Carta abierta a Ana Schulz

Ana Schulz y Cristóbal Fernández han dirigido Mudar la piel, documental que indaga en la amistad entre Juan Gutiérrez, padre de Ana y mediador entre ETA y el Estado, y Roberto Flórez, el agente del Centro Superior de Información de la Defensa —CESID— que lo espió.

Enfrentarte a los fantasmas, los silencios, los secretos que te rodearon cuando eras niña; encarar la opacidad y la densidad del pasado, la memoria escurridiza, la presencia de ese pasado en el ahora, la necesidad de entender; hacer tangible, dar coherencia narrativa a aquello que reside entre el ruido blanco y el rumor, la intuición y el secreto. Quieres investigar algo que te resulta incomprensible, incluso inadmisible: la amistad de tu padre (un hombre que ha llevado a cabo una gran labor pública de mediador entre ETA y el Estado) y un espía de los servicios del CESID que, según tu interpretación de la realidad, le traicionó. Seguir leyendo

Los muertos vivientes

La impunidad de algunas asociaciones que hacen apología de la dictadura y el asesinato es inaceptable. Ésta, además, persigue judicialmente a investigadores que quieren desvelar sus actividades. El mundo al revés.

Esta columna no es un panegírico. No se la dedico a los muertos de nadie, sino a los vivos que visitan una vez al mes una cripta sita en el Monumento a los Caídos de Pamplona (su nombre oficial es Navarra a sus Muertos en la Cruzada), una basílica construida a partir de 1944 e inaugurada oficialmente en 1961. Seguir leyendo

La fraternidad es poder

Hoy mi columna en «Ideas» se la dedico al recién confirmado juez vitalicio del TS de Estados Unidos Brett Kavanaugh, la caricatura del «frat boy» (chico de fraternidad) que sería risible si su actitud no escondiera una verdad siniestra.

He conocido a tipos como pudo ser Brett Kavanaugh, niñatos de veinte años que se emborrachan hasta perder la conciencia, que violan junto con sus amigos a chicas que no se esperan que compañeros de clase de buena familia sean capaces de tanta brutalidad. He conocido a tipos como pudo ser Brett Kavanaugh porque los he tenido en mi aula, han sido estudiantes míos… seguir leyendo

Aplaudir el asesinato

El pasado nunca es pasado para los familiares de las víctimas del terrorismo, incluyendo el de Estado. Hoy recuerdo el Hotel Monbar, los GAL, y el uso de la Ley de Víctimas por parte del PP y la Audiencia Nacional. Escribo sobre ello en mi columna semanal de El País.

Hay algunos libros que llevan inmediatamente a un recuerdo suprimido u olvidado. Hace ya 10 años que leí el ensayo de investigación Guerra sucia, manos limpias, del irlandés Paddy Woodworth, en el que elaboraba, a partir de fuentes periodísticas y de entrevistas con testigos, supervivientes y familiares de víctimas, una de las primeras y más completas historias de los GAL. Seguir leyendo

Le pediría una vaca

Hay libros que se quedan contigo tiempo después de leerlos. En algunos casos la lectura deja poso porque descubre realidades desconocidas, otras porque hace tambalear certezas anteriores, otras porque gracias a ella una profundiza en reflexiones. Todo esto hizo conmigo la lectura de El Hambre de Martín Caparrós. Escribo sobre ello en mi columna semanal de El País.

Una aldea de Níger. Martín Caparrós pregunta a una mujer: «Si pudiera pedir lo que quisiera, cualquier cosa, a un mago capaz de dársela qué le pediría». «Quiero una vaca que me dé mucha leche, entonces si vendo un poco de leche puedo comprar las cosas para hacer buñuelos para venderlos…». «Pero cualquier cosa, lo que le pidas», insiste Caparrós. «¿Dos vacas? … Con dos sí que nunca más voy a tener hambre». Otra mujer responde así a la misma pregunta: «Comida todos los días. Eso le pediría». La siguiente podría estar en una ciudad india o en Argentina: «poner mi propio negocio, en la puerta de mi casa, para vender frutas. Y podría estar en mi casa con las frutas y ahorraría un poco de plata para el futuro, y mis hijos podrían comer fruta algunas veces». Seguir leyendo

Huérfanos

Este artículo ha sido publicado el 18 de septiembre en El Correo. Lo reproduzco íntegramente, añadiendo varios enlaces de interés.

1982. Un niño de tres años en una capilla ardiente con cuatro ataúdes. Al lado de su madre, a su lado, hay hombres uniformados. Es el funeral de su padre y de otros tres policías nacionales. ETA los ha asesinado, pero el niño es demasiado pequeño para entender quiénes son los asesinos, por qué han matado a su padre. Un policía de la misma patrulla desfila frente a los féretros. El niño se fija en él porque está desencajado, tiene mal aspecto. Al día siguiente ese hombre va a acompañar el dispositivo que llevará a uno de los fallecidos a Sevilla. Hay testigos que dicen que estaba animado —a pesar de las circunstancias— porque así podría acercarse a su pueblo natal. Nunca lo hará. Durante el almuerzo del mismo día del viaje, le arrebata el arma reglamentaria a un compañero y se pega un tiro. «Síndrome del Norte», dicen algunos para explicarlo. El niño sí viajará en un avión con su padre muerto, su madre destrozada, un montón de gente que él no conoce. Uno de los pocos recuerdos que tendrá de ese viaje es la impresión que le causa la madera del ataúd chocando contra sus pies. Hace siete años se enteró de que a su padre lo había asesinado un comando de ETA.

Si han seguido las noticias de los últimos días, sabrán que ésta es la historia de José Miguel Cedillo, presente en los medios debido al homenaje que el pasado 15 de septiembre ha realizado en Errenteria a su padre, Antonio Cedillo, con la colaboración del ayuntamiento liderado por el alcalde de EH-Bildu Julen Mendoza, ya conocido por su constante actividad a favor de la convivencia. La historia de José Miguel Cedillo y la colaboración de éste con Julen Mendoza para rendir homenaje a su padre da pie a una reflexión sobre dos cuestiones fundamentales cuando pensamos en la convivencia en Euskadi: por un lado la herencia del trauma y la condición de víctimas de los huérfanos de ETA (y habría que añadir también los huérfanos de otras violencias, como la de los GAL, grupos de extrema derecha o abusos policiales) y por otro lado la necesidad de construir la convivencia fuera de los mecanismos del rencor.

Los discursos de Mendoza y Cedillo durante el homenaje nos dan algunas claves para entender estas dos cuestiones. Cedillo señala la necesidad de blindar a la siguiente generación del rencor, recuperar un espacio, Euskadi, donde sus hijos y nietos «desde hoy nunca se sentirán extraños, a la que podrán acudir sin miedo y en libertad» y con ese espacio también desarrollar una memoria sanadora, en la que se otorgue sentido al «borrón en el mapa físico y de mis emociones que ha sido esta tierra durante más de treinta años». Cedillo recalca su condición de «huérfano de ETA», «víctimas de la segunda generación que estamos fuera de la ley de solidaridad» y pide «a los responsables políticos que con urgencia hagan que esta herida se cierre en firme». Cedillo sufre graves secuelas psicológicas que no han sido reconocidas como consecuencias del asesinato de su padre, con lo que se ha sentido abandonado por las instituciones, como muchos hijos de la violencia. El tema de los hijos sólo ahora está empezando a cobrar cierta relevancia, pero es urgente que se trate con la seriedad y profundidad que merece para poder entender y abordar las secuelas traumáticas y su posible transmisión a futuras generaciones. En todas las sociedades que han sido atravesadas por una violencia profunda y duradera como en Euskadi el daño no acaba con aquellos que la sufren directamente. Sobre el resto de la sociedad, las instituciones y la clase política descansa la responsabilidad de que ese sufrimiento no se reproduzca y se transmita a través del rencor o el espíritu de venganza, que estas víctimas también se tengan en cuenta en los procesos de verdad, justicia y reparación. Y aquí es donde creo que actuaciones como la de Julen Mendoza y algunos colectivos de víctimas —pienso en las propuestas del colectivo Eraikiz que también engloba a víctimas de la violencia de Estado— son fundamentales ya que insisten en no transferir las secuelas de la violencia a la siguiente generación, en asentar la convivencia a partir del conocimiento, la justicia, el respeto a todas las víctimas, la deslegitimación de todas las violencias.

Julen Mendoza habló de este tipo de actos como micro-procesos a favor de la convivencia. Son actos restaurativos que ayudan a desarrollar la empatía, facilitan la reflexión e invitan a preguntarnos qué es lo que cada uno podemos hacer para ayudar a sanar el dolor y construir una sociedad en la que seamos conscientes de nuestro pasado, del sufrimiento vivido, de las secuelas de la violencia. Estas actuaciones son un ejemplo del camino a seguir por la izquierda abertzale para deslegitimar la violencia de ETA y frenar su herencia contaminada. También es un claro mensaje para aquellos grupos políticos —léase PP y Ciudadanos— que insisten en reproducir las dinámicas de odio, rencor y venganza propias de otros tiempos.

La convivencia se fundamenta a través de la memoria, el reconocimiento y la asunción de responsabilidades. Contener el trauma en la generación que lo sufre es casi imposible, pero cuando las mismas víctimas y las instituciones que las apoyan promueven una cultura de paz fuera de los mecanismos del rencor se hace más viable.

Desde Santurce a la URJC

Aquí, la columna semala en «Ideas» de El País:

A veces me pregunto qué hubiera dicho mi abuela de tal o cual noticia. Murió en 2005, así que no vio el fin de ETA —¡lo que se hubiera alegrado!— y por suerte se libró de los ocho años de Mariano Rajoy, aunque me hubiera gustado escuchar los juramentos que le habría dedicado. Estos días de escándalo continuado a cuenta de tesis inventadas, plagiadas o inexistentes me he acordado de ella, imaginando cómo entendería estos abusos de privilegio en la universidad.

Mi abuela nació en 1907 y desde los ocho años se dedicó a vender pescado en las calles. Era sardinera e iba con su cesta en la cabeza, desde Santurce a Bilbao, vengo por toda la orilla. Seguir leyendo

Nuestro gigante enterrado

Hoy, 9 de septiembre, comienzo a publicar una columna semanal en el suplemento Ideas de El País. La columna se titula «Ahora que lo pienso» y cada semana trataré un tema que me interese y que me invite a reflexionar. Compartiré con vosotros el inicio del texto y el enlace a la versión digital.

Esta semana es «Nuestro gigante enterrado»

Kazuo Ishiguro en El gigante enterrado traslada a sus lectores al mundo de las novelas artúricas con sus ingredientes imprescindibles: ogros, dragones, caballeros, seres mágicos, lagunas estigias. Un Sir Gawain casi senil es el encargado de mantener el legado del desaparecido rey Arturo. No es un legado heroico ni del que sean conscientes los habitantes de la Inglaterra unificada a través de la guerra de bretones contra sajones. El legado es un olvido general, que se impone y mantiene a través de un hechizo ideado por el gran Merlín. El aliento de un dragón genera una ligera neblina que cubre todas las tierras y que hace que sus habitantes hayan olvidado el pasado. Pero el tiempo pasa, el hechizo se debilita, el dragón se hace viejo. Y los recuerdos reprimidos —el gigante enterrado— comienzan a emerger: los abusos de los bretones contra los sajones, violaciones masivas, masacres de niños, guerra de pueblos arrasados, represión sistemática, humillación. La imposición del olvido por parte del rey Arturo es la manera de asegurar la convivencia, la concordia, la paz. Los pocos bretones que han sido inmunes al hechizo como el viejo Sir Gawain, la valoran y la defienden hasta el último aliento. Aquellos que comienzan a salir del desconocimiento forzado no pueden evitar enfrentarse al horror y bien reconocen su participación en él y asumen su responsabilidad, bien justifican la violencia, el olvido y la impunidad. Seguir leyendo

La muerte anda suelta en la Argentina

Este artículo ha sido publicado en El Correo/Diario Vasco el 20 de agosto de 2018. Lo reproduzco aquí íntegro con algunos enlaces de interés.

«No vamos a tolerar que la muerte ande suelta en la Argentina», Almirante Emilio Massera (1976). Esta cínica frase de uno de los miembros de la junta militar responsable de la muerte y desaparición forzada de miles de personas me estuvo rondando durante los días previos a la votación en el Senado argentino del proyecto de ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo. Se preguntarán qué tienen que ver los genocidas Massera, Videla o Galtieri, la ESMA o los centros clandestinos de detención con la lucha por la despenalización del aborto y la aprobación de un aborto libre, seguro y gratuito. Más de lo que a primera vista parece.

Durante los debates previos a la votación hubo varias intervenciones públicas que me llevaron a recordar esa frase de Massera y a pensar en la relación entre el pasado dictatorial y el presente en Argentina. Citaré sólo dos: La primera fue la intervención del senador por Entre Ríos Pedro Guastavino, que hablaba así de la presión a la que se vio sometido para votar en contra de la reforma: «Me lo pasé atajando y esquivando crucifijos de un sector de la Iglesia que quizás sea el mismo que cuando nos desaparecían daba vuelta la cara. O cuando torturaban a nuestras compañeras en los centros de detención clandestinos miraban para otro lado. Tal vez es el mismo sector que cuando mi madre se entrevistaba con algún obispo para preguntarle por su hijo desaparecido, miraba para otro lado y decía ‘algo habrá hecho'». La segunda intervención fue un video de la actriz Marina Glezer en el que defendía, ante un autodenominado señor «provida», el aborto como forma de salvar la vida a niñas y adolescentes que por su condición social morirán abortando de forma clandestina: «No se están muriendo embriones abortados, se están muriendo las mujeres, las mujeres invisibilizadas», las que provienen de las «villasmiseria» y no tienen la posibilidad de pagarse un aborto seguro en una clínica privada o con un viaje a Uruguay. La marginalidad de las mujeres que mueren haciéndose abortos clandestinos o provocándoselos con los métodos más atroces (la percha, las agujas, las purgas intrauterinas) y la continuación de la violencia institucional (del Estado y la Iglesia) contra la mujer se unieron en el final de su intervención, que coincide con la apreciación del senador Guastavino: «Videla, Etchecolatz, Massera, desaparecían gente, expropiaban bebés en nombre de la Iglesia también».

La Iglesia que ahora habla del aborto como «genocidio» y «crimen de lesa humanidad», llama “desaparecidos” o “torturados» a los fetos abortados, la misma que ahora proclama que si se aceptan las demandas de las mujeres se volverá al «terrorismo de Estado”, es la que durante la junta militar bien apoyó, bien cerró los ojos ante la represión brutal que estaba ocurriendo en nombre de la «Civilización Occidental y Cristiana» (palabras de Videla). Este uso descarado, manipulador y obsceno del lenguaje alusivo al pasado se resume en las palabras de Monseñor Alfonso Delgado, arzobispo emérito de San Juan del Cuyo que no son excepcionales, sino un mantra repetido por los representantes de la institución: «No queremos una nueva argentina de desaparecidos, nuevos NN, sin nombres y sin tumbas, como en épocas tristes de la historia reciente. Nuevas víctimas inocentes a merced de los nuevos verdugos”. Comparar el plan genocida orquestado por las consecutivas juntas militares desde 1976 a 1983, plan que incluía el secuestro de mujeres, su tortura, su asesinato y el robo de sus bebés, con las demandas de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito es inaceptable. Poner en el mismo plano a las mujeres que quieren decidir libremente y con garantías de seguridad sobre su propio cuerpo y las actuaciones de un régimen que diseñó una metodología de terror y exterminio para eliminar de la sociedad a todo sospechoso de poner en peligro su «civilización» es de una inmoralidad pasmosa. Tanto como las declaraciones del Papa Francisco (de quien sigue habiendo más que dudas razonables sobre su actuación durante la dictadura), que se ha atrevido a comparar el aborto («homicidio de niños», lo llama) con «lo que hacían los nazis por la pureza de la raza.»

Uno de los senadores que votó en contra de la reforma de la ley penalizadora del aborto fue el expresidente Carlos Menem, el mismo que instauró en 1998 y por decreto el «día del niño por nacer», que se celebra cada 25 de marzo, veinticuatro horas después del aniversario del golpe de Estado. Carlos Menem también indultó por decreto en 1990 a Leopoldo Galtieri, Jorge Rafael Videla, Emilio Massera, Roberto Viola, Ramón Camps, Carlos Suárez Mason y Armando Lambruschini, entre otros. Es decir, absolvió a los militares y policías que fueron máximos responsables de crear y llevar a término los mecanismos de la represión y exterminio de aproximadamente treinta mil ciudadanos argentinos, entre ellos y según el informe de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas, el 33% eran mujeres. Se calcula que unos quinientos bebés fueron robados a detenidas-desaparecidas y después «colocados» en familias afines al régimen. En su alegato frente al Senado, Menem se puso como ejemplo de defensor de la vida «desde la concepción y en todas las etapas».

Todos estos señores son los «defensores de la vida» ahora, hace veinte años y hace cuarenta. No hace falta decir mucho más.

Jugar en secreto

He publicado este relato de verano en Mujer Hoy, acompañado de la ilustración preciosa de Maite Niebla:

«Jugar en secreto»

El 29 de agosto no es buena fecha para cumplir años. A Nerea así se lo parece. Coincide con el final de las vacaciones en San José y, por tanto, con los preparativos para dejar el apartamento perfectamente limpio y ordenado a espera de las próximas vacaciones. El cumpleaños lo celebran siempre con amigos pasajeros de sus padres, con platos de papel y vasos de plástico, la madre quejándose de todo el trabajo que queda por hacer antes de marchar, el padre de mal humor, anticipando el largo viaje de vuelta al norte atravesando la Península en su Renault 18 sin aire acondicionado cargado hasta los topes de maletas —también la del tío Julián, que es siempre la más grande—, lleno de enseres de cocina, neveras portátiles de diferentes tamaños rebosantes a su vez de frutas, botellas de leche empezadas, tarros de mermelada, paquetes de harina o azúcar o pan rallado y otros productos perecederos que no aguantarán tantos meses en el apartamento cerrado. Seguir leyendo