Muerte de un mantero

Escribí este artículo a raíz de la muerte de Mame Mbaye Ndiay y la intervención desmesuradamente violenta de la policía durante la noche del jueves 15 de febrero en el barrio de Lavapiés. Transcribo el artículo al completo, publicado el 17 de marzo en El Correo.

Muerte de un mantero

El jueves, 15 de marzo ha muerto en la Calle del Oso (Barrio de Lavapiés, Madrid), Mame Mbaye Ndiaye, un hombre senegalés de 34 años. Era mantero y vendía perfumes, ese día en la Plaza Mayor. Pasó lo que pasa muchas veces: aparece la policía, el mantero tira de la manta y echa a correr con la mercancía y la policía en sus talones. En este caso, la carrera de un kilómetro acabó cuando Mame Mbaye Ndieye cayó desplomado y murió de un infarto. Pocos horas después, ardía Lavapiés: contenedores y mobiliario urbano como barricadas, protestas espontáneas y una respuesta policial de una violencia desmesurada, como atestiguan los numerosos vídeos en las redes sociales.

No me sorprende esta violencia contra africanos manteros de Lavapiés porque he sido testigo de ella. La noche del martes 3 de febrero de 2015, poco minutos después de las once de la noche entraba en la plaza Tirso de Molina desde la Calle Magdalena cuando vi aparecer atravesando la plaza como una exhalación un grupo de africanos con sus fardos a cuestas. A esas horas lo normal es que pasen por el barrio tranquilos, en pequeños grupos de cinco o seis, charlando animadamente hasta sus hogares, la mayoría en la parte baja del barrio. Pero los hombres de este grupo, tal vez diez o doce, corrían y gritaban, miraban hacia atrás despavoridos, evidentemente huyendo de la policía. Pocos segundos después vi a otro joven africano adentrarse en la plaza seguido muy de cerca por dos policías nacionales. En cuestión de segundos uno de los agentes consiguió alcanzarle, empujándole con fuerza al hacerlo. El joven africano medio cayó al suelo y, mientras intentaba mantener el equilibrio, el agente le golpeó con su porra repetidamente. El joven se incorporó intentando librarse de los golpes y gritando. Para ese momento, yo me había acercado y pude ver claramente cómo el policía lo empujaba contra la pared ayudado por golpes de porra. Cuando tuvo la espalda del joven contra la pared le puso la porra en la garganta para reducirlo. El joven se movía espasmódicamente y consiguió librarse parcialmente, dar varios pasos, todavía gritando despavorido, mientras ahora los dos agentes le pegaban con sus porras. Lo pusieron encima de uno de los maceteros de cemento que hay en la parte superior de la plaza y ahí, mientras el joven gritaba, siguieron pegándole, forzándole uno de los brazos para ponerle las esposas. En ese momento vi que un chico se acercaba a los agentes, pidiéndoles que por favor dejaran de maltratarlo, que intentaran calmarlo porque claramente estaba en estado de pánico. Yo salí de mi estupor y también me acerqué a ellos. Al ver al joven africano de cerca me di cuenta de que tenía la boca llena de sangre, que sus espasmos eran más de pánico que de rebeldía, que tenía la mirada y la cara desencajadas por el miedo. Otras dos chicas se sumaron al corrillo y después lo hicieron tres o cuatro personas más. En total éramos unas 10 personas observando la escena y pidiendo a los dos policías que por favor dejaran de maltratarlo, que no estaban ante un criminal sino un pobre chico que vendía bolsos. Parecía que los ánimos se iban a calmar un poco, incluso pensé en un momento que igual conseguíamos que por lo menos dejaran de pegar al joven africano. Pero en ese momento oí las sirenas y vi que se habían estacionado cerca dos furgones de policía y un coche. Bajaron lo que me pareció un contingente demasiado grande de agentes, se desplegaron en formación como si fueran a atacarnos y, de muy malas maneras uno nos dijo gritando, y cito: “iros a vuestra puta casa”. Yo, que estaba justo al lado de los dos agentes y el joven africano, recibí un empujón para que me retirara y así pudieran pasar los agentes con el joven detenido, a quien finalmente se llevaron esposado. La brutalidad de la detención, la violencia excesiva e injustificada contra un joven indefenso, la total falta de empatía de los agentes hacia el sufrimiento de este ser humano, el desprecio con el que trataron al grupo de ciudadanos que con palabras intentaban defenderlo, me llenaron de rabia y tristeza.

Al día siguiente fui a una de las asociaciones de Lavapiés que defienden los derechos de inmigrantes. Les conté lo que había visto y me dijeron que esa actuación era normal. Les pregunté qué podíamos hacer. Me dijeron que les diera la descripción del chico, a ver si le conseguían encontrar. Sin encontrarlo tampoco podrían cursar una denuncia. Les envié por escrito mi testimonio, en el cual me he basado para escribir este texto, y quedamos en que si conseguían encontrar al chico me llamarían para testificar. Nunca lo hicieron.

Si yo fuera Mame Mbaye Ndiaye también hubiera corrido despavorida, hubiera puesto mi cuerpo al límite para escapar de una detención brutal que posiblemente acabaría con la expulsión del país, pasando por un CIE. Si yo fuera los compañeros de Mame Mbaye Ndiaye también estaría ahogada por la rabia y la tristeza, como a mi modo y desde mi posición de privilegio lo estoy: por su muerte, por aquél chico del que nunca supe su nombre, por todas las personas migrantes que llegan a nuestro país —si no mueren antes en el tránsito— buscando una vida mejor y acabamos destrozándosela.

Las tierras arrasadas de Emiliano Monge

Escribí este comentario para La Marea sobre «Las tierras arrasadas», una novela del mexicano Emiliano Monge que me ha impresionado y conmovido. La recomiendo.

¿Qué ocurre cuando la violencia es la única forma de relación con la realidad que uno conoce, cuando la vida es una continua lección de crueldad y maltrato, cuando no se entiende otra moral que la del daño? ¿Qué ocurre cuando vivir significa matar, cuando la disyuntiva no se plantea entre vida o muerte, sino entre la muerte propia y la ajena? En situaciones de extrema violencia, ¿quién se salva de convertirse en verdugo salvo los que no sobreviven?

Me surgen estas preguntas al leer Las tierras arrasadas (Literatura Random House), del autor mexicano Emiliano Monge, una novela desgarradora sobre los secuestros de migrantes centroamericanos que emprenden El viaje al Norte: el cruce a través de México para llegar a los Estados Unidos. Seguir leyendo

 

Vuelta a los orígenes

Reproduzco aquí este artículo que se publicó el 8 de marzo en El Correo.

A mí me parece muy bien que Cristina Cifuentes o Inés Arrimadas no secunden la huelga del 8M. Hacerlo sería una hipocresía, como lo es que sus partidos participen en la celebración del orgullo gay. Pero que sean consecuentes y digan, a las claras, que no son feministas. El feminismo de derechas no existe. El feminismo, como ideología de igualdad social, es incompatible con la defensa de las estructuras socioeconómicas y políticas del patriarcado y del neoliberalismo. Es como decir que Pilar Primo de Rivera, por tener un perfil público y político durante el Franquismo y ser mujer, era feminista, cuando lo que hizo fue institucionalizar la sumisión de la mujer. El hecho de que una mujer esté en política, tenga carácter o tome decisiones importantes no significa que sea feminista. El hecho de que una mujer opine sobre temas de mujeres no significa que sea feminista. El feminismo es una ideología de igualdad radical —esto es, igualdad desde la raíz— y la derecha neoliberal del PP o Ciudadanos lo que defiende es, precisamente, la desigualdad, el privilegio de los poderosos y la continuación de la explotación de los más vulnerables. Tampoco nos tendría que sorprender que estas mujeres estén en contra de la huelga feminista porque pertenecen a partidos que no son particularmente favorables a la lucha por los derechos de los trabajadores. El 8M es, que no se nos olvide, unaarton4372-79c6a celebración que tiene su origen en las protestas de las mujeres trabajadoras que, desde mediados del XIX y con su incorporación al trabajo en fábricas, protagonizaron huelgas multitudinarias en Europa y Estados Unidos. Y que tampoco se nos olvide que la primera propuesta de celebración de un día internacional de la mujer la hizo Clara Zetkin durante la II Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas en 1910. Y que fue un 8 de marzo de 1917 cuando las mujeres rusas se sublevaron ante la escasez de alimentos y dieron paso a las revueltas que en octubre acabarían con el régimen zarista.

Así que lo que celebramos hoy —o por lo menos lo que yo celebro— es a la mujer trabajadora y lo hacemos —o por lo menos yo lo hago— desde el convencimiento de que el feminismo es una ideología y una práctica política que busca no sólo alcanzar los derechos que nos faltan para estar en igualdad de condiciones con los hombres (aquí habría que hablar de brecha salarial, techo salarial, falta de representación en instituciones, conciliación laboral, por supuesto violencia machista, etc), sino que busca transformar la sociedad desde sus estructuras más profundas. Reducir el feminismo a la lucha por beneficios individuales siempre ha llevado a su paralización como proyecto, hasta que las mujeres se dan cuenta de que todavía —sí, todavía— hay mucho por lo que luchar. Es el caso, por ejemplo, del sufragismo. Cuando las feministas de principios del siglo XX se centraron en la lucha por el sufragio, lo hicieron desde una concepción de la universalidad limitada al privilegio de la clase burguesa y blanca. Emma Goldman, la 200px-Portrait_Emma_Goldmananarquista feminista de origen lituano que residió la mayor parte de su vida en EE.UU., criticaba el sufragismo porque veía claramente sus limitaciones: el sufragio no incluía ni a las mujeres negras ni a las prostitutas, era un movimiento de mujeres en su mayoría burguesas que no tenían que preocuparse de otras injusticias inmediatas, como sufrir jornadas de 12 horas en regímenes de explotación inhumanos, sin derechos reproductivos y sometidas a instituciones opresivas: el Estado, la religión, la familia, el matrimonio. Para Goldman el sufragio mal llamado universal no era la prioridad, sino cambiar las estructuras sociales que causaban la pobreza radical, que condenaban a la mujer a la explotación sexual y laboral, que la hacían ignorante e incapaz de defender sus intereses y derechos. Y estaba convencida de que el derecho a votar no iba a suponer el triunfo del feminismo, sino la perpetuación de una sociedad radicalmente injusta. Y no estaba tan desencaminada. Lo mismo ha pasado con otras olas de feminismo posteriores, que se enfocaban exclusivamente en la consecución de derechos inmediatos o se contentaban con alcanzarlos, como en España el derecho al aborto o el divorcio. Una vez que se consiguen esos derechos —que, por supuesto, son triunfos indiscutibles— nos relajamos, pensando que el feminismo ya ha cumplido su función y que por tanto se convierte en una ideología obsoleta o innecesaria. Hasta que salta la liebre de nuevo. Ahora ha vuelto a saltar, en buena medida gracias al #MeToo y la visibilidad que ha dado al abuso y al acoso de la mujer, pero también por otros temas en los que el feminismo tiene mucho que aportar, como el de la gestación subrogada y la necesidad de cambiar la legislación sobre violencia machista.

Por eso hoy, Día Internacional de la Mujer, he querido volver a los orígenes difusos pero indiscutibles de esta celebración y recordar el espíritu que impulsó a mujeres como Zetkin o Goldman a luchar, desde una idea de sororidad universal, por un cambio radical y profundo de las estructuras sociales, mujeres que no se conformaron con la consecución de derechos individuales e inmediatos, sino que se atrevieron a imaginar un mundo de igualdad y justicia social.

 

Representar la ausencia

Este artículo fue publicado el 24 de febrero en El Correo, en papel. Lo reproduzco íntegro aquí, añadiendo, con permiso de Eduardo Nave, sus fotografías.

Como parte del ciclo «Luces en la memoria: Arte y conversaciones frente a la barbarie de ETA», el Koldo Mitxelena Kulturunea de Donostia aloja estos días, comisariada por Fernando Golvano, una exposición de Eduardo Nave titulada «A la hora, en el lugar. 2008-2013». Se trata de un conjunto de fotografías tomadas a la misma hora y en el mismo lugar en el que ETA había asesinado. La mayoría de las fotografías están sobriamente montadas sobre un soporte muy sencillo, con una luz cenital que las alumbra y que deja leer los textos periodísticos que las acompañan (titulares, transcripciones de noticias en la radio) y los datos concretos del asesinato: nombre de las víctimas, del lugar, fecha y hora. La sobriedad de la exposición acompaña sabiamente a la tragedia que se recuerda.

Tuve la oportunidad de ver la muestra el mismo día que participaba en un coloquio titulado «Relatos y reconocimientos en torno a las víctimas del terrorismo». Para este coloquio había preparado un breve texto sobre la necesidad de realizar un duelo colectivo. Proponía que frente a los discursos de «superar» el pasado, nos atrevamos a reimaginar nuestra sociedad en base a la vulnerabilidad y la pérdida, en base a todo eso que hemos perdido como consecuencia de la violencia, empezando por reconocer nuestras pérdidas humanas. Este mes de febrero se han cumplido varios aniversarios importantes: Joseba Pagazaurtundua, Francisco Tomás y Valiente, Fernando Buesa, nombres que no se olvidan por la conmoción social que provocaron sus asesinatos. Pero hay otras víctimas que han pasado mucho más desapercibidas. En este trabajo que nos queda por hacer, lo que más nos cuesta es reconocer a las víctimas uniformadas, aquellas que nunca quisimos ver ni aceptar como parte de nuestra sociedad, en algunos casos ni siquiera como parte de nuestra humanidad. La mayoría son víctimas anónimas a las que no hemos puesto ni nombre ni rostro. Además de esas pérdidas irremediables, también perdimos a todos aquellos que tuvieron que dejar Euskadi por las amenazas que veían cumplidas en otros. Perdimos el espacio de lo público porque los más violentos se adueñaron de la calle (algunos recordarán aquellas concentraciones de Gesto por la paz en la que unos pocos se enfrentaban a insultos y amenazas de los «contramanifestantes»). También muchos perdimos la libertad y la capacidad de disentir (en el feminismo, en el ecologismo, en la insumisión): todas esas formas de rebeldía cooptadas por el aparato político de ETA, y en el caso de la juventud, por Jarrai. Sucumbimos a la inercia del que grita más alto y más fuerte. Y, aunque nos cueste aceptarlo, también perdimos la capacidad de empatía con aquellos que sufrieron otro tipo de violencia, como el terrorismo de Estado o el abuso policial. Esa pérdida también hay que incorporarla, aunque en el contexto de esta reflexión no dedique el espacio que merece.

Como consecuencia nos queda una incapacidad para reconocer que de esas vidas destruidas no son sólo responsables aquellos que apretaron el gatillo, aceptar que esas pérdidas son nuestras, colectivas. El trabajo de duelo significa asumir la pérdida y que la vida ya no es la misma; significa reimaginar nuestra narrativa vital en base a la incorporación de la pena y de la ausencia. A través del duelo se puede establecer un «nosotros»: cuando consideramos como parte de nuestra comunidad, de nuestra vida, a aquellos que han sido arrancados de ella por la violencia. Porque la pena nos vincula al otro, y nos vincula todavía más a aquello que hemos perdido, que está ausente porque ha desaparecido pero al mismo tiempo presente.

Ausencia y presencia, pérdida y duelo. Esto es, precisamente lo que subyace en la exposición «A la hora, en el lugar». Las fotografías hacen visible la violencia a través de la reproducción del espacio donde se ejecutó. Es la evidencia de aquello que ha desaparecido —la vida humana arrebatada— y la constatación de que los lugares tienen memoria si les otorgamos la narrativa que los explican, que los dota de significado. Calles vacías, bancos desiertos, portales, entradas de garajes, encrucijadas, paisajes —como el bosque en el que encontraron a Miguel Ángel Blanco— en los que la maleza y la naturaleza, en los que la vida, al fin y al cabo, ha seguido su ritmo. Pero la fotografía, contextualizada por el ejercicio de memoria, nos devuelve otra realidad: la ausencia de los que murieron en esos enclaves es tan real como lo fue su muerte. Es una invitación a sentir la pérdida y a aceptar que estamos rodeados por los fantasmas de la violencia.

En el medio de la sala, un expositor en blanco salvo por esta leyenda: «10 de noviembre. El único día en el que ETA no ha cometido, en ningún año, ningún atentado con víctimas mortales». Un solo día del calendario entre 1968 y 2011 en el que no hay una víctima que lamentar. Lo miro perpleja, lo fotografío. ¿Puede ser esto cierto?

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Fotografía tomada en la exposición, reproducida aquí con permiso del autor. Puedes consultar la página que Eduardo Nave dedica a esta obra aquí.

No hay preguntas

Este artículo se publicó el 15 de febrero en papel en El Correo y El Diario vasco. Lo transcribo aquí en su totalidad.

El 7 de febrero participé en un encuentro en Barcelona titulado «Dialogar: la paraula/la palabra compartida». La iniciativa partió del escritor Gabi Martínez y consistía en crear un espacio público donde conversar de manera reposada sobre la situación de Catalunya. Me acompañaban en la mesa los escritores y periodistas Jordi Puntí e Ignacio Vidal-Folch. El encuentro se celebró en la Biblioteca Jaume Fuster y lo moderó, con gran tino, Òscar Carreño. Los asistentes eran en su mayoría personas de más de cincuenta años, como suele ser el caso en casi todos los coloquios de sesgo político en los que he participado.

Cada uno expusimos un punto de vista diferente sobre conceptos ya muy desgastados por la retórica política, tanto en torno al tema vasco como en el presente catalán: equidistancia, diálogo, conflicto. No creo que dijéramos nada extraordinario ni que ofreciéramos ningún tipo de solución ante lo que los tres consideramos un deterioro de la capacidad de dialogar en el espacio público, pero creo que expusimos ideas interesantes desde ópticas muy diferentes, algunas claramente enfrentadas. Como siempre que participio en un coloquio con personas que son capaces de limar asperezas a través de un trato respetuoso, salí del encuentro con una doble sensación que, si no es contradictoria, sí me hace reflexionar sobre los límites de la comunicación. Por un lado noté que los tres, en algún momento de la discusión, conteníamos nuestro arrebato argumentativo en aras de una cordialidad que no queríamos romper (si mis compañeros de mesa leen esto y piensan lo contrario, espero que me corrijan), lo que contribuyó por una parte a la fluidez y el ambiente reposado del encuentro, pero también minó la posibilidad de profundizar en nuestros desencuentros. Y es precisamente de los desencuentros —cuando no terminan en ruptura o se convierten en monólogos paralelos— de donde se puede aprender. ¿Dónde está el límite del desencuentro y dónde empieza esa ruptura?

Después de una hora conversando, llegó el momento de ceder la palabra al público. No había preguntas, sólo comentarios que dejaron al descubierto lo difícil que es comunicar con eficacia y que te escuchen. Y, paradójicamente, los comentarios se centraron en la incomunicación, uniendo en una misma argumentación la cuestión lingüística y la falta de diálogo. Tengo que aclarar que el encuentro se realizó en castellano y catalán. Antes de subir al escenario hablamos de cómo nos sentíamos todos más cómodos. A mí me pareció bien que quien quisiera hablar en catalán lo hiciera, ya que puedo entender la gran mayoría de lo que se dice. Hubo dos mujeres que hicieron comentarios en castellano y expusieron que hay una brecha para ellas insalvable entre las dos partes del «conflicto», una de ellas defendiendo el castellano como la lengua de comunicación común. A esto respondieron otras dos mujeres en catalán. Una se quejó de la negativa de muchos castellanoparlantes a aprender el idioma, después de estar viviendo décadas en la región, y argumentaba que por qué ella iba a dejar de hablar su idioma por culpa de ellos. Otra señalaba cómo la cuestión lingüística se está usando como arma arrojadiza entre unos y otros y cómo esto constituye una perversión de la convivencia. No se lo pude decir en el momento, pero me pareció un comentario muy acertado. Siempre he admirado la capacidad de los catalanes de navegar entre las dos lenguas sin detrimento de la comunicación. Esta fluidez entre las dos lenguas y culturas (y por tanto entre dos formas de mirar, procesar y comunicar la realidad) ha sido imposible en Euskadi por la dificultad que entraña el euskera. Aunque esta fluidez se siga dado en el uso cotidiano, el recrudecimiento de la cuestión lingüística como herramienta de la batalla política —por parte de unos y otros— muestra cómo la incomunicación, la absoluta separación entre las dos concepciones de la realidad, es parte del proyecto político de los más radicales en los polos opuestos: aniquilar la capacidad de dialogar usando como estrategia el atrincheramiento en una sola lengua. Porque, ¿qué es atrincherarse en una lengua sino una forma de agresión? Yo no hablo tu idioma porque a ti no te da la gana aprender el mío y, desde el rencor que siento hacia tu actitud, me niego a comunicarme contigo en tu lengua, aunque la sepa. Y su reverso: yo no aprendo tu idioma porque deberías comunicarte en el mío, que es el de la mayoría y el que entiende todo el mundo y desde mi desprecio a tu posición minoritaria, impongo mi voluntad, que es política y afectiva. Así es fácil olvidar que el valor fundamental del lenguaje es la comunicación, no la defensa de una identidad, ni catalana ni española, y que cuando las lenguas se usan como forma de exclusión, agresión u ofensa a otra identidad, rompemos la sustancia misma que las conforma y toda posibilidad de comunicación.

Después de la intervención de la mujer que denunciaba el uso perverso de la lengua como arma política, un hombre, visiblemente enfadado, preguntó en castellano: «¿y esto es motivo para pedir la independencia?» Esa fue la única y última pregunta. Se agotó nuestro tiempo.

El acoso y una de ninjas

Este artículo ha sido publicado en El Correo el 22 de enero de 2017. No añade nada nuevo a la polémica —de la que ya se ha escrito mucho— sobre #Metoo y las francesas más que una anécdota personal e ilustrativa. Pero esta anécdota muestra —o así lo creo yo— que denunciar el acoso no es sinónimo de victimismo. Y que se puede ser víctima de un acoso y al mismo tiempo enfrentarse a él con todas las armas que una tiene a mano. Incluso los puños. Muestra que defender tu propio cuerpo de lo que consideras una agresión es un derecho fundamental y nada tiene que ver con el puritanismo.

Cuanto tenía 17 años me peleé con un armario de más de dos metros en un bar. En aquella época no había botellón y la marcha consistía en ir de bar en bar, bebiendo y bailando, fumando un poco de todo, observando de lejos a tus fichajes favoritos. Siempre había algún baboso que… seguir leyendo

La coartada de los hipócritas

Dejemos el escándalo para los moralistas trasnochados. Ha llegado el tiempo de la exigencia y de la acción.

Hace poco El Correo me invitó a hacer una reflexión sobre las reacciones de estos últimos meses a la avalancha de denuncias por acoso sexual, los alegatos de los abogados defensores de ‘La Manada’ y la denuncia de una adolescente de 15 años de haber sido violada por tres jugadores de fútbol. Me preguntaban si, ante el fuerte rechazo que hemos visto —sobre todo en las redes sociales—, podría ser esto el inicio de un gran cambio. Respondí con cierto escepticismo. Elaboro ahora esa respuesta algo apresurada y la actualizo al hilo de lo ocurrido en Los Globos de Oro con la protesta de las actrices y algunos actores, que vistieron de negro contra el acoso.

Mis dudas sobre la posibilidad de una transformación real radican en la posibilidad de que todo este furor se desinfle ante la magnitud del cambio necesario y que el movimiento de repulsa no se transforme en acción política. La reacción en las redes sociales ha sido la creación de movimientos de solidaridad y denuncia, como el #YoTeCreo, #MeToo, #NiUnaMás, etc. Estos espacios virtuales se han convertido en una comunidad afectiva donde encontrar testimonios que corroboran la ubicuidad del abuso, un archivo creciente de denuncias y una red de solidaridad que puede facilitar movilizaciones y acciones futuras. A estos esfuerzos para visibilizar la violencia machista y el abuso sexual se han sumado mujeres y hombres, demostrando que, desde un feminismo plural y distintos grados de militancia, una parte de la sociedad ha dado un gran paso: reconocer que este problema no pertenece el ámbito de lo privado (no son, como diría alguno, acciones de sádicos aislados), sino que es un problema que se genera y se reproduce dentro de un sistema patriarcal que, por serlo, es fallido. Falla nuestra educación. Fallan nuestras instituciones públicas. Falla la misma ley que rige tanto nuestras vidas privadas como las políticas ciudadanas.

En contraste con estas iniciativas que exponen sin tapujos la necesidad de un cambio radical en la educación y las instituciones para conseguir una verdadera igualdad entre hombres y mujeres, en los últimos meses algunos medios de comunicación han expuesto la parte más escabrosa de estos sucesos, explotando comercialmente el escándalo. Según el periódico ABC, la audiencia de los programas televisivos matinales en los que se ha seguido con detalle y buena dosis de tertulianos el juicio a «La Manada» ha aumentado significativamente. El escándalo provoca ruido, aspaviento, indignación. Invita a contemplar, desde la comodidad del sofá, el horror o la injusticia como si todo eso no fuera responsabilidad propia, como si las acciones de «La Manada», las denuncias de las actrices de Hollywood contra Harvey Weinstein, o el relato de abuso de Leticia Dolera, fueran sucesos ajenos a lo que pasa cada día en nuestros barrios, nuestros trabajos, nuestras escuelas, detrás de los muros de nuestros hogares. El escándalo es la coartada de los hipócritas. Porque, ¿cuántas veces, entre risas, se dice que una mujer ha llegado a un puesto de poder porque se ha arrodillado muchas veces, y no precisamente para rezar?, ¿cuántas eso de que «si no quieren que las violen, que no se vistan como putas»?, ¿cuántas el chiste zafio de «cuando dicen no, realmente están diciendo que sí»? Nos echamos las manos a la cabeza ante hechos que repetidos ad nauseam se han convertido en parte de nuestro «acervo popular». Escandalizarse ya no cuela. Lo que mantiene a una mayoría pegada a las televisiones mientras destripan la vida de una víctima es puro morbo. Tal vez algunos se indignarán sinceramente, pero la indignación —lo hemos comprobado ya demasiadas veces— tiene poca mecha. Es el estallido necesario, pero los que se mantienen en la lucha son los que transforman su indignación en acción.

Así que, si queremos intervenir en la transformación de la vida política e institucional, si queremos imaginar un futuro de igualdad real, no nos podemos dejar engatusar por el espejismo del escándalo. Los medios de comunicación deben asumir que ellos también son parte del problema, que siguen «educando» a la ciudadanía en la aceptación del patriarcado como único sistema ideológico, político y social posible y que presentan esos sucesos como eventos extraordinarios cuando, por desgracia, no lo son. Y con todo esto perpetúan el abuso y la violencia contra la mujer. Dejemos el escándalo para los moralistas trasnochados. Ha llegado el tiempo de la exigencia y de la acción: revisión total de nuestro sistema educativo empezando por la educación sexual; compromiso por parte del Estado de destinar más presupuesto para luchar contra la violencia machista; revisión de las leyes de maltrato, y un largo etcétera. Necesitaríamos un Pacto de Estado para una reforma constitucional en la que se establecieran claramente derechos fundamentales de la mujer (a una vida sin violencia machista, a derechos sexuales y reproductivos, a la conciliación, a la participación en paridad en instituciones, etc.). En definitiva, un cambio político e institucional desde una óptica feminista, que es la única posible si realmente creemos en la igualdad entre hombres y mujeres.

Este artículo se publicó el 9 de enero en El Correo (On+ y en papel) y en El Diario Vaco.

 

 

 

Sobre la tortura

A raíz de la controversia que ha habido con ‘El informe sobre tortura’, presentado ante el Gobierno Vasco por Franscisco Etxebarria, ayer publiqué en El Correo este artículo sobre las dificultades que supone la investigación de la tortura y sobre la necesidad de visibilizarla, admitir su existencia y atender a sus víctimas.

La tortura y la sospecha razonable (publicado el 29 de diciembre de 2017)

«La mera sospecha razonable de la existencia de la tortura debe llevar a cualquier persona o institución comprometida con los valores de la democracia y los derechos humanos a despejar esa duda y a tomar cuantas medidas sean necesarias para prevenir este fenómeno». Así se advierte en el «Informe sobre tortura», preparado por un equipo de investigación liderado por el reputado médico forense Francisco Etxeberria y por encargo de la Secretaría General de Derechos Humanos, Convivencia y Cooperación del Gobierno Vasco y el Instituto Vasco de Criminología. De esta manera el documento reconoce la fragilidad y la subjetividad que conlleva la investigación de la tortura, en la que no es fácil obtener certezas absolutas y verdades comprobadas.  Pero esto no significa renunciar a realizar un estudio científico: el informe recoge los antecedentes y elabora un censo de denuncias por torturas y malos tratos entre 1960-2014, de los cuales una treintena cuenta con pruebas judiciales y de peritaje del Tribunal Supremo y del Tribunal de Derechos Humanos de Naciones Unidas; además, hay otros doscientos dos casos a los que se ha aplicado el Protocolo de Estambul como prueba pericial para establecer su credibilidad. Pero el total de denuncias recogidas asciende a 4.113 casos. Entre la sospecha razonable o duda y la elaboración científica hay un amplio espacio gris que ha provocado no pocas críticas debidas a este desajuste entre el aporte de pruebas científicas y la aceptación, como base para el estudio, de testimonios no ratificados.

Ante estas críticas, hay que recordar que la tortura es un crimen difícil de demostrar, tanto por los efectos que causa en la víctima como por la impunidad de la que generalmente goza el torturador. El objetivo de la tortura (ya sea física o psicológica) es deshumanizar al torturado, infligir en él un sufrimiento y un miedo de tal calibre que anule su voluntad, que deje al individuo en un desamparo, una desnudez y una vulnerabilidad de la que es difícil reponerse. La víctima, en la mayoría de las situaciones, tiene miedo a denunciar inmediatamente, ya que para ello debe ampararse en el mismo sistema del que forman parte sus torturadores. En otras ocasiones —y de esto han dado cuenta los tribunales— la persona torturada ha testificado ante un médico forense, pero éste no ha recogido sus denuncias. Varios organismos internacionales han condenado al Estado español por no investigar denuncias y/o por no haber practicado las pruebas necesarias en el momento de la denuncia. Que un torturado sea capaz de demostrar el daño sufrido en el momento que este se produce es, por estos motivos, muy complicado. Pretender que un estudio sobre la tortura sea cien por cien científico es exigir un imposible y negar a priori la validez del testimonio de la víctima.

El PSE-EE ha rechazado el estudio de Etxeberria porque, según ellos, «medio siglo de terror de ETA se resume a 840 asesinados y más de 3.400 torturados», «alimenta la teoría de un conflicto que nunca ha existido», y olvida la labor de «una inmensa mayoría de funcionarios policiales y judiciales en defensa del Estado de Derecho». Creo que esta reacción —otro síntoma de la batalla por el «relato»— proyecta sobre el informe una intencionalidad política ausente en él. En sus conclusiones no se equipara la violencia de ETA con la de las Fuerzas de Seguridad del Estado. Tampoco se justifica la una por la otra ni se habla comparativamente de las víctimas. El estudio se centra exclusivamente en la práctica de la tortura, no en la actuación global de las FSE y, por eso mismo, no tendría ningún sentido esa valoración que reclama el PSE. Investigar la tortura no significa dar carta blanca a ETA ni justificar su violencia. Dicen que no aceptan el informe ni en contenido ni en forma, pero muchos de sus militantes también fueron torturados durante el franquismo. Lo que me lleva a pensar que su negativa igual tiene más que ver con lo que algunos en la izquierda abertzale puedan hacer con esta información, que es precisamente perpetuar la versión del «conflicto» según la cual lo suyo ha sido una guerra justa. Otra vez, la batalla por el «relato».

Me da la impresión de que este documento no aspiraba a convertirse en verdad incuestionable ni en arma política, sino que la función de esta suma de testimonios, investigaciones, sentencias e interpretaciones, sería otra: visibilizar la tortura y hacerla una parte ineludible en los debates actuales sobre memoria, derechos humanos y convivencia. Negar la existencia de la tortura nos impide entender una parte importante de lo que nos ha pasado. Silenciarla, nos incapacita para ver y atender a sus víctimas. Quedan muchos asuntos pendientes por resolver y muchos pesan sobre ETA y sus colaboradores, pero la tortura también lo es. Reconocerlo no anula ninguna cuenta pendiente.