La “América” de Manuel Vilas

Os dejo esta reseña que he escrito para La Marea del nuevo libro de Manuel Vilas sobre su visión de Estados Unidos.

“La basura tiene piedad, nosotros no”. Frases como ésta asombran a quien tiene el placer de leer América de Manuel Vilas, un libro original y provocador que en el mejor “estilo Vilas” despierta tanto la punzada de dolor como la sonrisa, la extrañeza como la revelación. En América se aúna la adoración del autor por los iconos culturales estadounidenses (de Lou Reed, of course, a Edgar Alan Poe, de Bruce Springsteen a Walt Whitman) con la reflexión, mordaz en muchos casos, sobre las paradojas que encierra este país.

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Por las buenas o por las malas: la cultura de la violación

Artículo publicado en El Correo el 7 de febrero de 2016

Este pasado fin de semana he leído en este periódico que un joven estadounidense ha sido detenido en Bilbao acusado de una agresión sexual a una compañera suya del programa de intercambio en el que participa. La periodista Ainhoa de las Heras también recogía información sobre el ingreso en prisión de otros tres jóvenes veinteañeros por haber agredido a una joven de dieciocho años el pasado 14 de enero. Tanto ella como otras cuatro jóvenes, que desde el pasado mes de noviembre han venido denunciando agresiones, no tienen recuerdo exacto de los hechos, con lo que se sospecha que fueron drogadas. Esta noticia es posible que pase desapercibida entre los desmanes de Donald Trump, el temporal de invierno en Euskadi, o los Premios Goya, pero deberíamos pausar y darle la importancia que merece.

Que un estudiante estadounidense viole o agreda sexualmente a una compañera no es anormal. En mis años de profesora en Estados Unidos tuve la desgracia de poder familiarizarme con este problema. El 23.1% de las estudiantes de grado en universidades de Estados Unidos son víctimas de violación o violencia sexual. Algunas encuestas señalan que una de cada cinco alumnas ha sufrido una agresión sexual durante sus cuatro años en el campus (según el National Sexual Violence Resource Center). El mismo estudio dice que más del 90% de las agredidas no denuncian. Y no es de extrañar. En Estados Unidos, si la violación se produce en el campus, la propia universidad correrá a cargo de la investigación, con lo que la víctima sabe que su agresor no va a ser perseguido por la justicia, como mucho será expulsado. Además, la mayoría de las violaciones se producen en situaciones sociales, sobre todo en fiestas de fraternidades en las que las jóvenes consumen normalmente bastante alcohol. También, el violador suele ser un compañero o un conocido al que la agredida seguirá viendo en sus clases o por el campus. No es raro que la violación se produzca delante de un grupo de hombres y que más de uno participe en ésta. Así que la vergüenza ante lo sucedido, el temor a ser objeto de escarnio, el sentimiento de culpa por no haber sabido controlar la situación, bloquea a muchas de estas víctimas que entienden que, con su “mal” comportamiento, contribuyeron a la agresión.

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Cuando hablo de estos casos, algunas personas se sorprenden, se llevan las manos a la cabeza, critican la hipocresía de la sociedad americana, como si las violaciones de mujeres fueran algo ajeno a nuestra realidad. No lo son. Según datos del Ministerio de Interior para el 2016, cada ocho horas violan a una mujer en España. Teniendo en cuenta que de cada seis violaciones se denuncia sólo una, los números son escalofriantes. Tampoco debería extrañarnos que las mujeres españolas no quieran denunciar: la culpa siempre pasa del verdugo a la víctima, a la que se le achaca la largura de la minifalda o su nivel de alcohol o que no gritara lo suficiente al decir que no o que no cerrara las piernas con bastante fuerza. No es broma. En 2016 una magistrada de un Juzgado de Violencia sobre la Mujer preguntó a una víctima: “¿Cerró bien las piernas? ¿Cerró toda la parte de los órganos femeninos?”.

La noticia sobre las jóvenes agredidas en Bilbao que no son capaces de recordar bien los hechos habla de una posible “sumisión química”. Yo supe por primera vez de este tipo de violación también en Estados Unidos. En las fiestas universitarias es común intoxicar a las jóvenes con “ruffies”, una droga —rohypnol— conocida popularmente como “date rape drug” (“droga para violar en citas”). La versión española de este tipo de droga es la “burundanga”. Se disuelve fácilmente en alcohol, por lo que es muy fácil administrarla, no tiene olor ni sabor. El efecto de la droga es un debilitamiento rápido del cuerpo y normalmente la pérdida de consciencia. Durante ese lapso de tiempo en que la joven está semiinconsciente o totalmente rendida, uno o más hombres la pueden violar. Una vez que pase el efecto de la droga, quedará el malestar, pero ella no será consciente de lo que ha pasado ni tendrá memoria de lo ocurrido. Denunciar una violación siempre es difícil, pero si la víctima, que de normal ya es sospechosa de “merecérselo”, no recuerda bien lo que ha pasado, será más propensa a guardar silencio. El uso de este tipo de droga para violentar el cuerpo de una joven que, de otro forma, se resistiría a un intercambio sexual, refleja una concepción de la mujer y del cuerpo femenino que da un giro de tuerca más a la violencia machista. El violador no recurre al uso de la fuerza, sino que anula totalmente la voluntad de la mujer para así tener dominio absoluto sobre su cuerpo, un cuerpo sin voluntad, sin reflejos, en algunos casos sin ni siquiera signos de vida. La mujer, en estado de máxima vulnerabilidad, es degradada y sometida a todas las vejaciones que el agresor desee. Por un lado la víctima sabe que ha sido violada, puede comprobar con pruebas médicas la magnitud del daño físico, pero nunca llegará a saber (a no ser que el agresor o agresores lo hayan grabado, otra moda perversa) lo que han hecho con su cuerpo mientras estaba inconsciente. Al dolor se suma la humillación, la incertidumbre, el miedo, la indefensión.

Los datos que nos da la noticia de este fin de semana remiten a agresores veinteañeros y a víctimas de 18, 19 años. Esto confirma que persiste la llamada “cultura de la violación”, que consiste en la práctica normalizada del abuso del cuerpo femenino, una cultura que se asienta en principios de desigualdad, de concebir a la mujer como un ser inferior, que existe para dar servicio y placer al hombre. La cultura de la violación normaliza la agresión sexual como algo inevitable en las relaciones entre sexos, insiste en que la mujer debe actuar de forma que no provoque la agresividad masculina, enseña que la mujer violada no sólo debe probar que hubo agresión, penetración, violencia, sino que ella no lo provocó y que en ningún momento lo quiso. Es una cultura que demuestra que vivimos en un mundo en el que la mujer, a pesar de la educación, la incorporación al trabajo, las leyes de igualdad, la imposición de ciertas cuotas, a pesar de todos los avances sociales de los siglos XX y XXI, cuando tiene que ver con su cuerpo sigue siendo igual de vulnerable. En una calle de Bilbao o en una universidad estadounidense.

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Entre el mundo y yo

Comparto hoy con vosotros esta reflexión en torno al libro de Ta Nehisi Coates, El mundo y yo, que he publicado en La Marea. Es una lúcida reflexión sobre el racismo en Estados Unidos, muy a propósito a tres días de la inauguración del Presidente Trump.

“Y veía que lo que me separaba del mundo no era nada intrínseco a nosotros, sino la herida que nos había infligido la gente decidida a nombrarnos, decidida a creer que el nombre que nos habían puesto importaba más que cualquier cosa que pudiéramos hacer” (pág 155).

Una herida: así resume el estadounidense Ta-Nehisi Coates aquello que le separa del mundo. No es una herida fortuita, accidental, casual, sino una herida arañada, escarbada, horadada durante casi 300 años de esclavitud primero, y desposesión, pobreza, miedo, criminalización y desarraigo después.

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El sueño americano muere en Chicago

Publicado en El Correo el 5 de enero de 2016.

Cuando Barak Obama ganó las elecciones en 2008 yo vivía en Estados Unidos. Seguí por televisión su discurso en el Grant Park de Chicago y me emocioné al ver a tanta gente de color celebrando su victoria, escuchando sus palabras: “Éste es nuestro momento para poner a nuestra gente de vuelta al trabajo, abrir las puertas de la oportunidad a nuestros hijos, restaurar la prosperidad y promover la paz; para reclamar el sueño americano…”.

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Fotografía de Ian Allen para The Atlantic

Por fin había llegado la hora de la justicia, él sí iba a ser capaz de sanar las antiguas heridas de los más desposeídos. Pero en ese mismo Chicago de la esperanza en el que todo parecía posible, muere cada día, violentamente, el sueño americano. Según el Departamento de Policía de la ciudad de Chicago el 2016 se cerró con 762 homicidios, a los que se suman 4,331 víctimas heridas por impacto de bala. La violencia se concentra en el sur y oeste de la ciudad, el “Black Belt” (cinturón negro), barrios de mayoría afroamericana y latina.

Inmediatamente recurrimos al estereotipo —violencia de “gangs”, bandas que se disputan los territorios para vender drogas o realizar otras actividades delictivas— sin considerar las causas de esa violencia. O recordamos películas como “Boyz ‘n the Hood” (“Los chicos del barrio”), “Do the Right Thing” (“Haz lo que debas”) o “Friday”. En parte el estereotipo es cierto —muchos de estos asesinatos son ajustes de cuentas entre bandas—, pero el número de muertes violentas fortuitas o no relacionadas con el crimen organizado es muy elevado. En el Chicago Sun Times (http://homicides.suntimes.com) se recogen las historias de muchas de estas víctimas: un chaval que muere acribillado en un fuego cruzado, una joven madre que iba empujando el carrito de su bebé alcanzada por una bala perdida, un hombre asesinado en una disputa de tráfico…. Las víctimas son siempre negras o latinas, encontrar a una blanca es tan raro que incluso los periodistas comentan la excepcionalidad.

El ayuntamiento de Chicago ha respondido a esta violencia por la vía policial, añadiendo a sus filas mil agentes. ¿Pero es esta la solución? Los habitantes de estos barrios depauperados están acosados tanto por la violencia de las bandas como de la policía. Hace unos meses se desveló un vídeo en el que un agente blanco asesinaba a sangre fría al adolescente Laquan McDonald: dieciséis tiros a bocajarro, rematándolo mientras el muchacho yacía en el suelo. Aumentar la presencia policial en estos barrios es poner una tirita tóxica en una herida que lleva abierta desde la llegada de la comunidad negra a la ciudad.

wkgixpyakrdxChicago es una ciudad segregada. Según investigadores de la Universidad de Illinois, es el área metropolitana más segregada de los Estados Unidos. Esto, como la violencia, no es algo que haya pasado de repente, sino que se ha heredado de la época del segregacionismo; en 1927 se crearon leyes explícitas en Chicago sobre dónde debían vivir los negros. Estas leyes, creadas para prevenir la integración racial, fueron declaradas anticonstitucionales en 1948 pero se transformaron sutilmente en políticas de urbanización, financiación de viviendas y exigencias de construcción ¿Cómo se explica si no que el 80% de los afroamericanos de Chicago vivan hoy en lo que en toda regla se pueden considerar guetos? Hay varias medidas que lo consiguen: a través del “exclusionary zoning” (“designación exclusiva de zonas”) y el “affordable housing” (lo que nosotros conocemos por viviendas de protección oficial). Por una parte, las casas más caras, unifamiliares, sólo se pueden construir en el norte de la ciudad donde el coste del suelo es altísimo, los lotes tienen una medida mínima gigantesca, y los impuestos de propiedad son exorbitantes. Por otra, los edificios de protección oficial o de apartamentos más asequibles sólo se pueden construir en el sur y el oeste de la ciudad. Además, los altos intereses y las condiciones de concesión de préstamos e hipotecas impiden que la población negra pueda comprar viviendas fuera de sus distritos y la obliga a vivir de alquiler. Esto tiene consecuencias en la división de la ciudad por razas, pero también en otras cuestiones tan fundamentales como la educación. Una familia pobre envía a sus hijos a la escuela pública en el distrito que le corresponde. Esos niños están condenados a una educación pésima en un ambiente de violencia.

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“NO DISPARES. Quiero crecer”

Muchos no acaban el graduado escolar. Si una familia del Black Belt quiere salir del barrio, conseguir una casita en las afueras donde los niños puedan jugar sin peligro, enviarlos a un distrito escolar donde reciban la educación que les permita ir a la universidad, es decir, si quieren ese sueño americano que prometió Obama en 2008, no lo van a alcanzar. Rezarán para que sus hijos no acaben muertos o en la cárcel.

Si con Barack Obama, que defendía el sueño americano para todos, la violencia ha llegado a estos extremos, ¿qué pasará cuando Trump gobierne? ¿Cómo afectará a lugares como Chicago vivir bajo un presidente que defiende el derecho a portar armas, que responde a la violencia con más violencia, que criminaliza a las comunidades negras y latinas? No me atrevo a imaginar una respuesta.

Idiotas consumidores

Comparto este artículo de opinión que he publicado en El Correo (5 de diciembre de 2016)

Nos llevamos las manos a la cabeza porque Donal Trump ha ganado las elecciones. Y toda persona que cree en la igualdad, el respeto a los derechos humanos y los derechos civiles debería hacerlo. La cuestión se vuelve más inquietante cuando descubrimos que sus votantes no son solo esos “rednecks” (los blancos pobres e ignorantes) y la “altenative right” (un eufemismo para el neofascismo blanco), sino también parte de la clase media-alta blanca que se ha educado en buenas universidades y tiene una seguridad laboral que ya quisiéramos en España. Las elecciones en Estados Unidos han puesto al descubierto una realidad que estaba ahí mucho antes de Trump y que tiene sus raíces en la fundación misma de esa nación. La esclavitud y su continuidad en las leyes segregacionistas, la colonización del oeste y el genocidio de los pueblos indígenas, la feroz industrialización del país y la erradicación del movimiento obrero a través de la represión brutal, el expansionismo imperialista hacia el sur, la marginación de las mujeres y las minorías sexuales, todo ello tenía como trasfondo ideológico la supremacía blanca y masculina. Sobre estas tragedias se asienta el sistema capitalista del país. Y el mayor representante de ese capitalismo feroz es el presidente electo Donald Trump.

Nos asusta qué pasará en Estados Unidos cuando cualquiera de esos problemas irresueltos (racismo, sexismo, clasismo, homofobia, xenofobia) se vuelva a manifestar en eventos concretos (brutalidad policial, expulsión de inmigrantes, reformas legales contra derechos de la mujer, etc). Nos preguntamos horrorizados qué medidas tomará este loco peligroso para reprimir cualquier resistencia a su proyecto de una “América grande”. Y sin embargo, no cuestionamos en absoluto lo que ha permitido que un personaje como Trump se convierta en presidente de Estados Unidos: el sistema capitalista del que magnates como él se alimentan. No sólo no lo cuestionamos sino que aceptamos sin resistencia las prácticas capitalistas que invaden la sociedad americana y que en buena medida han contribuido a su desmovilización y al continuo crecimiento de la separación entre los más privilegiados y los menos. El capitalismo feroz invita a consumir como forma de “estar” en el mundo: si no consumes, no existes; si consumes y alcanzas a tener lo que deseas, eres feliz y adquieres un estatus. Lo demás, no importa. black_friday-100014146Durante todo el año las tiendas en Estados Unidos están orientadas a campañas publicitarias en torno a celebraciones concretas que se han convertido en el motor del consumismo, incluso en los supermercados: rosas y chocolates para San Valentín, conejitos y huevos también de chocolate para Pascua, banderitas americanas y galletas blancas rojas y azules para el 4 de julio, calabazas recortadas y adornos terroríficos para Halloween; justo después de esta fiesta comienza la locura, que va desde los pavos de Thanksgiving y el famoso Black Friday hasta Navidad. En Estados Unidos la Navidad comienza ese mismo viernes negro, que debería llamarse así en honor a las víctimas aplastadas en las avalanchas por entrar en algunos grandes almacenes. Según la revista The Balance, el 30% de las ventas anuales se producen entre el Black Friday y Navidad. La misma revista señala que la media de gasto por persona es de unos 300 dólares y que el año pasado salieron a comprar unos cien millones de personas, casi más de los que salieron a votar el pasado 8 de noviembre.

Hasta hace poco en España nadie sabía qué era el Black Friday, tampoco los niños se disfrazaban en Halloween. Todo esto pertenecía al mundo de las películas. Y sin embargo, en los últimos ¿cuatro años? se han impuesto las dos celebraciones. No soy amiga de las teorías conspiratorias, pero creo que Halloween no es una moda inocente.fondo-de-halloween-de-estilo-grunge_1048-3035  Según la revista Time, en 2015 los estadounidenses se gastaron $6.9 billones en caramelos, decoraciones, disfraces y tarjetas de felicitación. Por su parte, el Black Friday ha sido impulsado por las grandes cadenas comerciales, en su mayoría multinacionales y con sedes también en Estados Unidos. Para el pequeño negocio, sobre todo de ropa, poner rebajas tan pronto durante la campaña de otoño-invierno es suicida. De hecho, antes había leyes que prohibían las rebajas antes de Navidad. ¿Qué ha pasado con esas prohibiciones? ¿Dónde está la protección a las pymes? Estamos permitiendo un capitalismo agresivo que alimenta sólo a los más grandes y que, como en Estados Unidos, marca nuestros ritmos de consumo. Adoptamos costumbres sin ninguna riqueza cultural, nos cargamos la singularidad de nuestro comercio, nos dejamos influir por una homogeneización en el gusto y las costumbres que nos adormece y que lo único que hace es incitarnos al consumo. En definitiva, nos estamos volviendo idiotas consumidores que por pensar que tenemos, existimos, y que todo lo demás es secundario. Y ese deseo de conseguir lo que uno quiere cuando lo quiere, sin importar a quién perjudica o qué ramificaciones colectivas tiene, también puede ser un motivo para votar a alguien como Trump.

La América de Lucia Berlin

1461686913_788507_1461687494_sumario_normal_recorte1Tenía varias lecturas pendientes, pero llegó Lucia Berlin con su Manual para mujeres de la limpieza y desbancó a todas. Me dije: bueno, leo un cuento y luego me pongo con lo otro. Pero fue leer el primero de la colección, “Lavandería Ángel” y no parar hasta el final, 42 cuentos y 429 páginas después.

 Los cuentos de Berlin nos hablan de las relaciones entre madres e hijas, entre hermanas, del abuso sexual en las familias, del alcoholismo y la drogodependencia, de la desposesión y la pobreza; también nos habla de amor, de segundas oportunidades, de reencuentros y formas de supervivencia. Berlin narra con un tono parco, contenido, pero sin ser frío ni distante. Desde esa economía narrativa es capaz de crear imágenes deslumbrantes y sobrecogedoras al mismo tiempo que describe con precisión situaciones y estados afectivos extremos. Sin caer en el victimismo o el sentimentalismo. Sin aspavientos, sin mesarse los cabellos. A pesar de esa contención, o igual gracias a ella, consigue que el lector sienta (o por lo menos yo lo he sentido) todo el peso del dolor, del fracaso, de la culpa. También, a pesar de contar historias tremendas propias (los abusos familiares, el desgarro amoroso, el alcoholismo) y ajenas (la pobreza, la drogadicción, ¡el asesinato de un hijo!), en la mayoría de los relatos Berlin presenta una compasión hacia sí misma y hacia los demás verdaderamente conmovedora. Hasta en las historias más tremendas hay un atisbo de humor, de querencia por un mundo en el que muchos sólo verían sordidez y desesperación. En fin, leer a Berlin es una experiencia cuanto menos enriquecedora, uno de esos disfrutes que duelen por lo que remueven en nosotros, por lo que nos perturban. Y por eso merece mucho la pena leerla.

Berlin nos habla de todas estas cuestiones universales, pero lo hace desvelando aspectos concretos de la realidad estadounidense que me han despertado sensaciones y recuerdos de mi vida en ese país, aunque ella escribe y publica buena parte de esta colección antes de que yo viviera allí y muchas de sus historias ocurrieran en lugares en los que yo no he vivido (Oakland o El Paso, por ejemplo; en otros, sin embargo, sí, como Nueva York). Leyéndola pensé en lo poco que han cambiado, desde que ella escribió estos cuentos, las manifestaciones de pobreza y discriminación. La lavandería y el autobús, la licorería y el hospital, son espacios que, en ese país, revelan dolorosas diferencias sociales. Berlin las desvela de forma magistral. La colección, de hecho, abre con ese magnífico cuento en el que la narradora conoce en una lavandería a Tony, un jefe apache alcohólico, en el que se mezclan de forma dolorosa el orgullo identitatio y la vejación provocada por la dependencia. Ahí también observa a otros indios o a jóvenes chicanas recién casadas, y lee los carteles que colocan los evangelistas en el tablón de anuncios, con sus mensajes de salvación eterna. Una lavandería en Estados Unidos puede ser un buen lugar para encontrar adeptos necesitados de promesas de futuro. También su cuento “Carpe Diem” transcurre en otra lavandería. La narradora confiesa que las lavanderías le dan “pánico”, suponen “una espera demasiado larga… la vida te pasa por delante de los ojos mientras estás ahí, hundiéndote sin remedio”. Su hundimiento tiene que ver con el alcoholismo, la soledad, el fracaso de una vida que prometía ser otra cosa. Es un hundimiento individual (los cuentos son, en su mayoría, autobiográficos), pero también la narradora es muchas veces testigo del hundimiento de los demás, como ese jefe indio que una vez que lo conocemos ya quedará para siempre en nuestra memoria con su larga melena canosa y sus manos temblorosas, o esa pobre muchacha mexicana que, maltratada por todos y en un estado desesperado, sin querer mata a su bebé. Los personajes de sus lavanderías, de sus licorerías, de la sala de urgencias donde trabaja, son gente a la que no les llega el sueldo para comprar detergente, que beben vino dulce porque calma antes los efectos devastadores del mono de alcohol, que viven en cutrichiles rodeados de adictos al crack porque no encuentran amparo en ningún otro sitio.

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Para un lector español es posible que una lavandería o el autobús no sean espacios con los mismos referentes que para un estadounidense o alguien que, como yo, haya vivido allí tantos años. ¿Quién va en Estados Unidos una lavandería? Excepto si es una lavandería en un campus universitario, ahí va quien no tiene dinero para comprar una lavadora/secadora y mantener el gasto de electricidad; o quien tiene un piso tan pequeño que ni siquiera le cabe; o quien vive de alquiler en un apartamento donde ese servicio no se ofrece y ni siquiera hay (como en muchos complejos de apartamentos mínimamente aceptables) un espacio colectivo con lavadoras y secadoras donde los inquilinos puedan hacer sus coladas. Quien va a una lavandería no tiene estos lujos y tampoco tendrá dinero como para comprarse un coche para desplazarse, así que usará el autobús. Los autobuses, excepto en ciudades con buen transporte público como Nueva York, son en EE.UU. un servicio para pobres. En el cuento que da título a la colección, “Manual para mujeres de la limpieza”, la narradora se hace amiga de otras dos sirvientas, ellas negras, que hacen su misma ruta: “Al principio estábamos indignadas… el autobús se adelantó dos minutos y lo perdimos. Maldita sea. El conductor sabe que las sirvientas siempre están ahí, que el 42 a Piedmont pasa solo una vez cada hora”. Los autobuses allá recorren rutas reducidas, son irregulares y van siempre cargados de gente que no tiene más remedio que estar ahí. Mis tres últimos años de vida en Bethlehem alquilé un apartamento en el centro del pueblo (con un espacio para lavadoras y secadoras industriales preciosas que tenían hasta banda sonora para los diferentes lavados, nada que ver con la Lavandería Ángel de Berlin) y muy cerca tenía una de las pocas paradas de autobús del pueblo. Los días de labor se agolpaban en la calle un par de decenas de personas desde las 6 de la mañana. Yo pasaba a menudo delante de ellos, de todas estas personas latinas o afroamericanas, claramente de extracción social baja, que esperaban en silencio a que llegara el autobús para ir a sus trabajos. Seguramente, a la vuelta de turnos de doce horas de trabajo, irían a la lavandería del barrio a hacer sus coladas.

La colección también incluye muchos cuentos que tienen que ver con su familia (con su madre, su hermana, sus abuelos) y con su vida íntima (sus diferentes novios y maridos, sus hijos). Algunos son desgarradores, como “Inmanejable”, que en pocas páginas nos hace sentir toda la devastación de su alcoholismo, la humillación de buscar en los bolsillos los cuatro dólares necesarios para comprar una pequeña botella de vodka, de sentir el desprecio del hijo que se da cuenta de que su madre, a las 7 de la mañana, ya está borracha. Según avanza la colección nos damos cuenta de que la narradora ha superado ese horror, pero esa superación no se presenta con triunfalismo. Simplemente sabemos que ese personaje que vive terribles momentos de oscuridad también puede ser luminoso, que esa mujer que se autodestruye también puede cuidarse, quererse y hacer lo mismo con los demás. Los cuentos donde narra su relación con “Sally”, su hermana enferma de cáncer, a la que cuida los últimos meses de vida, nos hablan de reconciliación, de la superación de daños profundos, de la aceptación y elaboración de recuerdos traumáticos, y también de la capacidad del amor para sanar heridas. Todos estos cuentos son tristes y duros, pero al mismo tiempo rezuman dulzura, sentido del humor, una sensibilidad profunda y una generosidad conmovedora ante los errores propios y ajenos. Verdadera delicia.

Así que si quieres disfrutar de una lectura buena de verdad, que te llegue al tuétano, a las tripas y al intelecto, y de paso, acercarte a la realidad pasada y presente de Estados Unidos, lee Manual para mujeres de la limpieza de Lucia Berlin.

Trump y el emperador desnudo

Después de vivir casi veinte años en EE.UU., la gente me pregunta qué pienso de las elecciones de EE.UU., del “efecto Trump”, si lo entiendo, si me lo esperaba. Y la verdad es que pienso lo que piensa la mayoría de mis colegas en las universidades estadounidenses, los analistas de este y aquél lado del Atlántico, los periodistas: que esto ha sido un auténtico desastre, que Trump es un payaso peligroso, que es inconcebible que exista una sola persona inteligente que le haya votado (por no decir una sola mujer, un solo afroamericano, un solo hispano… etc). Qué voy a decir que no se haya dicho ya en todos los medios progresistas, tanto de EE.UU. y de Europa. Y en los no tan progresistas.

Y, sin embargo… Hace tiempo escribía en este blog que algunas de las actitudes de ciertos estudiantes privilegiados de mi universidad en Pensilvania coincidían exactamente con las actitudes y el discurso de Donal Trump y señalaba que no teníamos que estar tan extrañados ni escandalizados de que tuviera una base de apoyo importante. Y ahora esto se ha hecho más que evidente. Los estudiantes de Lehigh University pertenecen a la clase media/alta del país. La matrícula anual cuesta más de $50,000 dólares, vienen de colegios privados que están entre los mejores del país, nada más graduarse suelen conseguir trabajos en los que cobran el triple de lo que podía cobrar yo como su profesora, con titularidad y más de diez años en el puesto. O sea, que no tienen nada que ver con los “white trash” o los “hillbilly” desdentados, retrógrados, borregos, gordos y lumpen que algunos han afirmado, hasta ahora, que constituía su base electoral. Por supuesto que éstos le han apoyado, pero no son sus más de 50 millones de votantes. Según las encuestas en los colegios electorales, publicadas ya en varios medios, uno de cada tres americanos que ganan menos de $50,000 al año, votó a Clinton. La mayoría de aquellos con ingresos superiores, votó a Trump. Si contemplamos el voto universitario blanco, 45% de los votantes blancos con educación superior votaron a Clinton, de los cuales el 39% eran hombres y el 51% mujeres. Pero el 54% de los hombres blancos con educación universitaria votaron a Trump, así como el 45% de las mujeres blancas con educación universitaria. En cuestión de raza y etnicidad, solo el 8% de los afroamericanos votaron a Trump, aunque sí se llevó un 29% del voto latino. Así que la cosa ha resultado ser mucho más complicada de lo que parecía.

unclesamwantyouHay algo de lo que no he oído hablar mucho en las noticias y que a mí me parece esencial para entender el apoyo de la clase media-alta blanca, cuyos representantes conocí durante mi trabajo en la universidad. Las elecciones en EE.UU. han puesto al descubierto una realidad que estaba ahí mucho antes de Trump, que tiene sus raíces en la fundación misma de esta nación: la supremacía masculina y blanca, que es uno de los pilares en los que se asienta la sociedad estadounidense. La esclavitud y su continuidad en las leyes segregacionistas, la colonización del oeste y el genocidio de los pueblos indígenas, la feroz industrialización del país y la erradicación del movimiento obrero a través de la represión brutal, el expansionismo imperialista hacia el sur, la marginación de las mujeres y las minorías sexuales, todo ello tenía como trasfondo ideológico la supremacía blanca y masculina.

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Todas estas tragedias de la historia de EE.UU. son injusticias que no se han acabado de resolver. Porque el problema de la esclavitud y el segregacionismo resurge intermitentemente a través de la historia (recuerda Ferguson), las poblaciones nativas están devastadas por la pobreza y el alcohol y sus “reservas” convertidas en parque temáticos deprimentes, la clase trabajadora sobre todo en algunas regiones del país (recuerda Detroit) ni siquiera llega a lumpen, la inmigración latinoamericana (sobre todo centroamericana y mexicana) hace presente una deuda histórica que muchos estadounidenses no están dispuestos a pagar, las mujeres siguen luchando contra el sexismo (si no leíste la entrada sobre las violaciones de mujeres en los campus universitarios, por favor hazlo). ¿Y cómo se ha intentado resolver esta historia de violencia? Se ha avanzado mucho en la ley, sobre todo a partir del movimiento de los derechos civiles de los años 60, pero no tanto en la educación. En el ámbito de la educación y sobre todo desde los años 80 se ha potenciado lo “políticamente correcto”, que lo único que ha hecho es obligar a esa gran cantidad de blancos supremacistas (educados y no educados) a no expresar lo que realmente piensan. Se ha reprimido el odio de cierta parte de la población hacia el negro, el hispano, la mujer que defiende sus derechos civiles y biológicos, el homosexual. Se ha acentuado su culpa histórica a través de la represión de unos sentimientos que no por no articulados no estaban presentes. Y aquí llega Trump.

Trump ha decido violar el discurso de lo correcto, decir lo que muchos tenían en la cabeza y no expresaban, o lo hacían donde se sentían a salvo: en casa, con los amigotes, en sus fraternidades. ¿Por qué mucha gente votó a Trump? “He tells it like it is”, decían algunos de sus votantes. “He speaks the truth”, decían otros. Dice “la verdad”. Y seguramente muchos de sus votantes no se creerán que realmente va a construir el muro con México y cobrárselo a ellos o que va a prohibir la entrada a todos los musulmanes en el país, posiblemente lo que tienen en mente es el hecho de que, por lo menos Trump dice lo que piensa, no lo que el discurso “políticamente correcto” le exige. Y dice, exactamente, lo que quieren oír: Make America Great Again. Decir lo que se piensa por desgracia se considera un valor irreprochable, incluso cuando lo que dice es no ya una mentira o un insulto, sino una aberración. Bendita libertad de expresión.

Así que lo que yo creo es que Trump ha mostrado desnudo al emperador o, mejor dicho, a ct-donald-trump-white-voters-20160321más de 50 millones de votantes. Entre esos votantes hay mayoritariamente mujeres y hombres  blancos (salvo ese extraño 8% afroamericano que posiblemente lo sea más de censo que de conciencia), algunos de las clases menos privilegiadas, otros de la clase media-alta. Sospecho que del 29% hispano habrá muchos hispanos blancos, entre ellos cubanoamericanos de Florida y votantes de segunda y tercera generación que querrán ser parte de esa nueva América que él promete. El voto femenino a Trump nos aterra, pero no debería. ¿Te acuerdas de Sara Palin? ¿Y cuántas mujeres defienden que su papel está en el hogar y pariendo hijos? Aunque muchos de sus votantes no se consideren xenófobos, racistas, machistas, homófobos, clasistas, islamófobos, etc, posiblemente hayan internalizado que, para cumplir el sueño americano (el sueño que promete Trump con su “Make America Great Again”), hay que aliarse con los ganadores: blancos, ricos, y con los cojones de decir lo que nadie se atreve a decir, aunque eso destruya la raíz misma de esa democracia que tanto defienden y la integridad de millones de habitantes (con o sin papeles) de su mismo país.

trumpdonald.org