Abrace a un turista, deje morir a un inmigrante

Publiqué este artículo en El Correo/Diario Vasco el domingo 13 de agosto. Lo reproduzco aquí íntegro, añadiendo enlaces a las referencias.

Abrace a un turista, deje morir a un inmigrante

Mientras hombres, mujeres y niños mueren ahogados o abandonados a su suerte en el Mediterráneo, a algunos de nuestros políticos y medios de comunicación se les llena la boca con la palabra «turismofobia». En poco más de una semana los periódicos, las televisiones y las redes sociales se han plagado de debates sobre el turismo y esta nueva forma de «comportamientos radicales» que algunos (léase políticos de Ciudadanos y el PP y medios afines o ni siquiera tanto) han llegado a llamar «kale borroka».

Y sí, es importante hablar del problema del turismo porque algunas ciudades se nos están yendo al carajo; porque, como han explicado muy bien varios periodistas estos últimos días, el cacareo en contra de la «turismofobia» en realidad pretende esconder aquello que es mejor no ver: que por cada 143 euros que se gasta un turista, el gasto (sobre todo medioambiental) que supone su estancia en España es mucho mayor (fuente: «No todo vale por 143 euros» de José Luis Gallego en eldiario.es), que deberíamos estar hablando de las injusticias que se esconden detrás no de la «turismofobia» sino de lo que claramente se está convirtiendo en el «síndrome de Venecia» (fuente: «La turistificación» de Antonio Maestre en La Marea), que deberíamos hablar de «viviendafobia» o de las personas que, como los policías y médicos de Ibiza, han sido expulsadas de sus viviendas por el desorbitante incremento de precios (fuente: «Los ciudadanos españoles como figurantes de un parque temático turístico» de Iñigo Sáenz de Ugarte en eldiario.es). Esta información es esencial para poner el debate en su sitio y señalar que los que centran la discusión en las actuaciones de unos cuantos aventados están desviando la atención de los verdaderos problemas.

Además, habría que preguntarse en este contexto en el que se criminaliza al punto de llamar «kale borroka» a las protestas anti-turísticas, qué tiene que decir el Ministro de Interior Juan Ignacio Zoido sobre las actuaciones violentas de la policía en la madrugada del 8 de agosto, cuando un agente se rompió la tibia y el peroné mientras pateaba a un inmigrante. O de las condiciones inhumanas en las que viven los detenidos en los CIE (Centros de Internamiento de Extranjeros) custodiados por la Policía Nacional. O cuántos de los más de 500 casos de incidentes racistas ocurridos en 2016 se han perseguido y juzgado como crímenes (fuente: «500 incidentes racistas» de Nicolás Castellano en cadenaser.com). Y pensarán que qué tienen que ver los inmigrantes con los turistas. En teoría, para el Ministro Zoido no son tan diferentes. Recordemos sus declaraciones de principios del verano sobre los refugiados: «no es nuestra responsabilidad que decidan huir de su país«. Claro, es que uno decide huir y elegir destino como cuando se va de vacaciones. Los refugiados deciden huir y acaban como acaban. Pues que se hubieran quedado en sus casas, ¿no? No es responsabilidad del Ministro Zoido que se metan en esas pateras de mierda y decidan morirse en el mar. Tampoco lo es de la Unión Europea, claro.

Pero sí lo es. Amnistía Internacional lo denunció hace poco: “La UE está permitiendo que los guardacostas libios devuelvan a personas refugiadas y migrantes a un país donde la detención ilegítima, la tortura y las violaciones son la norma. La Unión está aumentando la capacidad de los guardacostas libios al mismo tiempo que cierra los ojos ante los graves riesgos inherentes de esta cooperación. (Fuente: Amnistía Internacional). Asimismo, la ONG Proactiva Open Arms denuncia, casi a diario, que sus barcos sufren amenazas de los guardacostas libios, financiados por Italia y la UE. Y que ambos están haciendo campaña para limitar el trabajo de ONGs como Open Arms, difundiendo información difamatoria sobre ellos. La misma campaña que ha defendido el Ministro Zoido con vehemencia. Esta ONG también ha denunciado que el barco C-Star, fletado por organizaciones de extrema derecha («Defend Europe»), les está amenazando para que dejen de rescatar personas a la deriva. Y no sólo eso: interceptan a los migrantes y les devuelven a manos de los libios, a sabiendas que en sus centros de detención se están cometiendo terribles violaciones de derechos humanos. En sólo el mes de julio uno de los barcos de Open Arms en el Mediterráneo ha rescatado a casi 400 personas que, de otra manera, hubieran muerto.

Algunos políticos nos dicen que abracemos el turismo, que no demos rienda a actitudes xenófobas, que seamos hospitalarios. ¿Dónde hay más xenofobia, en pinchar las ruedas de un autobús turístico o en cerrar los ojos ante las muertes de miles de extranjeros en nuestras costas? Porque esos que nos invitan a abrazar al turista son los mismos que justifican acciones como los asesinatos de 15 inmigrantes en el Tarajal (recuerdo: causa archivada), los que llevan, desde que comenzó la crisis de los refugiados, cerrando las puertas de este país a miles de personas que, simple y llanamente, están muriendo.

 

Potosí, de Ander Izagirre

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Publicado en La Marea el 10 de agosto de 2017

Potosí (Libros del K.O., 2017) es una crónica de las brutales condiciones de explotación en el Cerro Rico actual que indaga en la historia que ha hecho posible llegar hasta este presente desesperanzador. Es también una denuncia de las condiciones de la mujer dentro y fuera de la mina, una reivindicación de su papel en la historia de la resistencia contra la explotación, y la crónica de sus continuos fracasos ante un machismo aniquilador.

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Mujer en punto cero

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Mujer en punto cero de Nawal El Saadawi nos llega a través de una edición preciosa y cuidada de Capitán Swing, con traducción de Mireia Bofill Abelló.

Hace muchos, muchos años, mientras me preparaba para escribir mi tesis doctoral sobre testimonios de mujeres en las cárceles, llegó a mis manos el texto (en inglés) de Nawal El Saadawi Mujer en punto cero. En esos momentos estaba leyendo y estudiando el testimonio de Lidia Falcón En el infierno: ser mujer en las cárceles franquistas, un texto brutal que la líder feminista escribió clandestinamente durante su estancia en la prisión de Yeserías. Falcón apenas habla en este texto de las presas políticas como ella, sino de las presas sociales: las mujeres encarceladas cumpliendo penas por prostitución, abortos, asesinatos, etc. En En el infierno Falcón hace un análisis exhaustivo e incisivo de las condiciones de opresión durante el franquismo que llevan a estas mujeres a la marginación, el abuso, la cárcel, así como de la «justicia» que las criminaliza. En el infierno, a pesar de haberse escrito en 1973 no se publica hasta 1977. (Me pregunto si una editorial como Capitán Swing no estaría interesada en reeditarlo, por cierto).

De la misma época que En el infierno es Mujer en punto cero (primera edición de 1975) de la egipcia Nawal El Saadawi y tiene en común con el texto de Falcón su carácter testimonial. El Saadawi visita una cárcel de mujeres del norte de El Cairo y recoge el testimonio de Firdaus, una prostituta que está a punto de ser ahorcada por haber asesinado a su proxeneta. El Saadawi elabora ese testimonio en forma novelada pero respetando —o dando la impresión de que respeta— la oralidad de Firdaus, que cuenta toda una vida de abusos y maltratos. A diferencia que Falcón, Saadawi no analiza las condiciones objetivas en las que se cría Firdaus, tampoco la sociedad patriarcal y violentamente machista en la que vive. Pero a través de la voz de su protagonista descubrimos todo el horror que significa acostumbrarse, desde la infancia, a que el cuerpo femenino sea el lugar del maltrato y el abuso. A través de la historia de Firdaus también nos damos cuenta de las profundas contradicciones de una mujer que, en todo su odio al hombre (como colectivo) que sólo le ha enseñado dolor y humillación, prefiere ser una prostituta que una esposa esclava. La complejidad que entraña esa defensa y la brutalidad de esa conclusión son sólo parte de un libro que, después de más de 45 años, sigue aportando reflexiones necesarias.

El culo y las témporas

Este artículo ha sido publicado en El Correo el martes 25 de julio, en papel.

El sábado 22 de julio leía en este periódico que el alcalde de Bilbao, Juan Mari Aburto, ha salido en defensa de la policía municipal a cuenta de unas pintadas insultantes y amenazantes contra este cuerpo, realizadas en la zona de Bilbao la Vieja. ¿El motivo de las pintadas? Según fuentes de este diario, la policía municipal ha estado haciendo cumplir la ley de horarios nocturnos a los bares de la zona, sancionando infracciones y amonestando. La noticia no me hubiera llamado la atención si no hubiera sido por la simbología y el mensaje de las pintadas que, como dijo el alcalde, remiten a otros tiempos. La fotografía de las pintadas mostraba una diana con la palabra «munipa» dentro, encima de ella «utzi auzoa bakean» (dejen el barrio en paz), al otro lado de la pared «Aburto, lotu zure txakurrak» (Aburto, ata a tus perros) y en medio la imagen del policía municipal, vestido con los colores de la bandera española, en postura de perro y levantando la patita, a punto de mear.

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Doy por hecho, ya que no he encontrado fuentes que lo desmientan, que la actuación de la policía municipal se ha centrado en el control de horarios y cumplimiento de la normativa de bares. Voy a ponerme abuelita cebolleta y decir que todos hemos sido jóvenes, algunos más juergas que otros, más macarras que otros, más antiautoritarios que otros. ¿A quién no le ha fastidiado la policía alguna vez la juerga? A esta que suscribe sí, más de una vez. Es esperable, en esas circunstancias (que si el alcohol, que si otras sustancias consumidas, que si la noche me confunde…) que más de uno insulte, incluso que pueda volar algún botellín de cerveza. Gajes del oficio. Pero estas pintadas no tienen nada que ver con el exabrupto del momento, con borrachos que no se quieren ir a su casa, ni siquiera con el desprecio a la autoridad. Si así fuera, no estaría escribiendo este artículo. Creo que la autoridad debe ser cuestionada y contestada continuamente y el grafiti, el mural y la simple pintada callejera muchas veces cargan verdades como puños. Mi barrio en Madrid no sería el mismo sin la sabiduría, la rebeldía política y la belleza de sus grafitis.

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Pero aquí hablamos de otra cosa. En estas pintadas hay pensamiento e intención de vejar y amedrentar siguiendo las viejas prácticas y consignas de cuando la kale borroka dominaba el espacio público con sus pintadas, sus carteles, sus manifestaciones de violencia. Los suyos no eran actos de rebeldía frente al poder, por mucho que así los describieran, sino prácticas autoritarias y fascistas: eran ellos los que dominaban la calle, los que imponían su discurso con la violencia, los que no permitían la disidencia. Ahora que hemos dejado de sentir su presencia constante en nuestra vida cotidiana y que tendemos a olvidar lo que era aquello, de repente se producen estos recordatorios que señalan que el problema, lejos de muerto, sigue vigente en un sector (minoritario, quiero creer) de nuestra sociedad. Este caso es particularmente desconcertante por la desproporción entre el hecho que motiva las pintadas y el contenido de las mismas. El control de horarios de una zona de marcha de Bilbao provoca la amenaza al cuerpo policial a través de referencias tan claras como la diana y el apelativo «txakurra». Recordemos que no hace tanto estas referencias marcaban a dos sectores (el civil y el policial) como objetivo de ETA. Dentro de las dianas veíamos los nombres de políticos «españolistas» y de cualquier ciudadano considerado enemigo de su causa. Algunos de ellos acabaron siendo asesinados o viviendo largos años con escolta. El otro sector, el marcado bajo el colectivo «txakurra» o «la txakurrada» eran todos los uniformados representantes del estado español o sus cómplices vascos. Aunque como colectivo la policía municipal nunca estuviera tan marcada como otros, entre sus filas sí hubo asesinados por ETA.

Y ahora, cuando todo debería estar apuntando hacia la deslegitimación social de la violencia, ¿las sanciones a los bares en un barrio son motivo para recuperar esas formas de amenaza? Y ya puestos a analizar esta sinrazón, ¿por qué se le asigna al policía municipal los colores de la bandera española? ¿Qué tendrán que ver los horarios de los bares con España? ¿Será que los munipas también son cipayos y se han aliado con el poder español para reprimir a la juventud vasca… cerrándoles los bares a cierta hora de la noche? ¿Será que son lacayos de Aburto que, por ser del PNV es cómplice del enemigo? O será que estamos ya tan contaminados por la soflama etnocentrista y la lógica del «ellos» y nosotros» que cualquier actuación de la autoridad, aunque sea municipal, inmediatamente se relaciona con lo español.

Así que por un lado está el uso de la amenaza y la violencia como forma de dirimir problemas comunitarios o sociales. A esto se suma la identificación de la autoridad con España, como si cualquier actuación policial, incluso la municipal, fuera parte de un plan imperialista o de represión españolista. Y por último, está esa odiosa costumbre de aquellos que profesan la ideología de las pintadas de erigirse como representantes de colectivos, apropiándose de ellos para disfrazar su fanatismo de protesta popular. Cuando en esta pintada dicen «utzi auzoa bakean», me pregunto a cuántas personas del barrio representan, me pregunto si los vecinos que tienen que soportar las juergas los fines de semana, o a diario durante el verano, no se alegrarán de que pase la policía municipal a poner orden, si no serán algunos de ellos los que les llamen diciendo «a ver si hacen algo, que son las cuatro de la mañana y estamos sin pegar ojo».

Que no nos engañen: una reivindicación popular, juvenil, antiautoritaria como podría ser la protesta ante una actuación policial en un barrio, nada tiene que ver con el asesinato, la extorsión, el control social y las prácticas fascistas de la antigua kale borroka y de ETA.

 

Los cuentos son (también) para el verano

Esta reseña ha sido publicada en el número de julio de La Marea, en papel.

Harkaitz Cano ha publicado este mes de junio en Seix Barral una colección de cuentos titulada El turista perpetuo, traducción del propio autor de Beti Oporretan (Susa Literatura, 2015). No sé qué difícil será traducirse a sí mismo, cuándo un autor se podrá dar por satisfecho con su propia traducción, cuánto tendrá que controlarse para no estar exprimiendo las posibiliEL TURISTA PERPETUO COVER (DEF)dades creativas de la traducción hasta el infinito. En este caso el resultado es una colección de cuentos cuya tónica general es un lenguaje exquisito y cuidado, una rica variedad de voces narrativas y una serie de temas que van desde el verano como ese gran espacio temporal para el descubrimiento hasta una peculiar Angela Merkel saltando de capó en capó en un macro atasco automovilístico.

El tema común de todos los cuentos es, de una forma directa o indirecta, las vacaciones de verano… o algo parecido. Pero no se crea el lector que son cuentos para saciar la sed de nostalgia de Verano azul o algún subproducto televisivo de aquellos horrorosos años. No hay historietas de adolescentes y, si las hay, nada tienen que ver con el consumo de nostalgia ochentera tan de moda en estos días. Sus relatos pueden estar relacionados con un lugar o una actividad vacacional que resuena a isla, a Mediterráneo, a piscina de veraneo, a río en la montaña, pero en el fondo nos están hablando de otras cosas: de la muerte, del descubrimiento del sexo como algo vergonzoso, de difíciles relaciones familiares, de pasiones que ya no son lo que una vez fueron. En otros cuentos Cano aprovecha el evento de la vacación —un puente del 1 de mayo— para narrar un adulterio y una relación entre hermanas en las que se entromete ETA, o un destino exótico —un safari— para mostrar el grado brutal de corrupción moral de un ejecutivo de una conocida cooperativa vasca.

En sus relatos de turistas hay playa y montaña, hay Suecia y Marsella, pero también hay crisis social, conflicto político, maltrato, formas inesperadas de violencia. Encontramos en esta rica colección un cuento titulado «Boeing 767» en el que Cano despliega su gran capacidad para crear ambientes asfixiantes filtrando la información con cuentagotas. En este caso y durante quince páginas, Cano reproduce, sin ni siquiera un punto y seguido y en el más puro flujo de conciencia, los pensamientos de los ocupantes del vuelo que se estrelló contra una de las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001. Un relato magistral, sin melodrama ni grandilocuencia, a veces con un atisbo de humor y al mismo tiempo sin ninguna ligereza.

Cano muestra en varios relatos su ya consagrada capacidad de contar sin desvelarlo todo, dejar espacio a sus lectores para la intuición y el juego, para desarrollar su imaginación a partir de lo que nos dan sus narradores. Su uso de la elipsis y los silencios en «La piscina», «El río» o «Las llaves de casa» permite una lectura activa, construyendo el relato con los retazos que van tejiendo los narradores que, en algunos casos, son también los protagonistas. Además, en esta colección hay también lugar para la extrañeza, como en el delirante «Danubio mecánico» (no puedo describirlo, más allá de la imagen de Angela Merkel saltando de capó en capó… hay que leerlo), el inquietante “Sapore di sale” o en el oblicuo «Aullad, estrellas».

He disfrutado con cada uno de estos relatos. Algunos me han sobrecogido («El río», un relato de un niño frágil y vulnerable), otros me han hecho sonreír («Ikea Crucifixión«… ay, la sorpresa con la que se encuentra ese pobre periodista, atormentado por los celos hacia el dildo de su novia…), otros me han entristecido («La llave de casa», un cuento sobre el maltrato machista). Otros, me han parecido un tratamiento original y profundamente humano de situaciones que atañen a lo colectivo («El puente del 1 de mayo» o «Boeing 767»). Más allá de la valoración literaria —en mi opinión, excelente— estos cuentos también recrean situaciones cotidianas, o no tanto, pero de cualquier manera situaciones en las que nos podemos ver reflejados, nosotros o nuestras preocupaciones, de tal manera que nos hacen pausar y reflexionar si dejar por ello de disfrutar el placer de la lectura. Es difícil encontrar colecciones de cuentos sólidas y coherentes, sin rellenos o relatos forzados. El turista perpetuo es, sin duda, una de ellas.

 

La vida post-ETA: entre la reparación y el inmovilismo

Este artículo ha salido publicado en El Correo el sábado 15 de julio. Lo reproduczo literal aquí, pero añado enlaces a las referencias.

En los últimos días ha habido dos noticias que tienen que ver con la vida post-ETA. Una

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Fuente: noticiasdenavarra.com (NEREA MAZKIARAN)

es el acto que Julen Mendoza, alcalde de EH-Bildu, celebró el 28 de junio en el ayuntamiento de Errenteria en homenaje a tres víctimas del terrorismo de ETA, asesinados en esa localidad: el policía municipal y militante del Partido Socialista de Euskadi Vicente Gajete y los dos concejales del Partido Popular José Luis Caso y Manuel Zamarreño. La otra noticia es la petición de la Fiscalía de la Audiencia Nacional de cincuenta años de cárcel contra las siete personas acusadas por las agresiones contra dos guardias civiles y sus parejas en Alsasua. Una noticia nos habla de reparación, la otra de enquistamiento y revanchismo. Empezaré por la segunda, que es la más desagradable. He defendido en varias ocasiones que las agresiones de Alsasua no deberían ser juzgadas como terrorismo, aunque tampoco se puede decir, como se está repitiendo constantemente en los últimas días, que lo que pasó fuera una mera trifulca de bar. Entiendo que sus familiares y abogados quieran aferrarse a esta defensa, pero cualquier conocedor de la realidad vasca sabe que las cosas por aquí no son tan sencillas. Esas agresiones responden a una lógica del conflicto que sigue viva, una violencia que si bien ya no tiene el recurso a las armas, sigue estando latente en algunos círculos de nuestra sociedad. Es decir, todavía hay gente que cree firmemente que este pueblo (el vasco) tiene un enemigo, encarnado en sus «fuerzas de ocupación» españolas y que, como enemigo, merece la agresión. Esa forma de entender la realidad, dentro de las viejas dinámicas de odio y confrontación, genera una violencia que no se debería banalizar ni hacer pasar por un simple enfrentamiento en un bar entre personas que no se caen bien. Pero el despropósito de la petición de la fiscalía es tal que, si no fuera por la gravedad de los cargos, toda esta cuestión resultaría ridícula. El problema, además del serio peligro en el que están los procesados y el dolor que esta situación está generando a sus familias, es que es un síntoma más del inmovilismo y la actitud vengativa y punitiva del gobierno y de un sector del poder judicial de este país (y me refiero a España). Este inmovilismo —también reflejado en la negativa de entablar un diálogo sobre la dispersión, los abusos policiales o torturas, el reconocimiento de las víctimas de los GAL como víctimas del terrorismo, etc.— pone serias trabas al necesario proceso de convivencia y restauración.

herzogEn contra del inmovilismo habló muy claramente Chema Herzog, entonces concejal del Partido Popular de Errenteria, en ese gran episodio de Salvados que fue «Tres Días en Errenteria», grabado en 2013, dos años después del fin de la actividad terrorista de ETA. Al final del episodio, Chema Herzog dice lo siguiente: «La convivencia se basa en el cese del agravio, porque el agravio lleva al rencor, y el rencor a la venganza […]. Si queremos convivencia, tenemos que tener clara la idea de justicia y reparación. Todas las personas tienen que bajarse de su eterna reclamación […] poner un límite a su rencor porque si no, esto se perpetuará». Poco antes de llegar Évole a Errenteria para grabar el documental, se habían celebrado unas jornadas en las que participaron víctimas tanto de ETA como de abusos policiales, de los GAL y de otros grupos de extrema derecha, y en las que el ayuntamiento, con Julen Mendoza en la alcaldía, tuvo un papel fundamental. El alcalde sembró entonces la semilla de lo que sería el homenaje en exclusiva hecho a las víctimas de ETA la semana pasada. Ya en 2013 reconocía frente a las cámaras que la historia de «lo que aquí ha pasado» no se podía cerrar en falso y que había que dar a las víctimas de ETA el reconocimiento que se merecían. Évole entrevistó también a Miguel Buen, que participó tanto en el homenaje del pasado 28 de junio como en aquellas históricas jornadas. Fue alcalde de Errenteria por el PSE-PSOE durante diecisiete años. Parte de la

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Jesús Eguiguren contemplando los destrozos: Fuente Efe

entrevista se realiza en la Casa del Pueblo, junto con otros compañeros de partido que narran las agresiones que allí sufrieron: veintiocho ataques contabilizados, con cócteles molotov, gasolina, una vez incluso les entraron en la Casa y les hicieron paseíllo para sacarlos a palos. Al alcalde de entonces, Jose María Gurrutxaga, le persiguieron a golpes por el pueblo, dándole una paliza que casi le deja muerto. Entonces, es lógico que la agresión de Alsasua a muchos les haga recordar las prácticas fascistas de aquellos años. Por eso no se puede obviar el contexto en el que ésta se produjo ni minimizar su gravedad. Pero tampoco se puede manipular la realidad al punto de convertir a los siete encausados en chivos expiatorios para satisfacer quién sabe qué intereses políticos, qué deseos de venganza, qué razón punitiva o qué ideología enquistada en, también, la lógica de conflicto.

Paradojas de la historia, Errenteria se ha convertido en un ejemplo en el camino hacia la deslegitimación de la violencia, a pesar de haber sido uno de los municipios más conflictivos de Euskadi, como demuestra el informe el Informe sobre violaciones de derechos humanos y hechos violentos acaecidos en Errenteria de 1956 a 2012, encargado por el Ayuntamiento con la aprobación del PSE, PNV, PP, Ezker Anitza y Bildu. El acto del 28 de junio en el que Julen Mendoza, sin eufemismos ni rodeos, pidió perdón por cualquier daño u ofensa hecha por él o su ayuntamiento a las víctimas de ETA, se suma al trabajo que llevan años haciendo para restaurar la convivencia en ese municipio.

Chema Herzog, en el mismo episodio de Salvados de 2013, se quejaba de que a 470km de distancia (o sea, Madrid), están jugando a azuzarnos a unos contra otros por intereses espurios (sus palabras). En 2017, y tras la petición de la fiscalía en el «caso Alsasua», sus palabras cobran nueva importancia. Mientras que en Euskadi se producen avances como el caso de Errenteria, grupos de trabajo como la Ponencia de Memoria y Convivencia en el Parlamento Vasco (con la ausencia del PP) o iniciativas de base como las tomadas por el colectivo Eraikiz, formado por familiares de víctimas de ETA y de violencias de diverso signo, desde el gobierno español y un sector del poder judicial ajustan las tuercas al máximo y hacen, de un crimen sin duda despreciable y condenable, un caso ejemplar de desproporcionalidad y revanchismo.

Perversión normalizada

Comparto hoy un enlace a mi reseña del libro de Lola Larra Sprinters: Los niños de Colonia Dignidad. Es un libro híbrido en el que se indaga sobre la historia de esta colonia fundada por un ex-nazi en Chile, donde se cometieron un sinfín de abusos y violaciones de derechos humanos. Si te interesa, sigue leyendo aquí.

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No llores, tu padre fue un héroe

Este artículo ha sido publicado en El Correo, edición en papel, el domingo 25 de junio.

La figura del héroe siempre me ha resultado molesta o, cuanto menos, sospechosa. No me malentiendan, no me refiero a la persona que, movida por un impulso profundo de generosidad y amor al prójimo, pone en peligro su vida —muchas veces perdiéndola— por salvar a otro, sino a la comprensión del término y el uso general que le damos en nuestra sociedad actual. El malestar que me provoca el discurso sobre la heroicidad ha vuelto a despertar desde la terrible muerte de Ignacio Echeverría. Cada vez que se produce algo así me surgen las mismas preguntas.

¿Cómo se sentirá una madre cuando su hijo o su hija muere por salvar a otros? ¿Cómo una esposa o un marido, cuando están en plena vida y su pareja sacrifica esa vida y su futuro por alguien que no es un ser querido? A sus hijos les dirán que no lloren, que su padre fue un héroe, o su madre una heroína. A todos los que lloran, con pena, con rabia, con impotencia, les dirán lo mismo: que se tienen que sentir orgullosos, aceptar la muerte de la persona amada porque él también prefirió su muerte por salvar a otros, que ese sacrificio le convierte en alguien superior a todos los demás que quedan aquí, que lloran su ausencia. Se impone así un discurso del triunfo del bien sobre el mal, se anima a aquellos que sufren la pérdida a que se unan a la celebración de ese triunfo, a pesar del dolor. Así, me da la impresión de que la familia sufre doblemente. Primero, ante la muerte repentina del ser querido, que impide cierta preparación. Cuando se nos regala tiempo para despedirnos de alguien porque la muerte es anunciada con una larga enfermedad, da tiempo a arreglar las cosas, a prepararse de alguna manera. Me decía una amiga hace poco, con una tristeza profunda por la enfermedad de su padre, que a pesar de todo estaba contenta por haber hablado con él de muchas cuestiones pendientes y que esa enfermedad terrible le ha dado la oportunidad de descubrir a su padre de otra manera, de mejor manera. Él no podrá vivir mucho más, pero sé que mi amiga ha comenzado el duelo con tiempo, de la forma más sana y menos dolorosa posible. Por el contrario, la pérdida violenta, repentina e inesperada de un familiar provoca un trauma muy difícil de superar porque no estamos preparados para ella. En algunos casos, como el de las víctimas del terrorismo, a la ruptura radical hay que sumar que esa persona muere por culpa de un fanatismo injustificable. La víctima de un ataque terrorista muere en la más absoluta indefensión, sorprendida por el ataque, paralizada por el miedo. Es absolutamente inocente, sin importar los motivos que puedan esgrimir sus asesinos. Y en algunos pocos casos una víctima se rebela y, ante el abuso o ante el miedo a la propia muerte, intenta cambiar las tornas. Y muere.

Esto me lleva a la segunda razón de mi malestar: el uso que la clase política en particular
y la sociedad en general hace del concepto de héroe. Cuando el atentado del 11 de septiembre yo estaba en Estados Unidos. Muy pronto, a pie de calle y tal vez por influencia del relato que se empezaba a crear en las noticias y en los medios políticos, se comenzó a hablar de las víctimas del 11S como héroes, cuando en realidad, que se sepa, sólo algunos lo fueron: los que entraron en las torres (bomberos, policías, voluntarios) intentando salvar a sus ocupantes y murieron en el intento. Todos los demás fueron víctimas inocentes. Esto no les hace menos importantes, pero parece que en ese momento se necesitó convertirlos en héroes, celebrarlos como tales. Esta confusión entre víctima y héroe es cada vez más común. ¿Por qué? Tal vez porque hacerlo da sentido a su muerte cuando el sentido es imposible de encontrar en la motivación del victimario.

Idígoras y pachi

Viñeta de Idígoras y Pachi. Fuente:Jupsin.com

Nos hemos convertido en sociedades impotentes, atenazadas por el miedo, incapaces de entender y afrontar el terrorismo yihadista, de predecirlo. De alguna manera nos ocultamos detrás de la celebración del heroísmo porque crea unidad, crea consenso y rebela ante los ojos de la sociedad algo incuestionable e indiscutible: que somos mejores que ellos, que actitudes como la del joven Echeverría lo demuestran, que pese a su violencia brutal y nuestro miedo, siempre tendremos nuestros héroes. Los políticos son los primeros en poner al héroe de ejemplo, porque en buena medida les solucionan la papeleta inmediata: la atención se desvía hacia el civismo del sacrificado frente a la brutalidad de los victimarios, no nos preguntamos dónde estaba la policía en ese momento ni si nuestros gobiernos nos están dirigiendo irremediablemente hacia un mundo en el que la presencia del terror forma parte de nuestra vida cotidiana. La actuación del héroe oculta la evidencia de su falta de respuestas ante esta situación imprevisible, que nos sacude día sí, día también. Nosotros lo aceptamos porque también preferimos pensar, por lo menos por un día, que entre nosotros habrá alguien que nos asista ante el terror, que todavía entre nosotros los hay que muestran nuestros valores fundamentales: coraje, sacrificio, amor al prójimo. Y esta celebración se impone también a la familia de la persona que se sacrifica. ¿Cómo pueden negar ellos esa verdad? ¿Cómo mostrarse débiles cuando su hijo, su hermano, ha actuado con tanta valentía y firmeza? Las familias que sufren la muerte violenta y traumática de una víctima del terrorismo (sea héroe o no) necesitan llevar a cabo un duelo que normalmente es más complicado que el provocado por una muerte natural. No sólo es la pérdida inesperada, también viene provocada por un victimario ajeno al mundo de la víctima, cuyas razones somos incapaces de entender. Y ese duelo se impide —o por lo menos se suspende— en aras de la celebración colectiva y pública.

Por supuesto que necesitamos personas que no duden en actuar cuando son testigos de una injusticia o un abuso. Siempre las hemos necesitado: cuando en Euskadi teníamos otro tipo de terror instaurado en nuestro entorno hubo unos pocos que lo hicieron, aunque necesitábamos muchos más. Si no fuera porque de vez en cuando surge una de estas personas, nuestro mundo sería mucho más insoportable de lo que ya es y desaparecería nuestra confianza en el género humano. Sin embargo, deberíamos ser conscientes de las razones por las que necesitamos crear un discurso celebratorio sobre la heroicidad y qué ocultamos de nuestros miedos e inseguridades cuando de forma colectiva hacemos de la muerte de una persona una celebración de nuestros valores. También deberíamos plantearnos qué exigencias imponemos a las familias cuando en el momento de mayor desconsuelo les requerimos valor y entereza y les arrebatamos el derecho a un duelo íntimo y necesario.

Tratando de entender: «La cuadra» de Gilmer Mesa

«Llevo dos décadas tratando de entender, no para justificar lo vivido, sino para mirar con caletre qué nos llevó a ser la sociedad que somos». Esta cita viene de las últimas páginas de La cuadra, de Gilmer Mesa, una novela autobiográfica en la que el autor recorre los territorios de su infancia y adolescencia en Aranjuez, su barrio de Medellín. Le tocó vivir los años más duros de la guerra contra el Estado del Cartel de Medellín, muchos de cuyos jóvenes sicarios salieron de este barrio, de la cuadrilla de muchachos entre los que se encontraban los amigos más cercanos y el hermano de Gilmer Mesa. Todos muertos, a manos de la policía o de otros sicarios. Esta novela se escribe desde el recuerdo de esas vidas truncadas y de la muerte, siempre violenta, de todos ellos.

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Con Lola Larra, Gilmer Mesa, Mabel Sandoval  y moderado por Cristina Lleras

Tuve el placer de conocer al autor en la Feria Internacional del Libro de Bogotá. Los dos participamos, junto con Lola Larra y Mabel Sandoval, en una mesa redonda sobre la representación de la violencia. Era la primera vez que le escuchaba hablar sobre su novela y me impresionó la honestidad y la generosidad con la que compartió con nosotros y el público sus vivencias de violencia en Medellín. Hablaba con naturalidad de las prácticas violentas a las que se acostumbró desde niño, como testigo a veces, otras también él como perpetrador. Digo naturalidad porque hablaba de ello sin aspavientos ni melodramas, con un tono pausado, factual pero sin ser frío. Al mismo tiempo era evidente que hacía un esfuerzo por mostrarse tranquilo, por controlar la emoción que hablar del tema, tantos años después, todavía le causaba.

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La novela tiene este mismo tono: factual, pausado, un tono que sin melodrama muestra todo el dolor . La narración en primera persona es fluida, sin puntos y aparte ni párrafos, sólo interrumpida por la división en capítulos, dedicado a cada uno de sus amigos de la cuadra y a su hermano. Reproduce el ritmo de la oralidad y, en buena parte del texto, la misma oralidad de los personajes, dando la sensación de que estamos escuchando al autor contar sus recuerdos, en voz alta, sin tomar aire no vaya a ser que se le escape un detalle, se olvide parte de la historia. Hay, en este sentido, una sensación de urgencia por contar que recuerda al género testimonial, tan arraigado en la literatura latinoamericana de los últimos cincuenta años. Pero esto no significa que no haya un proceso de elaboración imaginativa y estilística. Lo hay, y muy logrado, porque esa cercanía que crea a través de la voz testimonial hace que sintamos el impacto de lo narrado de forma radical y profunda.

No exagero si digo que en varios momentos de la lectura he tenido que parar, cerrar los ojos y soltar el aire poco a poco. Hay pasajes que se leen aguantando el aliento por la brutalidad de lo que se cuenta. Gilmer Mesa no reproduce, sin embargo, los hechos violentos de forma espectacular, no es esta una de esas narconovelas en la que el narrador se regodea en la violencia para entretener a un lector ávido de truculencias. La violencia en La cuadra se muestra porque es parte de la vida cotidiana de sus personajes, unos muchachos que no son ni buenos ni malos. Simplemente existen en este contexto. Está metabolizada, forma parte consustancial de sus vidas, es más, explica en buena medida su existencia. La violencia está naturalizada y con la misma naturalidad se muestra en la novela.

Durante la mesa redonda en la FILBo, Cristina Lleras preguntó a Gilmer Mesa si no corría el riesgo de reproducir esa misma violencia a través de la palabra, naturalizarla de alguna manera y así hacerla aceptable. Gilmer recurrió a una idea similar a la que aparece en la novela y que cito al principio de esta entrada: que él lo que quiere es entender, no justificar, todo aquello que vivió. Y es que todo aquello que vivió es eso: un adolescente que mata para hacerse un nombre en el grupo de sicarios, otro que se inventa el método más eficaz (el «revolión») para violar en grupo a compañeritas de colegio, otro a quien encargan que asesine a su mejor amigo.  El cadáver del hermano acribillado por las balas. Para contar toda esa muerte escribió la novela. Aun así, creo que la pregunta es lícita. Yo me la hago muchas veces: ¿contribuimos a la normalización de la violencia cuando la escribimos y la reproducimos? Es un riesgo, pero creo que una novela como La cuadra ayuda a marcar la diferencia entre la irresponsabilidad de la  recreación de violencia espectacular, que convierte la brutalidad en producto de consumo, frente al tipo de representación que se propone un trabajo de reflexión y crítica profunda, en el que al mostrar la violencia desvela la profundidad de los daños causados y el deseo de que ese daño no pase desapercibido, no se olvide y que, con él, tampoco se olvide a las víctimas.

Si quieres escucharle hablar del tema, pincha aquí. Es una entrevista muy bonita que le hacen al autor.

Vidas precarias

Este fin de semana ha salido esta columna mía en El Correo. Para los que no sois de la margen izquierda del Nervión es posible que no conozcáis la historia de los gitanos de Zorroza, una comunidad marginal que en los años 80 estuvo bastante afectada por el consumo y tráfico de heroína, del que algunos de sus miembros fueron responsables. Ahora es una comunidad que se dedica sobre todo a la venta ambulante y en la que viven también inmigrantes (sobre todo subsaharianos) en condiciones precarias. Su barrio (La Landa) siempre ha sido una zona peligrosa, de pobreza y desigualdad. Hace unos días fue portada de los periódicos locales porque una de sus casas ardió y en el incendio murió un matrimonio muy joven con sus dos hijos, de uno y dos años.

VIDAS PRECARIAS

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Fuente: El Correo

Pasan los días y las noticias sobre el incendio de Zorroza van desapareciendo de las páginas de los periódicos. El edificio en el que se produjo el incendio está tapiado, cerrado a cal y canto para evitar que nadie entre y se le caiga encima. Algunos vecinos están desperdigados por casas familiares, lejos de La Landa. Otros se han quedado y, tras el tumulto de las cámaras y los periodistas, vuelven a la rutina de vivir en uno de los barrios más depauperados de la margen izquierda.

La Landa parece haberse quedado suspendido en el tiempo, en un pasado de viviendas misérrimas, hacinamiento, conflictividad social e inseguridad, que nada tiene que ver con el Bilbao postmoderno y postindustrial chic del perrito del Guggen o la torre Iberdrola. Zorroza —y por supuesto La Landa— no ha entrado en esa postmodernidad que ha convertido a Bilbao en ejemplo mundial de planificación urbana y de transformación postindustrial. La Landa es ese barrio que vemos desde el tren cuando029-CABRA hacemos el trayecto Santurce-Bilbao-Santurce: la casa roja de tres pisos al lado del edificio de cinco plantas, la explanada donde siempre hay aparcadas varias furgonetas y donde toman el fresco los gitanos del barrio; al fondo, más casas antiguas, con sus tejados hundidos, su color grisáceo que recuerda al Bilbao de otros tiempos. De niña, allá por los años 80, recuerdo ver desde el tren a los gitanos que se agrupaban en torno a un pequeño fuego, acompañados de una cabra. Seguramente era la misma cabra que veía en Santurce los días de mercadillo, bailando encima de una lata al son de la trompeta. Hace muchos años que no la veo, ni al señor de dedos nudosos que la hacía bailar. Año tras año, desde la ventanilla del tren, he visto cómo la Ría se ha transformado, cómo han desaparecido muchas de las casas de obreros o las ruinas industriales en Baracaldo o Sestao, y se han levantado viviendas modernas, abierto zonas verdes y paseos para los vecinos del área. Pero La Landa ha permanecido ahí, con esas casas que siempre me parecieron demasiado antiguas, demasiado descuidadas, con cambios que, desde la distancia segura del tren, apenas he ido registrando. Hasta leer en las noticias que una de esas casas ha ardido, que ha muerto un matrimonio joven, su hijo, su hija.

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Fuente: El Correo

Cuando ocurren tragedias como ésta, en la que las víctimas pertenecen a comunidades marginales —gitanos, inmigrantes, “otros”— algunas personas, creo que con poco sentido de la justicia social, tienden a culpabilizarlas: es que no se integran, es que a quién se le ocurre vivir en un sitio así, es que si no pagan impuestos ¿por qué los ayuntamientos tienen que protegerles?, es que… Y parecen olvidar que detrás de cada persona que vive en la marginalidad hay una historia y un contexto. No todos nacemos con las mismas oportunidades, no todos accedemos de igual manera a la educación, no todos podemos elegir dónde vivimos, con quién, cómo. Yo no sé por qué esas personas viven ahí (me imagino que muchos serán descendientes de las primeras familias gitanas que se asentaron en esa zona hace décadas y tienen ahí su comunidad), tampoco sé qué circunstancias han llevado a otros a vivir en este barrio depauperado y alquilar viviendas en un estado tan peligroso (no puede ser otra cosa más que la necesidad), no sé si el ayuntamiento de Bilbao es responsable legal o no de la situación de esos edificios (aunque sí creo que el ente público debe proteger a todos los ciudadanos y que una vivienda digna es un derecho fundamental). No tengo el suficiente conocimiento ni de la vida de esas personas ni de su historia con las instituciones para emitir un juicio ni para echar la culpa a nadie. Sólo sé que el progreso siempre deja a los más débiles detrás y que en ese abandono se gestan tragedias como ésta. Son ellos, y no los que tenemos las necesidades básicas cubiertas (no ya comida, sanidad y educación, también un techo que no se nos cae encima, agua caliente, una puerta con la que cerrar con llave nuestra vivienda), son ellos, digo, los que se han quedado fuera del proyecto de bienestar del que tanto presumimos en Euskadi. Y ese “ellos” cada día es más numeroso: las chabolas, las casas a punto de derrumbarse de los barrios a los que han sido expulsados todos los que no tiene la suerte de subirse al carro del progreso, no están ocupadas sólo por estas comunidades siempre marginales (gitanos o inmigrantes), sino que este capitalismo feroz en el que vivimos está arrasando también con aquello que en su momento se llamaba clase obrera y que ahora se ha empezado a llamar “el precariado”. Un reportaje de este mismo periódico desvelaba el 31 de mayo que 38.616 familias vascas tienen graves problemas para pagar la hipoteca o el alquiler de una vivienda y que 61.000 familias de Euskadi (el 7% del total) están ya al borde de desahucio.

La tragedia de Zorroza puede repetirse en La Landa o en otros tantos puntos de nuestra geografía que acogen a los expulsados de este sistema instalado en la crisis perpetua. Llegará el día en que el proyecto Punta Zorroza, con sus más de dos mil viviendas nuevas, se inaugure, el día en el que estas viejas casas imposibles de rehabilitar se acaben de expropiar, el día en el que sus vecinos serán reubicados (si tienen suerte y no acaban en la calle) a algún otro barrio marginal. Pero éste no ha sido un accidente de la mala fortuna o un drama gitano, sino consecuencia de un proceso de exclusión que forma parte consustancial de nuestro sistema socioeconómico. ¿Cuántas casas abandonadas están ocupadas por familias en situación de precariedad o desahuciadas, cuántas personas que han perdido su casa alquilan pisos que no reúnen las condiciones mínimas de seguridad? La tragedia de La Landa tiene la peculiaridad que ocurrió en el seno de una comunidad gitana que, por decirlo de alguna manera, formaba parte visible de nuestro paisaje. Pero esta tragedia puede pasar en cualquier otro lugar en el que se refugien personas en situación de pobreza grave en Euskadi. Le podría ocurrir a cualquiera de los 104.177 individuos que, según el gobierno vasco, están en esa situación. O a cualquiera de las 350.688 personas que están en riesgo de caer en ella. A cualquiera. Y cada uno de ellos tiene su vida, su historia, y su contexto.

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