Este artículo se publicó en El Correo el 7 de junio de 2018

Con motivo de la manifestación feminista del 8 de marzo, Pedro Sánchez afirmó que las reivindicaciones de las españolas deberían ser tenidas en cuenta “por la política, la economía, la empresa, por el conjunto de la sociedad y también por el poder judicial”. Y añadió: “A partir de hoy nada va a ser igual en la lucha por la igualdad. Estamos en un momento histórico”. Yo, que no me suelo creer las declaraciones de los políticos y mucho menos cuando surgen de un evento del calibre del 8M, no presté atención al comentario pensando que era uno más de un líder que me parecía volátil, acartonado y sin un programa político claro. Tampoco me fijé en que, junto a él, estaba Carmen Calvo, una mujer de su partido de sólida tradición feminista, o la ex-ministra de medio ambiente Cristina Narbona, o la recién nombrada portavoz del grupo socialista Adriana Lastra. Seguramente algunas de las otras ministras que ocupan su gabinete también salieron ese día a la calle, también se emocionaron —como yo, como tantas otras mujeres— al comprobar que ya no estamos dispuestas a comulgar con la rueda de molino del patriarcado.

Pocas veces he visto a un político cumplir no ya una promesa —igual me equivoco, pero creo que Sánchez no hizo ninguna tras el 8M— sino un deseo que es reflejo del deseo de millones de personas. Hablo de las mujeres que queremos un cambio radical en las estructuras de poder que nos representan y que se rigen según una ideología patriarcal radicalmente injusta: nuestras relaciones laborales, nuestra justicia, nuestra educación, nuestra sanidad, nuestra economía (podría seguir nombrando áreas) necesitan renovarse desde una perspectiva de género, que haga visibles y ataje los fallos estructurales que mantienen a la mujer en situación de desigualdad. Pero no sólo estamos contentas las mujeres que queremos este cambio o los hombres con conciencia feminista, también lo estamos —o deberíamos estarlo— todas las personas que valoramos la preparación y la experiencia frente al enchufismo, el clasismo o el privilegio heredado. No sé si habrá algo de esto en algún nombramiento, pero es indiscutible que todas las ministras tienen una experiencia y un curriculum intachables. Esto me parece un mensaje importantísimo para las jóvenes: una España diferente a la que dictó la sentencia de La Manada es posible; una España diferente a la que quería recortar el presupuesto contra la violencia de género es posible; una España en la que la mujer que se forma puede llegar a ministra no es sólo posible, es un hecho.

Hay multitud de mujeres altamente cualificadas que acaban dándose cabezazos contra el techo de cristal. Lo que ha hecho Sánchez es extraordinario pero no debería serlo. Si miramos entre lo mejorcito de cada profesión siempre encontramos alguna mujer ultra-cualificada. Algunos acusan a Sánchez de hacer marketing, pero a mí realmente me da igual. Su acierto es doble: por el buen tino profesional en cada nombramiento y por su mensaje a la sociedad, tanto a las que nos confesamos esperanzadas ante el cambio como a los que siguen pensando que la mujer mejor en la cocina o, como mucho, a la sombra de un buen varón (o barón).

Ahora queda que los medios de comunicación estén a la altura y no se dediquen a valorar el estilo, el físico o la actividad familiar de estas mujeres. Los que todavía no se han dado cuenta de que es inadmisible y sexista, por favor, que cambien de una vez de siglo.

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Vuelta a los orígenes

 

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