Eco, eco

Crecí en los años más duros de eso que algunos llaman “conflicto vasco” y que muchos vascos todavía no sabemos muy bien cómo llamar. Eran los años ochenta y noventa del siglo XX y yo vivía en uno de esos pueblos feos, sucios y superpoblados de la margen izquierda del Nervión, tal vez una de las zonas más conflictivas de aquella España heredera del franquismo. A aquellos años duros algunos los llamaron “los años del plomo”, normalmente refiriéndose a la violencia que venía de ETA y del entorno que la apoyaba y que permeaba nuestro tejido social. Pero el plomo no sólo llegaba de ahí. Había otros tipos de violencia: la que llaman “legítima” y que venía del Estado y sus fuerzas de seguridad y de otra no tan legítima, que venía de sus cloacas. La violencia no acababa ahí, parte del plomo tóxico y pesado que nos asfixiaba emanaba de aquella supuesta “reconversión industrial” que devastó a buena parte de la clase obrera de nuestros pueblos que no se pudo reconvertir en nada. Algunos de ellos, sobre todo los trabajadores de Astilleros Euskalduna, comenzaron una verdadera batalla de meses y la policía nacional, muy ducha ya en los enfrentamientos callejeros, hizo lo propio desde su lado de la trinchera. Seguir leyendo

¿Cómo pude olvidar tu nombre?

Estoy en la antesala del estudio de la cadena SER, a punto de entrar en antena en el Hoy por Hoy con Àngels Barceló. Vamos a dedicar parte del programa a comentar la empatía que padres y madres sienten hacia los profesores de sus hijos. Según una encuesta, no es demasiada. He pasado el fin de semana intercambiando opiniones con profes que conozco de institutos de varias zonas de España. Todos coinciden en que es un tema difícil: a los ataques de la derecha española a la educación pública y sus profesores hay que añadir otros factores sociológicos, que van desde los tópicos negativos sobre los funcionarios a la proliferación de familias desestructuradas por la precariedad o a la sobreprotección de los adolescentes por parte de algunos padres. El panorama ha cambiado mucho en los últimos años y sé que en algún momento del programa hablaremos del pasado, de los profesores que nos han marcado. Llevo días intentando acordarme del nombre de esa profesora de Historia del Arte que tuve en COU y que hizo tanto por mí. Seguir leyendo

El torturador más rápido del Oeste

A finales de septiembre, eldiario.es publicó por primera vez los expedientes oficiales que justifican la entrega de cuatro condecoraciones policiales al policía franquista Antonio González Pacheco, conocido como Billy el Niño y sobre el que penden 36 querellas por tortura. En ese artículo, donde se incluyen los expedientes entregados con abundantes tachaduras en negro, se explica cómo y por qué le fueron concedidas las cuatro medallas por méritos policiales: una no cumplía los requisitos, pero se le otorgó seis días después de que le fuera denegada; dos por actuaciones contra los Grapo, y la última, en 2012, porque la reclamó a la justicia y la justicia se la entregó. Tiene una quinta medalla otorgada por el Ejército.

Billy el Niño me hace pensar inmediatamente en dos cuestiones. Seguir leyendo

Encuentros posibles

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Hace unos años escribí un ensayo sobre la violencia en Euskadi cuyo último capítulo se titulaba Encuentros posibles. En él hablaba de mis conversaciones, sentada a la mesa de una cocina, con una persona que había pertenecido al entorno de ETA y había estado en la cárcel por colaboración. En aquel 2015 en el que finalizaba el ensayo, mencionaba a esa persona y el aprendizaje que supuso para mí conocerla, pero no me atreví a contar su historia que, pensé, debía quedarse en el espacio protegido y de confianza de la cocina de su casa. Creía que todavía no se podían hacer públicas esas conversaciones: “Existen encuentros posibles, pero muchos se dan en la intimidad de nuestras cocinas. Todavía estamos lejos de un cambio imaginativo real a nivel colectivo que nos permita conocer ‘el conflicto’ en sus dimensiones más intricadas, las que tienen que ver con los afectos que nos unen. Y los que nos desunen”. En estos cuatro años han cambiado muchas cosas y lo constato felizmente en ‘Zubiak’ (Los puentes), el primer capítulo de la serie documental ETA, el final del silencio, de Jon Sistiaga y Alfonso Cortés-Cavanillas.

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«Muerte a los árabes»

“Muerte a los árabes”, escucha Sayed Kashua gritar en las calles de Jerusalén, y ese grito, cuenta el escritor, le rompe por dentro. No es la primera vez que lo escucha, aunque con suerte igual es la última. Después de ese día, Kashua decide dejar su país, Israel, y emigrar con su familia a Estados Unidos. El grito de esos jóvenes judíos —“muerte a los árabes”— es para Kashua la culminación de un fracaso colectivo y también personal. “Llevo 25 años escribiendo en hebreo y no ha cambiado nada. Veinticinco años aferrado a la esperanza, creyendo que no es posible que la gente esté tan ciega”. Sin motivos para el optimismo, durante 25 años este autor árabe-israelí ha creído “que sería posible que un día los israelíes dejarían de negar la nakba, la ocupación y el sufrimiento del pueblo palestino. Que un día los palestinos estarían dispuestos a perdonar, que juntos podríamos construir un lugar en el que valdría la pena vivir”. Seguir leyendo

¿De qué me sirve perdonar?

Hace pocos días, el 7 de septiembre, el abad de Montserrat, Josep María Soler, pidió públicamente perdón por los abusos sexuales a menores cometidos por religiosos en su monasterio, en particular por un depredador con nombre y apellido: Andreu Soler, quien abusó impunemente durante 40 años de un número todavía indeterminado de menores. El pederasta murió en 2008 sin haber sido juzgado por sus crímenes. “Muerto el perro, se acabó la rabia”, debieron de pensar los abades y monjes que lo protegieron. Hasta que ahora, el otro Soler, el abad, ha decidido airear el tema, pedir perdón y prometer “protocolos” (asumiendo así que el abuso de menores es inevitable y que lo que faltan son “protocolos” para detectarlo, en vez de erradicarlo). Seguir leyendo

Desaparecer

El 30 de agosto fue el Día Internacional de las Víctimas de Desaparición Forzada. Un día para dar visibilidad a una forma de represión perversa que deja secuelas traumáticas en las familias y sociedades en las que se produce. Ya no es 30 de agosto y por tanto las desapariciones forzadas no son ni portada ni tendencia en redes sociales. Sin embargo, eso no significa que hayan dejado de ser una realidad, no sólo porque diariamente se producen en países como México o Siria, también porque las secuelas de la desaparición en las familias y comunidades de la persona desaparecida no prescriben. Seguir leyendo

Reencarnaciones falangistas

El 23 de julio se celebraba la primera investidura fallida (de dos) de Pedro Sánchez y estuve la mayor parte de la mañana pegada a la radio y al televisor, como un tío abuelo mío que veía por la tele los partidos del Athletic de Bilbao, con el transitor a todo volumen pegado a la oreja. Pero ese día era también el decimonoveno aniversario de la muerte de Carmen Martín Gaite. Con tanta excitación política, casi se me pasa por alto, hasta que me topé con un artículo de Lara Hermoso en la revista Jot Down que me salvó de tanta desazón. La periodista reflexiona sobre las dedicatorias de los libros de Martín Gaite, en las que va “enhebrando su vida”: la relación con su querida hermana Ana, con Rafael Sánchez Ferlosio, el duelo por la muerte de su hija Marta. Y pasó que, leyendo a Hermoso, se me olvidó la investidura y me fui a la estantería para buscar a Martín Gaite. Pero los ecos de nuestra política actual me acompañaban porque acabé eligiendo, entre todas sus obras, los Usos amorosos de la posguerra española (Anagrama, 1986). Y ahí me encontré con José Antonio Primo de Rivera. Y con su hermana Pilar. Dos figuras que cobran nueva vigencia, desgraciadamente, en los tiempos que corren. Seguir leyendo

Una tregua

Mis dos últimas columnas las he dedicado a la política en Madrid tras las elecciones municipales y autonómicas: medidas contra la memoria de las víctimas del franquismo en el Ayuntamiento; propuestas fascistas contra colectivos vulnerables en la Comunidad. Esas políticas tienen importancia no solo para los habitantes de Madrid. Considero que son reflejo de una deriva, en España y Europa, hacia la normalización del discurso y de las medidas que propone la ultraderecha, una normalización que observo entre la perplejidad y el espanto. Pero hay días, como hoy, en los que necesito darme una tregua, respirar, buscar estímulos intelectuales, estéticos, emocionales que me desintoxiquen de tanta desazón, que me recuerden que, más allá de mis cuatro paredes, ahí afuera también hay lugar para la belleza y las cosas buenas. Seguir leyendo

Guiñar el ojo al fascismo

No sé qué pasará entre hoy y el día en el que publique esta columna. Falta casi una semana y, a pesar de ser julio, un mes que normalmente es remolón, tenemos sorpresas políticas diarias: Ciudadanos estira hasta límites insospechados su victimismo y Vox su dignidad; Sánchez e Iglesias escenifican un partido de pimpón con la culpa como pelotita que va y viene y deja tuerta a la izquierda. Para cuando se publique esta columna, igual Vox ha cedido y dado su consentimiento a la investidura de Díaz Ayuso para la Comunidad de Madrid. Estaremos, más que seguro, a la espera de una ya anunciada investidura fallida para la presidencia del Gobierno español. Igual para entonces se habrán olvidado de que el martes 9 de julio los “guiños” que el PP-Ciudadanos hace a Vox para conseguir la investidura de Díaz Ayuso han sido titular. Esta noticia me preocupa, tanto por el tratamiento en los medios como porque corresponde a un patrón de actuación en contra de derechos fundamentales de comunidades vulnerables ya reconocible en los debates políticos de nuestro país. Seguir leyendo.