Mi columna de hoy no es sobre ETA, a pesar de que la nombro, sino una reflexión sobre qué pasa cuando amamos a alguien que sacude nuestros principios éticos fundamentales. La escribí inspirada por dos grandes obras, “El dolor de los demás”, de Miguel Angel Hernández y “Asier ETA biok”, de Aitor y Amaia Merino.

En El dolor de los demás, Miguel Ángel Hernández describe una escena terrible. Dos ataúdes sellados son introducidos en un velatorio. Cada cual contiene un cuerpo destrozado: el de un asesino suicida uno, el de su víctima otro. “La madera los iguala. La víctima y el asesino. Son los hijos. Es ella y es él”. El mejor amigo del autor tiene 18 años y ha asesinado a su hermana, suicidándose después. Los dos ataúdes descansarán juntos en el mausoleo de la familia. Quien quiera llorar a la víctima tendrá que enfrentarse también a su verdugo. Quien no quiera pensar que el verdugo fue capaz de “lo más terrible”, como lo califica Hernández en varias ocasiones, no tendrá otra opción que enfrentarse al encuentro con su víctima. Seguir leyendo.