En El nenúfar y la araña (Tránsito; traducción de Laura Salas Rodríguez) Claire Legendre explora la hipocondría como enfermedad intangible, como forma de protegerse, como sortilegio para anticipar la desgracia, conocerla de antemano. La hipocondría es una manera de construir la narrativa que da sentido a un dolor invisible, a una enfermedad inexistente que, sin embargo, se siente como real. “Antes de que se perfilase la enfermedad, me la inventé”, escribe Legendre. “Me la inventé para ser su autora; así, si esa enfermedad existía, al menos no se impondría, sino que sería mi obra. De ese modo tendría el espejismo de controlarla”. Leí este libro hace días, después de haber escrito mi columna Soy miedica. Me sorprendió cuánto de lo que yo contaba en ese texto se relacionaba con la obra de Legendre. No sólo por algunos de los miedos que describe (ay, la aracnofobia), también por su inclinación a anticipar la desgracia. Yo no soy hipocondriaca en cuanto a las enfermedades, pero sí sufro de hipocondría política. Y me atrevo a decir que no soy la única. Seguir leyendo
Intermitencias
Si eso es amor
La semana pasada les hablaba de mis miedos y les invitaba a que pensaran en los suyos en el contexto político actual. Hoy me adentro en el campo de lo íntimo y escribo sobre mi miedo a los horrores que se cometen en nombre del amor. Lo hago después de leer las noticias sobre la sentencia contra el matrimonio Turpin, que secuestró y torturó a sus trece hijos durante más de 20 años, y que en el juicio que ha concluido con una sentencia de cadena perpetua para los dos defendieron que todo lo hicieron por amor. Leer más
Soy miedica
No me cuesta reconocer que soy una persona miedosa. A mis 45 años hay temporadas en las que sufro terrores nocturnos. Soy incapaz de ver una película de terror y de leer literatura relacionada con posesiones satánicas o espíritus malignos. La profecía de Richard Donner me causó incontables horas de insomnio. Mi límite está en Drácula de Bram Stoker y en su versión cinematográfica de Francis Ford Coppola. Los seres sobrenaturales me dan muchísimo miedo, a pesar de ser atea. Será mi mitad gallega que me dice que haberlos haylos. Tengo miedo al dolor. No tanto al dolor físico, sino a ese dolor que anticipo por la pérdida de seres queridos, algunos de los cuales posiblemente se irán de esta vida antes que yo, tengo miedo a que la persona a la que más amo sufra o desaparezca. También miedo a una vejez indigna, a que se me acabe el trabajo (aprovecho, por cierto, para decir que no vivo de ninguna subvención), a enfermedades mentales. Tengo miedo a las arañas. Tengo miedo a la ignorancia y al odio. Seguir leyendo.
La espada de Pelayo
Somos seres inscritos en la historia y por ello, porque todos participamos en su construcción (seamos o no conscientes), somos responsables de lo que ocurre en nuestro presente. Tal vez algunos piensan que nuestra época es anodina, que no les toca participar en ningún evento histórico importante; tal vez sienten cierta nostalgia por otras épocas en las que ocurrían cosas de verdad: guerras, conquistas, valientes defensas patrias, grandes gestas en las que mostrar el heroísmo, el coraje, incluso ofrecer a Dios el sacrificio máximo de la vida, a ser posible la ajena. En el panorama político actual creo que podemos encontrar algún que otro nostálgico con este perfil: el nostálgico de gesta. Seguir leyendo
La caricia y la bofetada
“El que la caricia consista en un movimiento tangencial de la mano sobre la mejilla nos revela, igualmente, la heteronomía de su origen: tal tangencialidad toma el sentido de aprobación, de amor o de amistad precisamente por contraposición a la perpendicularidad de la otra, más primitiva, acción de la mano sobre la mejilla, eso es, el cachete o bofetada, que tiene el opuesto sentido de reprobación, desamor u hostilidad”. Encuentro estas palabras de Rafael Sánchez Ferlosio en La policía y el Estado de derecho, epílogo que escribió para el libro Amedo, el Estado contra ETA, de Melchor Miralles y Ricardo Arques (1989). La cita es un paréntesis en una larga disquisición sobre cómo se gestó la idea que sustenta que el Estado tiene el monopolio del ejercicio de la violencia, un tema que aparece asiduamente en la obra ensayística de Sánchez Ferlosio. Seguir leyendo
17+2+20+6+1+10+
Durante el fin de semana del 15 de marzo se suicidaron dos estudiantes sobrevivientes de la masacre de Parkland (Florida, EE UU), en la que en 2018 un joven de 19 años asesinó a 14 compañeros y 3 profesores. Los medios estadounidenses conectan estas muertes a otros suicidios recientes, como el del padre de una víctima de la matanza de Sandy Hook, donde fueron asesinados 20 niños y 6 adultos en 2012. No son casos excepcionales. Después de estas terribles masacres, el riesgo de suicidio entre familiares y supervivientes es muy elevado. Se habla de “la culpa del superviviente”, el término psicológico que explica la carga de aquél que, sin entender los motivos, sobrevive a una tragedia colectiva y se pregunta —en algunos casos hasta caer en la desesperación que lleva al suicidio— por qué él sigue vivo y otros, según él más merecedores de la vida, murieron. Se pregunta también si no podría haber hecho algo para salvar al otro y no a sí mismo, si la vida, que en realidad no vive, le pertenece. Seguir leyendo.
Conversación con Bob Pop, Fundación Telefónica, Madrid.
Hoy comparto esta conversación sobre la escritura, la vida y Formas de estar lejos con mi admirado Bob Pop. Espero que la disfruten.
El país de las mujeres
Ya no somos capaces de imaginarnos mundos utópicos en los que no haya injusticias, donde triunfe el amor, donde no haya pobreza ni degradación medioambiental ni tiranos. Las utopías han demostrado estar demasiado cerca del totalitarismo, la libertad se pierde en el camino que lleva a la construcción del mundo perfecto. Pero la mirada que imagina una sociedad justa expone siempre los males que la rodean. Así ocurre en El país de las mujeres, de la feminista estadounidense Charlotte Perkins Gilman, una novela utópica de 1915 que ha recuperado la editorial Guillermo Escolar Editor. Seguir leyendo
¿A costa de qué?
Debo comenzar advirtiendo que en este texto no van a encontrar respuestas, tan sólo preguntas. Este mes de marzo se ha estrenado la obra Jauría, cuyo argumento gira en torno al caso de La Manada, en el Teatro Pavón Kamikaze de Madrid. No voy a hablar de la obra (no la he visto), sino plantear algunas preguntas a raíz de la controversia que ha generado, preguntas que me vengo haciendo desde hace años y para las que no consigo una respuesta definitiva. La principal crítica que he leído en algún medio y en redes sociales ha sido que hacer una obra sobre esta herida tan reciente y sin consultar a la víctima demuestra una falta de empatía y de ética condenable ya que podía tener como consecuencia la revictimización de la joven. La primera pregunta que planteo es si es necesario o incluso ético consultar a la víctima una vez que su caso se ha hecho público, si esa consulta no la pone en la difícil tesitura de revisitar su historia, obligándola a tomar la decisión de colaborar o no en la reconstrucción pública de su trauma. Seguir leyendo
El saber entristece, pero te hace votar
Cuando me siento cada semana a pensar el tema de esta columna repaso la actualidad de los últimos días, actualidad que en la mayoría de los casos deja de serlo para cuando la columna se publica. Me gusta escribirla entre domingo y martes, es decir, una semana antes de su publicación. Me tomo este espacio muy en serio y, aunque no siempre lo consiga, me esfuerzo por dejar aquí una reflexión que merezca la pena, una visión de la realidad que ayude a lectores y lectoras a pensar o a mirarla de otra manera. Seguir leyendo
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