Este artículo se publicó en papel el 5 de mayo de 2018 en El Correo. Lo reproduzo aquí en su totalidad.

Estos días de “final definitivo de ETA” me pillan entre aeropuertos y aviones. De hecho, este artículo lo empecé a escribir en el aire, sobrevolando el continente americano, entre México DF y Buenos Aires y lo estoy terminando en un hotel de esta ciudad. Aquí todavía es de mañana, mientras que en Euskadi ya avanza la tarde y ya se han celebrado los últimos fastos del funeral de ETA. Se ha leído la “Declaración de Arnaga” y se ha ratificado internacionalmente su final. Tal vez la geografía y las alturas tienen algo que ver con el distanciamiento que siento, con esta sensación extraña, entre la tristeza y el aburrimiento, que me provocan las declaraciones y los fastos de los dos últimos días. Quizás por esta distancia y, sobre todo, cuando he estado en México por la diferencia de realidades, siento esta distancia emocional. En Xalapa, en Veracruz, uno de los estados más violentos de México, una mujer me señala el título de mi novela (Mejor la ausencia) y me dice que le impactó mucho, porque para ella la palabra “ausencia” remite directamente a los desaparecidos, personas secuestradas por los narcos y que, como los tres estudiantes que hace sólo unos días aparecieron disueltos en ácido, jamás volverán a ver. Yo le explico que no, que nosotros no hemos tenido ese nivel de violencia (pero también me acuerdo de Lasa y Zabala enterrados en cal viva), casi con vergüenza, no queriendo equiparar nuestros ochocientos y pico muertos, nuestra guerra sucia, a las miles de víctimas de la narcoviolencia (sólo en 2017 suman más de diez mil). Es una sensación que también he tenido en Colombia, cuando me han preguntado por los posibles parecidos entre su historia de violencia y la nuestra. Siempre respondo lo mismo, que no son comparables en magnitud ni en proceso histórico. Lo que sí tenemos en común sociedades que han sido atravesadas por la violencia es que, aunque no comparables en cifras de víctimas o en procesos históricos, cada sociedad que ha convivido con una violencia persistente queda marcada por ella; que cada una de sus víctimas y su dolor individual, cada persona que es arrancada brutalmente de nuestra sociedad debe ser reconocida; que ningún proceso de paz es posible sin un proceso paralelo de memoria y reconocimiento del sufrimiento; que una vez que acaba la violencia no termina el daño; que el trabajo por hacer tras el final de la violencia es tan importante como el camino que lleva a la paz. 

Lo que ha querido hacer ETA en la escenificación de su final y con su llamada a la participación internacional es precisamente que se considere “el conflicto vasco” como algo equiparable al colombiano u otros conflictos civiles, donde la resolución ha consistido en una serie de pactos y equilibrios difíciles pero necesarios.  Y por eso, en vez de ocuparse de responder al sufrimiento que ha ocasionado, en vez de ampliar lo que comenzaron la semana pasada con su “Declaración del daño causado” que, aunque de forma limitada y desde una argumentación problemática, daba un paso adelante, en vez de seguir preparando el camino hacia el trabajo por venir, ha perdido el tiempo embalsamando su cadáver. O, como en la genial película “Muerte de un burócrata” de Tomás Gutiérrez Alea, buscando estrategias para frenar el proceso de descomposición y poder sacar el mayor rédito posible al cuerpo del difunto. Así que desde esta sensación extrañada me sitúo frente al cadáver de ETA y sólo veo los últimos espasmos, su gesto siniestro y su putrefacción. Leo sus últimas palabras en forma de elegía -“existe un pueblo vivo que quiere ser dueño de su futuro”- y pienso que muchos ya no están vivos por su culpa y que otros lo están a su pesar. Sí, este pueblo está vivo y quiere ser libre, pero de ellos, de su violencia, y de su legado. Porque la inmensa mayoría de ese pueblo no les pertenece y no les da la bienvenida, a pesar de su solemne declaración final defendiendo que “ETA se formó del pueblo, al pueblo vuelve”. Y no puedo evitar una imagen repulsiva de su descomposición, los gusanos dándose un festín con su carne podrida, disolviéndose de esa manera, como ser degradado, en nuestra tierra. Porque por desgracia, es cierto, aquellos que han pertenecido a ETA y la siguen defendiendo, aquellos que no condenan su violencia y la intentan legitimar con estas palabras, no desaparecerán. Tampoco desaparecerá el dolor que han causado, ni su fantasma y su amenaza. Ya se han encargado de decírnoslo: “no repitamos los errores, no dejemos que los problemas se pudran. Eso no sería más que fuente de nuevos problemas”.

Después de estos días ETA no volverá a llenar titulares (espero), pero se seguirá escribiendo su hagiografía, algunos seguirán yendo a su tumba a ponerle flores (ya han aparecido pintadas dándoles las gracias), aquellos que celebraban la muerte se presentarán (ya lo hacen) como defensores de la libertad. Pienso en la cantidad de veces que vamos a tener que repetir, hasta el hartazgo, los indiscutibles hechos que muestran que la violencia de ETA nada tuvo que ver con la consecución de la libertad del pueblo vasco. Y me asalta el cansancio, la tristeza y el aburrimiento. Pero luego pienso en las personas que durante los años más duros se manifestaron frente a ellos –el lazo azul de Gesto por la Paz me viene inmediatamente a la cabeza- y me avergüenzo. Conclusión: haré caso a ETA y no dejaré que los problemas se pudran.