La intencionalidad política del asesinato

titiritros.jpegComo explican Caroline Eliacheff y Daniel Larivière en El tiempo de las víctimas, nuestras sociedades contemporáneas occidentales potencian cada vez más el estatus de víctima en relación al gobierno y a la justicia; es incuestionable el poder de las asociaciones de víctimas y lo inapropiado de criticarlas: cualquier crítica a su actuación resulta inaceptable porque se traduce como un ataque directo a su dignidad no ya como asociación, sino a la dignidad de cada uno de sus miembros, como si cualquier desavenencia significara inmediatamente una burla a su sufrimiento o una afrenta a su identidad de víctima. Así, por un lado somos testigos de delirios como el de criminalizar a los famosos titiriteros de Madrid o de acosos a artistas que se atreven a ampliar lo decible y representable en torno a las víctimas del terrorismo. Por otro lado, asistimos también al intento obsceno de equiparar a todas las víctimas de la violencia. Se ha puesto muy de moda (creo que lo puso  Arnaldo Otegi) decir que la madre de una víctima de ETA sufre lo mismo que la madre de una víctima de los GAL. ¡Ay, las madres, cuánto juego dan! Pero posiblemente Otegi tenga razón. Ante la pérdida violenta de un hijo, la madre sufre, su duelo posiblemente será interminable e inabarcable, y también es probable, como ha pasado en más de una ocasión, que esa mujer reconozca en la víctima de otra violencia a una semejante. Pero reconocer el sufrimiento de todas las víctimas es, en el mejor de los casos, un mero gesto y, en el peor, una manipulación política.

De este tema y de la intencionalidad política de los asesinatos de ETA, habla Joseba ArregiArregiPortada Aramburu en su libro El terror de ETA: la narrativa de las víctimas (Tecnos, 2015). Su obra a veces peca  de ser un poco farragosa y repetitiva, pero es un esfuerzo ambicioso por entender el origen ideológico, político y cultural de la violencia de ETA, su aceptación social durante el Franquismo y, lo que es siempre más difícil de explicar, su vigencia hasta el 2011. La búsqueda de esos motivos es dificultosa y Arregi la encara con seriedad, pero la respuesta creo que, al final, es la misma de siempre: porque su proyecto político contaba con el apoyo de parte de la sociedad vasca, tanto aquella que apoyaba su violencia como la que no. Y porque el nacionalismo (de cualquier signo) ha potenciado la historia de victimización del pueblo vasco (desde pueblo colonizado cuando los discursos de los Movimientos de Liberación Nacional estaban de moda, como ahora inventando la historia de un Conflicto casi milenario entre Euskadi/Euskal Herria y España). Arregi expone una serie de reflexiones para afianzar estos argumentos que, se esté de acuerdo o no con su validez, inspiran a pensar seriamente en este difícil tema.

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Ataque de los GAL en bar de Bayona: 4 muertos

Lo que más me ha interesado es la idea que articula toda la obra: que a las víctimas las definen la intención de sus verdugos. Y que en este momento, en el que el gobierno del PNV crea comisiones en las que se cuantifican las víctimas de “cualquier violencia” y en el que se obvian los motivos políticos que las causaron, es necesario recordar y contar quién cometió el crimen y por qué lo cometió. La intención del PNV de categorizar a todas las víctimas como “víctimas de violaciones de derechos humanos” olvida que cada víctima de ETA fue parte de un plan político: el del nacionalismo etnicista y totalitario que quiso eliminar a cualquier adversario que se opusiera a él. Olvidar esto significa dar legitimidad a aquellos que siguen defendiendo ese proyecto político, aunque ya no maten. También Arregi dice algo con lo que no estoy de acuerdo y es que las únicas víctimas que fueron de intencionalidad política son las de ETA. Según Arregi, el Batallón Vasco Español o los GAL cometieron crímenes reactivos contra la violencia imparable de ETA. Es cierto que estos asesinos no respondían a un proyecto político futuro totalitario como el de ETA, pero sí defendían uno pasado: la unidad inquebrantable de España y la superioridad de la fuerza policial y militar para defenderlo frente a las herramientas que otorgaba la naciente democracia. Reconocer esta violencia política no significa negar la de ETA, y si se reconoce la intencionalidad política de una, es de recibo hacerlo de la otra.

Frente a testimonios como los del ex-etarra Iñaki Rekarte, que planteaba en una entrevista con Jordi Évole el absurdo de los motivos por los que se hizo de ETA y asesinó en su nombre, Arregi ofrece un estudio exhaustivo de la lógica que guía a la organización y a sus militantes. Y me parece que en este momento en el que todo se relativiza, en el que se esgrime con demasiada frecuencia ideas como “la banalidad del mal” o se habla de fanatismo como si fuera la actuación del monstruo, el autor nos recuerda que el asesinato no lo lleva a cabo una conciencia particularmente bárbara o carente de toda sensibilidad, sino alguien que actúa en nombre de una verdad absoluta, que se cree que está haciendo un servicio a la verdad de la historia, a una Causa sagrada. El terrorismo es fanático no porque sea irracional, sino porque se siente en posesión de la verdad de la historia. Así es posible devaluar moral y físicamente al objetivo enemigo, convertirle en alguien prescindible y sacrificable. Por mucho que la reacción inmediata ante un asesinato sea calificar al etarra de monstruo, debemos pensar que detrás de ese asesinato hay un fin político. Y que por mucho que ese fin a algunos nos parezca un absoluto delirio, es para aquél que mata en su nombre algo por lo que merece la pena quitar la vida, e incluso morir.

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Pancarta que insta a ETA a asesinar a policías vascos

No voy a negar que todas las víctimas merecen consideración, justicia, y reparación. Pero es necesario recordar por qué murió cada víctima y a manos de quién. Y mirar a nuestro alrededor e identificar quién defendió la Causa en cuyo nombre fue asesinado y quién justificó su asesinato. Y quién sigue defendiendo el mismo proyecto político, aunque ahora no mate.

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