Joaquín Estefanía, Revoluciones: Cincuenta años de rebeldía (1968-2018). Galaxia Gutenberg, 2018. (Reseña publicada en La Marea)

Hace un par de semanas estuve en la presentación del libro de Joaquín Estefanía, Revoluciones: Cincuenta años de rebeldía (1968-2018). El autor estuvo acompañado por el cantautor Ismael Serrano y la periodista Soledad Gallego Díaz. Además de hablar de las características principales y de la importancia del libro, los dos hicieron una lectura del mismo desde un punto de vista generacional y se posicionaron dentro de sus correspondientes movimientos de rebeldía, Serrano en el 15M y Gallego Díaz en la corriente liberadora del 68. El primero no podía evitar dejar traslucir cierta nostalgia al mismo tiempo que decepción con el desarrollo político del 15M, la segunda confesó estar orgullosa de los logros de su generación. Llegó incluso a decir que su generación tenía poco de lo que avergonzarse. Desde la mía (nacida en 1974) diría que la periodista fue demasiado generosa con los suyos: de la misma generación son los que hicieron avances revolucionarios en la cultura, la política y la educación pero también los que acabaron aupando todo el sistema sociopolítico y económico que el mismo 15 M puso en el centro de su indignación. En buena medida, la presentación fue una encarnación de algunas de las luchas y de las contradicciones que desgrana este interesante ensayo de Joaquín Estefanía.

Revoluciones recorre los impulsos revolucionarios desde el 68 que han tenido como características generales la formación de un fuerza revolucionaria cuyo factor de aglutinación ha sido la juventud (que nace entonces como nueva “clase” política), la rebelión contra la autoridad, la indignación ante la desigualdad y la falta de oportunidades de un amplio sector de la población y la oposición a los sistemas de poder, ya sea el elusivo mercado, los organismos de control financiero multinacional, o la casta política que trabaja a su servicio. Estos impulsos revolucionarios son, según Estefanía, las movilizaciones del 68 (Paris, Praga y México) el movimiento altermundista de finales de los 90 (Génova, Seattle) y los indignados del 2011 (Madrid, Occupy Wall Street, la Primavera Árabe). Y frente a estos movimientos, sus correspondientes oleadas reaccionarias y conservadoras: la primera el thatcherismo y el reaganismo; la segunda los neocons y sus “thinktanks”; la tercera el trumpismo.

Estefanía presenta el análisis de cada movimiento revolucionario y su reacción conservadora de forma detallada y lúcida, aportando estudios de economistas, analistas políticos y haciendo él mismo una valoración de cada avance y cada retroceso en la consecución de derechos políticos y sociales. El ensayo constituye así una defensa de la socialdemocracia y del Estado de Bienestar. Hay un interés (creo que consciente) por mostrar por un lado el terreno que se va conquistando cuando hay una emergencia de movimientos sociales que buscan, a grandes rasgos, el bien común y por otro aquellas reacciones conservadoras que no sólo han intentado poner freno a esos avances, sino que han asentado toda una serie de estructuras de desigualdad que favorecen la acumulación de capital y de poder en manos de unos pocos privilegiados (ese 1% al que denunciaba el Occupy Wall Street). En este sentido es un libro que provoca indignación y que enfurece, sobre todo los capítulos en los que Estefanía explica, con gran claridad y aportación de datos, la capacidad de las olas conservadoras de destruir, desde los años setenta del siglo veinte hasta el presente, el Estado de Bienestar, y de hacerlo a través de métodos como la depauperación consciente de las clases trabajadoras, la corrupción y el uso de privilegios políticos para favorecer a los poderes financieros, la desregularización irresponsable de los mercados. Estefanía además muestra cómo esa constante batalla de las sucesivas olas conservadoras contra los derechos que tanto costó conseguir —a la educación, a la vivienda, a una jornada laboral y un sueldo dignos, a una sanidad pública, entre otros— se ve acompañada de la defensa a ultranza del capitalismo feroz y desregulador que destruyó al (neo)keynesianismo y que fue, a la postre, el que llevó a la crisis mundial del 2008. Y nos demuestra Estefanía que esos gobiernos que tanto lucharon para aniquilar la protección que el Estado ofrecía a los ciudadanos y que dieron libertad absoluta a los mercados, son los que acabarían rescatando con dinero público a los grandes bancos y empresas privados. El cinismo y la hipocresía de sus teóricos, la corrupción de las élites políticas (el caso del gobierno de George W. Bush II está magníficamente explicado), la falta de consideración por el bien común, el individualismo y el desprecio a un proyecto social, el conservadurismo moral y retrógrado, son algunas de las características de esos movimientos de reacción.

Como conclusión nos situamos ante un panorama que (y esto es mi opinión, no necesariamente la del autor) resulta desolador, sobre todo si lo ponemos en relación al momento actual en España: ministros y ministras haciendo apología de la muerte (recordemos los cánticos de Semana Santa), corrupción política, falta de independencia del poder judicial, control de la legislación medioambiental por parte de las mayores empresas contaminantes, legislación laboral que favorece la explotación, falta de solidaridad con los más desfavorecidos (inmigrantes, refugiados). Si en 2011 teníamos motivos para salir a las calles, hoy no parece que tengamos ninguno menos. De hecho, el 8M aunó en algunas de sus reivindicaciones la crítica del heteropatriarcado y del capitalismo y sugirió que tal vez el feminismo sea el impulso de una nueva revolución. Joaquín Estefanía apuntó durante la presentación de su libro que si conseguía llegar a una segunda edición, dedicaría un último capítulo a las protestas del 8M y a esta nueva oleada de reivindicaciones feministas. A pesar de tantas batallas perdidas, Estefanía defiende el valor del contrato social democrático, los derechos que proporcionan las libertades y el Estado de Bienestar. No es necesario compartir el punto de vista político del autor para apreciar el análisis que ofrece en este ensayo. Y ese es uno de los valores fundamentales de libro: que se esté de acuerdo o no con el marco político del autor, éste ordena, presenta y explica maravillosamente bien la inmensa cantidad de motivos que tenemos para seguir pensando que un cambio radical de las estructuras políticas, sociales y económicas es necesario si queremos alcanzar el viejo mantra que desde el 68 se empezó de nuevo a reivindicar : libertad, igualdad, fraternidad.

Qué lejos estamos todavía.

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