Escribí este artículo a raíz de la muerte de Mame Mbaye Ndiay y la intervención desmesuradamente violenta de la policía durante la noche del jueves 15 de febrero en el barrio de Lavapiés. Transcribo el artículo al completo, publicado el 17 de marzo en El Correo.

Muerte de un mantero

El jueves, 15 de marzo ha muerto en la Calle del Oso (Barrio de Lavapiés, Madrid), Mame Mbaye Ndiaye, un hombre senegalés de 34 años. Era mantero y vendía perfumes, ese día en la Plaza Mayor. Pasó lo que pasa muchas veces: aparece la policía, el mantero tira de la manta y echa a correr con la mercancía y la policía en sus talones. En este caso, la carrera de un kilómetro acabó cuando Mame Mbaye Ndieye cayó desplomado y murió de un infarto. Pocos horas después, ardía Lavapiés: contenedores y mobiliario urbano como barricadas, protestas espontáneas y una respuesta policial de una violencia desmesurada, como atestiguan los numerosos vídeos en las redes sociales.

No me sorprende esta violencia contra africanos manteros de Lavapiés porque he sido testigo de ella. La noche del martes 3 de febrero de 2015, poco minutos después de las once de la noche entraba en la plaza Tirso de Molina desde la Calle Magdalena cuando vi aparecer atravesando la plaza como una exhalación un grupo de africanos con sus fardos a cuestas. A esas horas lo normal es que pasen por el barrio tranquilos, en pequeños grupos de cinco o seis, charlando animadamente hasta sus hogares, la mayoría en la parte baja del barrio. Pero los hombres de este grupo, tal vez diez o doce, corrían y gritaban, miraban hacia atrás despavoridos, evidentemente huyendo de la policía. Pocos segundos después vi a otro joven africano adentrarse en la plaza seguido muy de cerca por dos policías nacionales. En cuestión de segundos uno de los agentes consiguió alcanzarle, empujándole con fuerza al hacerlo. El joven africano medio cayó al suelo y, mientras intentaba mantener el equilibrio, el agente le golpeó con su porra repetidamente. El joven se incorporó intentando librarse de los golpes y gritando. Para ese momento, yo me había acercado y pude ver claramente cómo el policía lo empujaba contra la pared ayudado por golpes de porra. Cuando tuvo la espalda del joven contra la pared le puso la porra en la garganta para reducirlo. El joven se movía espasmódicamente y consiguió librarse parcialmente, dar varios pasos, todavía gritando despavorido, mientras ahora los dos agentes le pegaban con sus porras. Lo pusieron encima de uno de los maceteros de cemento que hay en la parte superior de la plaza y ahí, mientras el joven gritaba, siguieron pegándole, forzándole uno de los brazos para ponerle las esposas. En ese momento vi que un chico se acercaba a los agentes, pidiéndoles que por favor dejaran de maltratarlo, que intentaran calmarlo porque claramente estaba en estado de pánico. Yo salí de mi estupor y también me acerqué a ellos. Al ver al joven africano de cerca me di cuenta de que tenía la boca llena de sangre, que sus espasmos eran más de pánico que de rebeldía, que tenía la mirada y la cara desencajadas por el miedo. Otras dos chicas se sumaron al corrillo y después lo hicieron tres o cuatro personas más. En total éramos unas 10 personas observando la escena y pidiendo a los dos policías que por favor dejaran de maltratarlo, que no estaban ante un criminal sino un pobre chico que vendía bolsos. Parecía que los ánimos se iban a calmar un poco, incluso pensé en un momento que igual conseguíamos que por lo menos dejaran de pegar al joven africano. Pero en ese momento oí las sirenas y vi que se habían estacionado cerca dos furgones de policía y un coche. Bajaron lo que me pareció un contingente demasiado grande de agentes, se desplegaron en formación como si fueran a atacarnos y, de muy malas maneras uno nos dijo gritando, y cito: “iros a vuestra puta casa”. Yo, que estaba justo al lado de los dos agentes y el joven africano, recibí un empujón para que me retirara y así pudieran pasar los agentes con el joven detenido, a quien finalmente se llevaron esposado. La brutalidad de la detención, la violencia excesiva e injustificada contra un joven indefenso, la total falta de empatía de los agentes hacia el sufrimiento de este ser humano, el desprecio con el que trataron al grupo de ciudadanos que con palabras intentaban defenderlo, me llenaron de rabia y tristeza.

Al día siguiente fui a una de las asociaciones de Lavapiés que defienden los derechos de inmigrantes. Les conté lo que había visto y me dijeron que esa actuación era normal. Les pregunté qué podíamos hacer. Me dijeron que les diera la descripción del chico, a ver si le conseguían encontrar. Sin encontrarlo tampoco podrían cursar una denuncia. Les envié por escrito mi testimonio, en el cual me he basado para escribir este texto, y quedamos en que si conseguían encontrar al chico me llamarían para testificar. Nunca lo hicieron.

Si yo fuera Mame Mbaye Ndiaye también hubiera corrido despavorida, hubiera puesto mi cuerpo al límite para escapar de una detención brutal que posiblemente acabaría con la expulsión del país, pasando por un CIE. Si yo fuera los compañeros de Mame Mbaye Ndiaye también estaría ahogada por la rabia y la tristeza, como a mi modo y desde mi posición de privilegio lo estoy: por su muerte, por aquél chico del que nunca supe su nombre, por todas las personas migrantes que llegan a nuestro país —si no mueren antes en el tránsito— buscando una vida mejor y acabamos destrozándosela.