Colegio Stella Vélez Londoño, Comuna 13, Medellín. El día despues

Hoy es 12 de septiembre. Son las 7 de la mañana. Estoy en Medellín. Llevo despierta desde las 3, más o menos. La tercera noche que no consigo dormir. El insomnio de las dos primeras se lo debo al cambio de hora, a la extrañeza de la cama y la habitación de hotel, a los nervios acumulados del inicio de la promoción. El de la tercera creo se lo debo a los jóvenes de la Institución de Enseñanza Stella Vélez Londoño, Comuna 13. Pasé con ellos unas pocas horas de la mañana de ayer y, desde que atravesé la puerta de salida, no me los quito de la cabeza.

El colegio es un edificio de ladrillo, como muchos de las comunas, y está situado en lo alto de una loma. Nada más bajar del coche veo un cartel: “Bienvenida Edurne Portela” y debajo del cartel, caritas adolescentes que sonríen. Me recibe el coordinador del colegio, Mauro Sosa, también con una sonrisa, con palabras de agradecimiento. Iniciamos la visita junto con Ruth y Pedro, otros dos profesores del colegio.

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Las vistas son espectaculares: las casitas de ladrillo construidas en terraza se van fundiendo en el verde salvaje de la montaña. Apenas se oye un ruido, salvo el motor de un coche lejano, un chirrido de un pájaro que no conozco, un gallo y sí, el barullo de voces infantiles que sale de algún aula. Recorro el edificio con Ruth, Mauro y Pedro mientras observamos y comentamos los dibujos que los estudiantes, entre 14 y 18 años, han hecho en respuesta a mi libro El eco de los disparos. Algunos son muy literales: dibujan el anagrama de ETA, o pistolas disparando. Otros tienen una profundidad interpretativa que me sorprende y me conmueve al mismo tiempo: una pistola disparando a una mano rota al intentar detener el disparo, un rostro de mujer con la palabra ETA tapándole los labios, un grito desgarrado y una cita mía sobre el silencio.

Entro con Ruth en una clase de niños de unos diez u once años (no estoy segura). Me presenta y de repente se levantan todos de sus asientos y me rodean. Ruth, que ha hecho una magnífica labor de preparación con los mayores, también ha hablado a los más jóvenes de mí. El griterío es tremendo y y no sé qué hacer. No se me dan bien los niños. Ruth me dice que les hable. Me quedo un momento en blanco hasta que les comienzo a preguntar por la clase que acabo de interrumpir. Todos hablan a la vez. Me llama la atención una muchachita de grandes gafas, que dice el título de mi libro con una seguridad pasmosa. Me mira y me sonríe. Me encanta.

Los profesores me explican que llevan 11 años trabajando en este centro y que, en los años más violentos, intentaron desarrollar actividades extraescolares para que los niños no tuvieran demasiado tiempo libre en las calles, en sus casas. “Cuando llegaba las seis de la tarde”, me dice Ruth, “teníamos que animarlos a salir”. Y a ir corriendo a sus casas. A pesar de que ya se han superado los peores años de la violencia, todavía muchos de los estudiantes tienen miembros de sus familias metidos en bandas que se disputan el territorio. Me cuentan cómo los chavales han leído El eco y se lo han apropiado para trabajar sus propias vivencias. Yo insisto, me cuesta creerlo, “¿pero de verdad que se lo han leído?” Ruth sonríe y me dice que me tienen preparadas muchas sorpresas. Yo contemplo los dibujos y pienso ¿qué más me pueden regalar?

Entramos en un salón a rebosar de adolescentes sentados en el suelo. Siento un poco de pánico y me sonrojo cuando empiezan a aplaudir como si fuera una estrella de rock. Me siento impostora. ¿Qué les puedo contar yo que les sirva de algo? Pero hablo, les doy las gracias por adoptarme, les cuento lo impresionada que estoy con sus interpretaciones artísticas, con su talento. Un muchacho (no diré nombres) comienza a tocar el violín. Callamos todos. Toca muy bien, pero está nervioso y a veces comete algún fallo, tuerce el gesto, sus compañeros se ríen un poquito, con cariño. El violín suena delicioso en esa sala atiborrada de hormonas adolescentes y uniformes. Acaba la pieza. Aplaudimos con alegría. Otro muchacho toma la palabra. Me dice que va a leer un texto sobre su familia, asesinada hace años. No dice cuántos. No dice cómo. No dice quiénes. Este chico, pienso, es un gran escritor: todo el dolor está contenido en su breve texto. Está ahí y me llega, nos llega. Igual porque no me explica nada (qué sabras tú, extranjera), me lo está diciendo todo. No quiero dar un espectáculo, así que me contengo. No sé si abrazarlo cuando acaba. No me acuerdo si acabo abrazándolo o si le aplaudo y doy las gracias. Mauro toma la palabra. Sabe cómo gestionar la intensidad del momento. Anuncia que un profesor va a hacer una muestra de baile. Me imagino que el hombre que se mueve delante de mí como un auténtico profesional es eso, un profesor de baile. Cuando acaba y aplaudo atónita ante tanto talento me dicen que es el profe de matemáticas.

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Sale un grupo de muchachas absolutamente bellas, con trajes tradicionales. Se mueven con una gracia tremenda, haciendo volar sus faldas. Una de la más chiquititas me mira de vez en cuando, me sonríe tímida. De vez en cuando aplaudimos todos hasta que, de repente, una de ellas se desploma. Por unos segundos no sé si es parte del baile, los demás profesores tampoco. Pero enseguida nos levantamos, la recogemos, le damos un poquito de agua. Los nervios, pobre, el calor, las vueltas del baile. Más tarde, cuando salga del colegio, me daré cuenta de que no he preguntado por ella. Mierda.

Llega el turno de preguntas que han preparado los estudiantes. La mayoría de ellas tienen que ver con el silencio y la complicidad. Es curioso. Salvo los dibujos explícitos, con pistolas o el anagrama de ETA, también abundan los que tienen que ver con el silencio. Han crecido en él, supongo, y ahora se rebelan y lo señalan.

Una muchacha me pregunta si siempre que guardamos silencio somos culpables. Yo intuyo que me lo pregunta desde la herida personal. Tendrá unos 16 años. En mi respuesta insisto que a la víctima no se le puede pedir nada, ni que calle ni que hable, que cuando yo escribo sobre el silencio cómplice jamás me refiero a los familiares de víctimas, traumatizados por la violencia. Les digo lo que ya saben: que algunos encuentran las herramientas para denunciar, para hablar, pero que otros no lo consiguen. Que la complicidad de la que yo hablo es la de aquél que observa una injusticia que no le toca directamente y decide darle la espalda. Como si alguien que vive en Poblado, le digo, sabe lo que pasa en la Comuna 13 y prefiere ignorarlo. Mi respuesta parece tranquilizarla. Y pienso: cuánta culpa heredada cargarán algunas de estas muchachas, cómo se entenderán a sí mismas en relación a los pecados de sus mayores. Me gustaría saberlo pero, ¿cómo se pregunta eso? Otra muchacha, no sin cierto descaro, me pregunta que por qué esperé tanto a escribir ese libro si es que pensaba que era tan importante hablar de la violencia. Sus compañeros emiten un “ooooohhhh” “aaaaahhhh” colectivo que refuerza el reto de la pregunta. Me gusta su actitud y yo, bastante torpemente, intento explicar mi proceso. No sé si me hago entender. Ella, educadamente, me dice que sí. Un muchacho me dice que qué hay que hacer para ser escritor. A él seguro que le decepciona mi respuesta: escribir. Otro me hace la gran pregunta filosófica: si la violencia se lleva en el ADN o si depende de la sociedad, que si estoy de acuerdo con eso que dicen de Colombia, que la violencia aquí es inevitable. Hablamos, sin nombrarlos, de Rousseau y de Hobbes, pero me apetece recordarles que lo mismo que hay hombres que decapitan, torturan, masacran, violan, también los hay (o las hay, debería decir, porque como ha escrito Ander Izagirre aquí, la mayoría son mujeres) que trabajan desde el amor y la solidaridad, intentado reparar toda esa crueldad. Que somos capaces de lo mejor y de lo peor. Les miro y veo en ellos lo mejor.

Estoy sudando a mares. Cansada, pero no quiero que la conversación acabe. Me da la sensación, en cada respuesta, que les tendría que decir algo más inteligente, más útil, menos tópico. Pero la profesora Ruth se levanta y me dice que quedan más sorpresas. La siguiente es un texto de una muchacha a la que le tiembla la voz al leer. Me dice que ha escrito el texto como respuesta al mío, un texto que plantea la imposibilidad de entender por qué sus tíos, a los que adora, se han convertido en sicarios. Un texto que muestra el dolor y la rabia de saber que estarán muertos antes de que ella acabe de crecer o en la cárcel, de sentirse parte de una familia en la que algunos de sus miembros deciden vivir matando. Le cuesta acabar de leer. Acaba, me mira, se acerca, sonríe tímidamente, la abrazo. Como su compañero que inició la celebración, ella muestra un gran talento para la escritura. Sigue escribiendo, le digo. Ojalá me haga caso.

retratoPara rematar, me entregan un retrato maravilloso hecho por una estudiante. Está basado en una foto mía en la que yo me veo horrorosa, pero esta chica ha sacado una belleza que en la foto no está. Lo miro, la miro a ella, no sé cómo darle las gracias. Me entregan un ramo de flores con un bello texto de agradecimiento, una taza del colegio con una frase que sólo ahora descubro: “Solamente un ser sensible borra pasados desagradables y escribe futuros nuevos y hermosos”. ¿Seré yo ese ser sensible? Me dan un ramo de flores. Yo ya no sé qué hacer: tiemblo, balbuceo. Les doy las gracias como puedo. Lo único que tengo para ofrecerles es un ejemplar de Mejor la ausencia dedicado para el colegio. Pienso “qué mezquina, debería haber traído más, por lo menos uno para cada profesor”. Les pregunto si sólo me quieren adoptar por un día. Responden al unísono “nooooo, para siempreeeee”. Luego las fotos, las risas, los autógrafos en libretas y en los libros de los maestros.

Charlamos un ratito tranquilos en la pequeña sala de profesores, mientras me agasajan con almuerzo de frutas, jugo y un creppe que me sabe delicioso. Hablamos de continuar la adopción, de posibles conversaciones por Skype, actividades a larga distancia. Ruth, aquí está por escrito, no se olviden de que es para siempre.

La estudiante Alaska Young, que tiene ya este pseudónimo tan sonoro y que sueña con ser escritora, me entrevista para la revista digital del colegio que están montando los estudiantes. Después de preguntarme sobre el libro, me pide que le cuente algo sobre mí que no se encuentre en las redes o en mi biografía oficial. Le cuento un secreto que no voy a desvelar aquí porque ella tiene la exclusiva. Me da pena no poder hablar más con ella, pero la pobre María Alejandra, que es la joven universitaria que me ha acompañado en la visita, va a perder sus clases de alemán. Hemos estado en el colegio una hora más de lo previsto. Me regala, María Alejandra, una preciosa conversación sobre su tierra y sobre El Carmen, sobre toda la belleza y el sufrimiento que alberga esa región.

Antes de conocer a estos muchachos y profesores intuía que yo iba a aprender más de ellos que ellos de mí. Ahora tengo la absoluta certeza de que ha sido así.

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8 comentarios en “Medellín: El día después

  1. ¡Qué hermoso texto! Este da cuenta de esa sensibilidad que aflora en cada gesto, en cada expresión de Edurne, nuestra autora “adoptada”, y que desde antes de visitarnos ya hacia parte de nuestra familia institucional.

    Igual que lo expresas, desde que llegaste, estas en nuestro corazón. Tu visita ha sido tema obligado y de seguro seguirá siendo parte de nuestra reflexión.

    Me encanta que descubrieras en nuestros estudiantes la belleza que, por el contexto, les ha sido robada. Porque realmente, quienes tenemos la fortuna de compartir con ellos, sabemos que son los mejores seres humanos. Y nos sentimos orgullosos de ello.

    Un abrazo.

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