Ainhoa está arrodillada, la ilumina una luz tenue, su cuerpo se retuerce, su espina dorsal se arquea, su voz se convierte en palabras inconexas. Ainhoa quiere articular una explicación, una justificación que haga más llevadera la tarea que sabe que tiene pendiente, pronunciar esa palabra que su tía quiso escuchar en vida y que nunca llegó: perdón. Está arrodillada ante su tía, ya muerta, que sujeta la urna de sus propias cenizas en la mano, pero el cuerpo de Ainhoa no tiene una actitud suplicante. Es puro dolor. Seguir leyendo