Este artículo se ha publicado en El Correo el 1 de julio.

Escribir sobre la realidad y el presente no siempre es fácil, especialmente cuando la realidad nos muestra la peor versión de lo que somos. Desde que soltaron a La Manada me ha resultado casi imposible leer las noticias, pasearme por las redes sociales más allá de lo que me obliga mi trabajo. Me cuesta aceptar una justicia que considera oportuno que cinco violadores con otro juicio por violación pendiente salgan a la calle. Me cuesta aceptarlo no sólo porque me parece que los razonamientos no son válidos desde un punto de vista tanto ético como práctico, también porque me da la sensación de que la Audiencia de Navarra (con la excepción del magistrado discrepante) está mandando un doble mensaje contaminado a la sociedad. Primero, soltar a estos cinco después de las protestas que, desde diferentes ámbitos (políticos, sociales, jurídicos) provocó la sentencia de abuso frente a violación parece una versión igualmente chulesca del famoso “que se jodan”. Algunos alaban su decisión como muestra de la independencia del poder judicial frente a la opinión pública, pero me río yo de esa independencia cuando comparamos esta decisión con otras que ha tomado la judicatura este año, como en el caso Altsasua o en el de Iñaki Urdangarin. Además, ¿es acaso motivo de celebración que el poder judicial esté tan desvinculado de la necesidad social de cambio ante la injusticia que llegue a atentar con sus decisiones contra esa misma sociedad? ¿Cuántas veces tendremos que repetir que la ley no es siempre justa, que necesitamos una transformación profunda de la legislación vigente para que adopte una perspectiva de género? El segundo mensaje que nos envía la Audiencia de Navarra es que lo que nosotras consideramos violación no lo es, que quedar unos cuantos, llevarse a una chica y violarla siguiendo fantasías de película pornográfica es un modo más de divertirse, con algo de riesgo si te pillan pero nada realmente grave. Me cuesta aceptar todo esto, pero se me hace realmente insoportable que haya personas que no sólo no entiendan nuestra indignación sino que nos ataquen por mostrarnos indignadas y por señalar que vivimos en una sociedad que acepta, reproduce y perpetúa la cultura de la violación.

Cuando hace unos días la pintora, dibujante y escritora Paula Bonet señaló en un tuit que las mujeres están rodeadas de violadores (en sus familias, en su trabajos, en cualquier espacio público), la reacción de hombres y algunas mujeres fue repugnante: toda clase de insultos, de amenazas, de acusaciones. Yo no pude leer la mayoría de los comentarios porque me hacían sentirme físicamente enferma. Lo que señaló Bonet, desde su rabia y su indignación, es una realidad. Por un lado, muchas violaciones, sobre todo a menores, se producen por personas cercanas al entorno de la víctima. Por otro lado en España se denuncian cuatro violaciones diarias. Contando que muchas violaciones no son denunciadas precisamente porque se producen dentro del ámbito familiar o por parte de conocidos o porque la mujer teme agravar su situación si denuncia, lo que señala Bonet no es ninguna exageración. La violencia de la respuesta y el ataque a Bonet hace esta realidad todavía más cruel porque demuestra que muchos de nuestros convecinos no están dispuestos a verla. Y no sólo no están dispuestos a verla sino que hacen todo lo posible para negarla, incluso provocan más violencia a través de sus agresiones verbales y acusaciones.

Llevo días preguntándome qué podemos hacer ante todo esto. En una carta conmovedora que escribió la víctima de La Manada hay alguna clave: primero, mostrar nuestra solidaridad y hacer pública nuestra repulsa; segundo, denunciar a los agresores, a pesar del calvario por el que, como ella misma ha comprobado, hacen pasar a toda víctima de una agresión sexual. ¿Pero es esto bastante? ¿Es suficiente salir a la calle, escribir una columna, señalar a los agresores, si constantemente nos chocamos de frente con instituciones machistas que parecen inapelables e inamovibles y con una parte de la sociedad que aplaude que la mitad de sus miembros sean maltratadas? Hablamos mucho de transformar la sociedad a través de la educación. ¿Pero qué hacemos mientras tanto con esas hordas de defensores de lo inaceptable? Se me ocurren fantasías de feminazi, hacer orgullosamente propio el adjetivo, desempolvar mi katana. Pero sé que tampoco esa es la solución. Desvelamos nuestra intimidad durante el #MeToo para denunciar el abuso, salimos a protestar contra la primera sentencia de La Manada, tomamos las calles el 8M, lo volvimos hacer el pasado 21 de junio. Todo esto ha dado mucha más visibilidad a un problema (el del abuso sexual, en todos sus grados) y ha reavivado un movimiento feminista que se había aletargado en los últimos años. Pero a pesar de todo, a pesar de nuestros esfuerzos por exponer, explicar, visibilizar este problema, muchos de nuestros conciudadanos nos siguen viendo como recipientes donde satisfacer sus deseos o vengar sus rabias y frustraciones. Y cuando nos rebelamos, la única reacción que se les ocurre es la agresión.

Y eso, amigas, yo no sé cómo cambiarlo.

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