La defensa de Madrid

«Madrid será la tumba del fascismo”, leo el pasado 15 de enero en una pancarta durante la concentración de solidaridad con las feministas andaluzas en protesta al recién instaurado triunvirato de (ultra)derecha. Estamos en la Puerta del Sol, entre el edificio en el que se albergaba la Dirección General de Seguridad, actual sede de la Presidencia de la Comunidad de Madrid, y el cartel luminoso de Tío Pepe. Pienso en las contradicciones de esta maravillosa ciudad. Seguir leyendo

La verdad imaginada

Ainhoa está arrodillada, la ilumina una luz tenue, su cuerpo se retuerce, su espina dorsal se arquea, su voz se convierte en palabras inconexas. Ainhoa quiere articular una explicación, una justificación que haga más llevadera la tarea que sabe que tiene pendiente, pronunciar esa palabra que su tía quiso escuchar en vida y que nunca llegó: perdón. Está arrodillada ante su tía, ya muerta, que sujeta la urna de sus propias cenizas en la mano, pero el cuerpo de Ainhoa no tiene una actitud suplicante. Es puro dolor. Seguir leyendo

Por caridad

Hace unos días asistí en Madrid a la presentación de Silencio administrativo. La pobreza en el laberinto burocrático, de Sara Mesa (Anagrama). El libro es el relato del pulso con una Administración que pone todas las trabas posibles para que las personas en extrema necesidad no accedan a los recursos que supuestamente les corresponden; también es una reflexión sobre el impacto brutal de la pobreza en los individuos que la sufren y sobre las actitudes imperantes frente a ellos en nuestra sociedad. Seguir leyendo

¿Qué diría doña Emilia?

He leído recientemente los cuentos de Emilia Pardo Bazán recogidos en El encaje roto: Antología de cuentos de violencia contra las mujeres (editorial Contraseña). Leer a Pardo Bazán en el actual contexto de reimpulso feminista, agudizado por el peligro que corren nuestros derechos debido al auge de la ultraderecha, ha reafirmado mi admiración por su profunda comprensión de la situación de la mujer. Leer más

Un edificio poco edificante

En Presos contra Franco (Galaxia Gutenberg, 2019) Mario Martínez Zauner despliega una investigación en profundidad de la senda del militante antifranquista, desde la clandestinidad a la cárcel, pasando por el obligado periodo de detención y torturas en la Dirección General de Seguridad. Hablo en masculino porque, a pesar de que hay alguna mención a las mujeres antifranquistas, no aborda su análisis. He recordado otros testimonios como los de Juana Doña y Lidia Falcón, quienes también pasaron por la DGS y fueron allí salvajemente torturadas. Después de leer el libro me han entrado ganas de acercarme a las inmediaciones del edificio en el que se albergó este organismo del franquismo, dependiente del Ministerio de Gobernación y situado en la mismísima Puerta del Sol, kilómetro cero de España. Es uno de los edificios más conocidos del país, no tanto por esta historia o porque fuera Casa de Correos o ahora la sede de la Presidencia de la Comunidad de Madrid, sino por su campanario donde está (y ha estado siempre, también mientras era la DGS y se torturaba a los presos y presas en su sótano) el reloj que da las campanadas cada 31 de diciembre. Ese reloj. Ese edificio. Esa historia. Seguir leyendo

Ángeles de la revolución

Hubo un tiempo, allá por las primeras décadas del siglo XX, en el que se pensó que el arte podía transformar no sólo la percepción del mundo, sino la realidad en sí misma, y que los artistas, desde los acróbatas de circo a los novelistas, debían poner su talento al servicio de esa transformación. Seguir leyendo

Todas las cosas rotas

Leyendo la novela Fractura, de Andrés Neuman, encuentro una metáfora maravillosa. “Todas las cosas rotas (…) tienen algo en común. Una grieta las une a su pasado”, dice el narrador, y procede a explicar la técnica japonesa del kintsugi: “Cuando una cerámica se rompe, los artesanos del kintsugi insertan polvo de oro en cada grieta, subrayando la parte por donde se quebró. Las fracturas y su reparación quedan expuestas en vez de ocultas, y pasan a ocupar un lugar central en la historia del objeto. Poner de manifiesto esa memoria lo ennoblece. Aquello que ha sufrido daños y sobrevivido puede considerarse entonces más valioso, más bello”.

El kintsugi como metáfora que nos permite hablar del trauma (la quiebra de un objeto, pero también podría aplicarse a un sujeto, a una sociedad), de las posibilidades de su reparación, y, en definitiva, de la cicatriz como cura y memoria indeleble de la misma fractura que la provoca. Seguir leyendo

Derecho al dolor

Después de perder a su hija Sophie en 1920, Sigmund Freud matizó su teoría sobre el trabajo de duelo. Hasta el momento había sido inflexible en la diferenciación entre duelo y melancolía: el primero, forma “sana” de afrontar una pérdida; la segunda, declive patológico, resistencia a asumir esa pérdida y sustituir el objeto deseado por uno nuevo. En una carta a su amigo y colega Ludwig Binswanger, quien acababa también de perder a un hijo, Freud escribe: “Se sabe que el duelo agudo (…) hallará un final, pero que uno permanecerá inconsolable, sin hallar jamás un sustituto. Todo lo que tome ese lugar, aun ocupándolo enteramente, seguirá siendo siempre algo distinto. Es así, es la única forma de continuar con el amor que no se quiere abandonar”.

A veces, por amor, ni queremos ni podemos superar el dolor por la pérdida de un ser querido. A veces necesitamos encontrar un refugio donde cobijar ese dolor y protegerlo, darle el espacio que necesita. Seguir leyendo

¿Maltratador yo?

Comienzo a escribir esta columna pocas horas después de que se haya descubierto el cuerpo sin vida de Laura Luelmo, con todos los indicios de muerte violenta que se van confirmando durante las 48 horas en las que vuelvo a este texto, incapaz de sacudir la rabia. No sólo por el asesinato brutal de Laura, esa chica que con las horas y según se publica más información se va constituyendo en mi imaginación como una mujer de carne y hueso, con su inteligencia, sus ilusiones, su militancia feminista. Seguir leyendo

Llámenlo feminicidio

Escribo sobre qué ocultan los grandes medios cuando llaman «asesinato en serie» a lo que realmente es feminicidio. 90 mujeres asesinadas por el mismo hombre lo es.

Hace unos días leí en The New York Times que Samuel Little, un hombre de 78 años condenado a una triple cadena perpetua por el asesinato de tres mujeres en Los Ángeles durante los años ochenta, ha comenzado a confesar otros crímenes cometidos durante casi 50 años. Suman 90. Todas sus víctimas fueron mujeres: drogadictas, prostitutas, mujeres sin techo, mujeres vulnerables que recogía en la calle, en bares y clubes y que acababan estranguladas en la parte trasera de su coche. La mayoría de ellas mujeres negras e hispanas. ¿Cómo es que la policía o el FBI nunca relacionaron otros crímenes similares con los tres por los que Little estaba cumpliendo condena? Lo que parece incompetencia (que igual también lo es) responde en realidad a la lógica del sistema: las agencias de seguridad destinan menos fondos a investigar desapariciones y crímenes de mujeres vulnerables como las víctimas de Little. Leo más artículos de la prensa estadounidense sobre el tema. La mayoría remite a otros asesinos que, como él, buscan a las más vulnerables, a aquellas que posiblemente nadie va a reclamar si desaparecen. Gary Leon Ridgway compite, aunque se queda rezagado, con la brutalidad de Little: en 2003 fue condenado por estrangular a 48 mujeres.

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