de febrero de 2016

Este pasado fin de semana he leído en este periódico que un joven estadounidense ha sido detenido en Bilbao acusado de una agresión sexual a una compañera suya del programa de intercambio en el que participa. La periodista Ainhoa de las Heras también recogía información sobre el ingreso en prisión de otros tres jóvenes veinteañeros por haber agredido a una joven de dieciocho años el pasado 14 de enero. Tanto ella como otras cuatro jóvenes, que desde el pasado mes de noviembre han venido denunciando agresiones, no tienen recuerdo exacto de los hechos, con lo que se sospecha que fueron drogadas. Esta noticia es posible que pase desapercibida entre los desmanes de Donald Trump, el temporal de invierno en Euskadi, o los Premios Goya, pero deberíamos pausar y darle la importancia que merece.

Que un estudiante estadounidense viole o agreda sexualmente a una compañera no es anormal. En mis años de profesora en Estados Unidos tuve la desgracia de poder familiarizarme con este problema. El 23.1% de las estudiantes de grado en universidades de Estados Unidos son víctimas de violación o violencia sexual. Algunas encuestas señalan que una de cada cinco alumnas ha sufrido una agresión sexual durante sus cuatro años en el campus (según el National Sexual Violence Resource Center). El mismo estudio dice que más del 90% de las agredidas no denuncian. Y no es de extrañar. En Estados Unidos, si la violación se produce en el campus, la propia universidad correrá a cargo de la investigación, con lo que la víctima sabe que su agresor no va a ser perseguido por la justicia, como mucho será expulsado. Además, la mayoría de las violaciones se producen en situaciones sociales, sobre todo en fiestas de fraternidades en las que las jóvenes consumen normalmente bastante alcohol. También, el violador suele ser un compañero o un conocido al que la agredida seguirá viendo en sus clases o por el campus. No es raro que la violación se produzca delante de un grupo de hombres y que más de uno participe en ésta. Así que la vergüenza ante lo sucedido, el temor a ser objeto de escarnio, el sentimiento de culpa por no haber sabido controlar la situación, bloquea a muchas de estas víctimas que entienden que, con su “mal” comportamiento, contribuyeron a la agresión.

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Cuando hablo de estos casos, algunas personas se sorprenden, se llevan las manos a la cabeza, critican la hipocresía de la sociedad americana, como si las violaciones de mujeres fueran algo ajeno a nuestra realidad. No lo son. Según datos del Ministerio de Interior para el 2016, cada ocho horas violan a una mujer en España. Teniendo en cuenta que de cada seis violaciones se denuncia sólo una, los números son escalofriantes. Tampoco debería extrañarnos que las mujeres españolas no quieran denunciar: la culpa siempre pasa del verdugo a la víctima, a la que se le achaca la largura de la minifalda o su nivel de alcohol o que no gritara lo suficiente al decir que no o que no cerrara las piernas con bastante fuerza. No es broma. En 2016 una magistrada de un Juzgado de Violencia sobre la Mujer preguntó a una víctima: “¿Cerró bien las piernas? ¿Cerró toda la parte de los órganos femeninos?”.

La noticia sobre las jóvenes agredidas en Bilbao que no son capaces de recordar bien los hechos habla de una posible “sumisión química”. Yo supe por primera vez de este tipo de violación también en Estados Unidos. En las fiestas universitarias es común intoxicar a las jóvenes con “ruffies”, una droga —rohypnol— conocida popularmente como “date rape drug” (“droga para violar en citas”). La versión española de este tipo de droga es la “burundanga”. Se disuelve fácilmente en alcohol, por lo que es muy fácil administrarla, no tiene olor ni sabor. El efecto de la droga es un debilitamiento rápido del cuerpo y normalmente la pérdida de consciencia. Durante ese lapso de tiempo en que la joven está semiinconsciente o totalmente rendida, uno o más hombres la pueden violar. Una vez que pase el efecto de la droga, quedará el malestar, pero ella no será consciente de lo que ha pasado ni tendrá memoria de lo ocurrido. Denunciar una violación siempre es difícil, pero si la víctima, que de normal ya es sospechosa de “merecérselo”, no recuerda bien lo que ha pasado, será más propensa a guardar silencio. El uso de este tipo de droga para violentar el cuerpo de una joven que, de otro forma, se resistiría a un intercambio sexual, refleja una concepción de la mujer y del cuerpo femenino que da un giro de tuerca más a la violencia machista. El violador no recurre al uso de la fuerza, sino que anula totalmente la voluntad de la mujer para así tener dominio absoluto sobre su cuerpo, un cuerpo sin voluntad, sin reflejos, en algunos casos sin ni siquiera signos de vida. La mujer, en estado de máxima vulnerabilidad, es degradada y sometida a todas las vejaciones que el agresor desee. Por un lado la víctima sabe que ha sido violada, puede comprobar con pruebas médicas la magnitud del daño físico, pero nunca llegará a saber (a no ser que el agresor o agresores lo hayan grabado, otra moda perversa) lo que han hecho con su cuerpo mientras estaba inconsciente. Al dolor se suma la humillación, la incertidumbre, el miedo, la indefensión.

Los datos que nos da la noticia de este fin de semana remiten a agresores veinteañeros y a víctimas de 18, 19 años. Esto confirma que persiste la llamada “cultura de la violación”, que consiste en la práctica normalizada del abuso del cuerpo femenino, una cultura que se asienta en principios de desigualdad, de concebir a la mujer como un ser inferior, que existe para dar servicio y placer al hombre. La cultura de la violación normaliza la agresión sexual como algo inevitable en las relaciones entre sexos, insiste en que la mujer debe actuar de forma que no provoque la agresividad masculina, enseña que la mujer violada no sólo debe probar que hubo agresión, penetración, violencia, sino que ella no lo provocó y que en ningún momento lo quiso. Es una cultura que demuestra que vivimos en un mundo en el que la mujer, a pesar de la educación, la incorporación al trabajo, las leyes de igualdad, la imposición de ciertas cuotas, a pesar de todos los avances sociales de los siglos XX y XXI, cuando tiene que ver con su cuerpo sigue siendo igual de vulnerable. En una calle de Bilbao o en una universidad estadounidense.

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Lo que esconden las palabras

Os dejo aquí un artículo que ha salido el 26 de enero en El Correo. En él hablo tanto de la realidad que ocultan algunas expresiones como “superar el conflicto” como de la manipulación de ciertas palabras que hace la derecha española para controlar lo que se puede decir o no sobre ETA y nuestra historia política. Quise escribir este artículo de opinión porque cuando doy entrevistas suele suceder casi siempre el mismo fenómeno: que al final sólo queda reflejado en ellas mis críticas a la izquierda abertzale. Este artículo, aunque breve, creo que muestra que mi visión es más matizada de lo que algunas entrevistas reflejan.

También me gustaría hacer una aclaración sobre el “caso Alsasua”. He hablado de esto en varios medios, pero también siempre me da la sensación de que aparece una visión sesgada de lo que pienso. Lo resumo aquí brevemente. Creo que lo que pasó en este pueblo (la agresiones a altas horas de la madrugada en un bar a dos guardias civiles que en ese momento iban de paisano y a sus novias) se debería juzgar como una trifulca de bar, no como terrorismo. Pero es también innegable que lo que pasó es la manifestación de que la “lógica del conflicto” sigue viva. Es decir, pensar que hay un enemigo que encarna las “fuerzas de ocupación” españolas y que ese enemigo es despreciable y merece la agresión. Esa forma de entender la realidad genera violencia y esa violencia no la deberíamos minimizar. Pero no se puede manipular la ley, acusando a estos jóvenes de terrorismo, para imponer una lógica punitiva y vengativa. Hasta el creador de la doctrina “Todo es ETA”, el juez Baltasar Garzón, ha declarado que la acusación de terrorismo es desmedida y la calificó de “sobreactuación judicial”Lo que queda por hacer es lo más difícil: una labor educativa, de concienciación y cambio en nuestra forma de entender la realidad para que esa lógica del conflicto desaparezca. Y también para que la lógica punitiva de la derecha (y no sólo en referencia a ETA) no cale demasiado hondo en nuestra sociedad y se convierta en la forma aceptada de controlar cualquier forma de disidencia.

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Fuente: Diario de Noticias de Navarra

Lo que esconden las palabras

El lenguaje es la herramienta con la que damos sentido (o intentamos dárselo) a la realidad, la forma de relacionarnos con el otro, de concretar en palabras lo que imaginamos, lo que sentimos. En la relación entre las palabras y las cosas se centra nuestra ordenación del mundo. Mediante el lenguaje identificamos los problemas que nos acechan al concretarlos en palabras, podemos construir una narrativa coherente de nuestra memoria, anticipar aquello que está por venir, sentir o por lo menos llegar a imaginar experiencias ajenas como el dolor que no hemos sufrido en carne propia o el amor que no hemos sentido. El lenguaje es una herramienta para desarrollar nuestra empatía, afinar nuestro sentido de lo que está bien y lo que esta mal. El lenguaje sirve para todo esto pero también, por desgracia, para justificar actitudes indignas, razonar la injusticia para que no lo parezca, tergiversar el pasado, esconder la realidad o directamente adecuarla a fines políticos.

El fin de ETA no ha venido acompañado, por desgracia, de una verdadera renovación (o desintoxicación) del lenguaje político que justificó su actividad criminal. Tampoco ha sido acompañado, por parte de la derecha española de una revisión de su propio lenguaje en referencia al terrorismo y nuestra historia política. Por un lado tenemos una construcción eufemística, dañina y perversa, por parte de un sector importante de la izquierda abertzale sobre el pasado de ETA, y por otro tenemos la retórica del rencor, de vencedores y vencidos, la exclusividad de la derecha sobre el significado de palabras como “víctima” o “terrorismo”.

Hay fórmulas que encapsulan la mentira y que a veces repetimos sin atender a qué es lo que se esconde detrás de ellas. Una de ellas es “superar el conflicto”, expresión cada vez más repetida en medios políticos de diferentes signos. “Superar” según el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española significa vencer obstáculos o dificultades, rebasar, exceder un límite o dejar algo atrás. ¿A qué nos referimos entonces con la idea de “superar” cuando usamos esta expresión? ¿Estamos hablando de olvidar? Suena a tópico decirlo, pero para olvidar primero hay que hacer una elaboración narrativa que dé sentido al pasado vivido. El uso de la palabra “superar” indicaría un deseo de no llevar a cabo esa elaboración. La “superación” no puede estar acompañada de una profundización. ¿Y qué es eso que ha ocurrido, eso que algunos quieren “superar”? Un conflicto. ¿En qué sentido? ¿Hablamos de conflicto como “apuro, situación desgraciada de difícil salida” (cito de nuevo al DRAE)? ¿O hablamos de un “enfrentamiento armado”, es decir, una guerra? ¿Qué tipo de guerra?, ¿colonial, de ocupación? Si aceptamos este uso de la palabra, entonces hay que preguntarse ¿entre quiénes?, ¿entre el Estado español y…”Euskal Herria”? Entonces, ¿en qué recoveco de la palabra “conflicto” hay espacio para el asesinato de ciudadanos vascos y navarros, las actuaciones de la kale borroka en nuestras ciudades, aquellos vecinos que tuvieron que dejar sus lugares de origen por las amenazas? ¿Aceptamos también con este uso semántico que la guerra civil fue el inicio del conflicto entre Euskadi y España, cuando fue, en buena medida, un conflicto entre vascos? ¿O es que estamos admitiendo que hay vascos de primera y vascos de segunda o, peor, vascos eliminables porque no concuerdan con el ideal de aquellos que nos hablan de un conflicto inevitable y necesario? Asumir expresiones como “superar el conflicto” significa consentir una lógica de guerra que desvirtúa la realidad de lo vivido. Si queremos evolucionar hacia una sociedad en la que la empatía con las víctimas y los principios de verdad, justicia y reparación sean incuestionables, se debe hacer una revisión profunda de la forma en que adecuamos la palabra a la realidad.

Asimismo, buena parte de la clase política española, sobre todo el gobierno del PP, está estancada en un lenguaje que reproduce una actitud inmovilista y vengativa, plagada de confusiones entre lo que corresponde al quehacer político y jurídico por un lado, y la ética por el otro. Un caso paradigmático fueron los cinco segundos de silencio entre Pilar Zabala y Alfonso Alonso durante un debate en las últimas elecciones vascas, cuando este último fue incapaz de reconocer el estatus de víctima de Zabala. Sólo hay un tipo de víctima para el partido que Alonso representa y usar esa palabra para definir a otras, como Zabala, traspasa una línea roja. Otro ejemplo, más peligroso por su lógica punitiva, sería el uso de la palabra “terrorista” para criminalizar todo aquello que huela, aunque sea virtualmente y en forma de tuit, a ETA, haciendo de esa acusación un arma de control del debate púbico sobre nuestra historia. Estas actitudes, además de deteriorar las bases de nuestro estado democrático, nos enquistan en el rencor y la desunión y nos hacen menos proclives a entender mejor la realidad que nos rodea, a dar los pasos necesarios para una verdadera reparación.

Manejar el lenguaje con responsabilidad, ser conscientes de lo que estamos diciendo cuando usamos ciertas palabras y expresiones para definir nuestra historia y nuestro presente, puede contribuir, de forma significativa, a nuestra transformación hacia una sociedad más empática y comprometida con la realidad.

Las caras de Alepo

Publicado en El Correo el 23 de diciembre de 2016

Es desgarrador. Te miran desde el otro lado de la pantalla con tristeza, desesperanza, algunos con indignación e incluso reproche. Son los hombres, mujeres, niños y niñas sitiados en la zona este de Alepo. Se graban con sus móviles, con sus ordenadores, y cuelgan sus mensajes en el ciberespacio con la intención de interpelarnos, de hacer llegar su dolor a estas latitudes cómodas y lejanas. En muchos de los vídeos sólo vemos sus caras, en otros, como los de Wissam Zarqa, un profesor de inglés residente en la zona sitiada, vemos la destrucción total causada por los bombardeos indiscriminados del gobierno sirio y el ejército ruso. En uno de los vídeos que colgó a principios de diciembre, rodeado de ruinas nos dice “la victoria de Rusia parece que se hará sobre nuestros cuerpos”, dando a entender que la toma de esa parte de la ciudad llevaría consigo la aniquilación de sus habitantes. Y no le falta razón. Sólo desde mediados de noviembre han muerto en esta ciudad más de 600 víctimas civiles (entre ellas se estima que unos 100 niños). Recientemente la ONU ha denunciado que el gobierno sirio ha practicado ejecuciones sumarias de civiles, entras las que se encuentran mujeres y niños. Y lo que nos queda por saber.

Miro los vídeos repetidamente. Mientras escribo esto pienso que la guerra puede dejar de ser noticia de la noche a la mañana, que nos podemos olvidar de Siria en cuanto comience otra tragedia, que este horror ya lo hemos visto antes. Pero también pienso que esos testimonios siguen y seguirán ahí, en el ciberespacio, recordándonos aquello que insistimos en no ver, haciendo presente, cada vez que demos al play, que ésta ha sido su vida en Alepo: el horror de la violencia, el miedo a la muerte inminente, la desesperación de los que se sienten abandonados por una comunidad internacional indolente. Acompaño a Wissam Zarqa por las calles desiertas llenas de escombros y edificios derruidos mientras escucho su voz describiendo eso que antes era una calle llena de vida y en la que ahora sólo hay ruina. Como banda sonora, en su vídeo escucho la intermitencia de las bombas en la lejanía, o a veces tan cercanas que no se oye su voz. Nos dice “uno no puede evitar asustarse, ¿verdad?”. Y sí, yo me asusto mientras lo acompaño. En otro fragmento nos explica, frente a una casa ardiendo, que es imposible buscar cobijo durante un bombardeo porque no hay lugar donde esconderse. La destrucción es total. Abdulkafi al-Hamdu, también profesor de inglés, nos pide, en un vídeo en el que sólo le vemos la cara, que hagamos algo por Alepo, por su hija. Mira a la cámara mostrando su desesperación, su vulnerabilidad, su miedo. También lo hace Lina Shamy, una joven activista que, mirándonos a través de unas enormes gafas que en otro contexto nos harían sonreír ante esta muchacha empollona, hoy nos habla de genocidio en la ciudad y de la ubicuidad de la muerte. Bilal Abdul Kareem, un periodista independiente, se graba a punto de cepillarse los dientes mientras oímos la detonación de las bombas y vemos cómo la onda expansiva hace temblar las paredes de su casa. Para él, es “un día más en Alepo”. La niña de siete años Bana Alabed, con un pijama rosa y entre dos peluches nos dice en su inglés rudimentario “buenos días desde Alepo, todavía estoy viva”; asomada en la oscuridad de una ventana y tapándose los oídos nos increpa “hola, gente, ¿podéis oír esto”? En la lejanía resuena una bomba. Y abrazándose a sus hermanitos nos promete “viviremos por siempre jamás”. Hay cientos de vídeos de civiles que han estado documentando esta guerra, pidiéndonos ayuda, compartiendo con nosotros la cotidianeidad de su horror. Y no dejo de preguntarme cuántos de ellos hoy estarán muertos.

Susan Sontag en su ensayo Ante el dolor de los demás explica que cuando comenzó a realizarse fotografía de guerras o conflictos, se pensaba que la imagen que mostraba una realidad dolorosa traía esa realidad más cerca, y así el espectador podía sentirla más. Pero en un mundo como el actual está claro que, ni una fotografía tan dolorosa como la de un niño masacrado por una bomba ni los vídeos de los que estoy hablando, dan pie a una reacción empática. Vivimos en una cultura en la que el shock se ha vuelto un estímulo para el consumo y una fuente de valor. Pero el shock no causa empatía, entendida como la explicara la filósofa Martha Nussbaum, como una reconstrucción imaginativa de la experiencia del otro. La empatía requiere reflexión y un ejercicio por el cual nos ponemos en el lugar de aquél que sufre, haciéndonos responsables de su sufrimiento. Y está claro que en este conflicto, como en muchos otros (algunos bien cercanos), no hemos pasado del shock. Las caras de Alepo nos hablan con indignación, tristeza o desesperación, nos muestran unos ojos en los que sólo hay dolor, nos contextualizan la destrucción, nos hacen ver, con más profundidad, la dimensión del espanto.

Y sin embargo, ¿cuál ha sido nuestra respuesta? En el mejor de los casos se nos encoge un momento el corazón. En el peor, nos encogemos de hombros y en pocos minutos hemos olvidado esa cara que, para entonces, es posible que haya sido masacrada por una bomba.